Hasta el último aliento, señor Morrison

No regala nada aunque su fiel público lo esté anhelando. Siempre es fiel a su guion y si a alguien no le gusta, que se largue. Mantiene idéntica indumentaria desde los viejos tiempos (chaqueta, foulard, sombrero, gafas negras) aunque haga un calor de la hostia como en la tarde del martes. Una vez cambió de imagen. Llevaba camiseta y vaqueros en el escenario de la maravillosa película El último vals. Allí interpretó, o mejor dicho aulló Caravan. Y se despedía lanzando patadas al aire, orgulloso, arrogante, sabiendo que su música es arte, garra y belleza en grado extremo que si se lo propone puede remover el corazón de los oyentes hasta que alcancen la estasis. Se llama Van Morrison. Ya tiene 81 años, pero los dioses le conservan una voz única, prodigiosa, capaz de expresar infinitos matices y sentimientos. Es un volcán y también el mejor acompañante de la melancolía. Si todos disponemos de una banda sonora favorita a lo largo de la vida, su música ha sido la mía. En la plenitud y en la desdicha, en la alegría y en la soledad, regalándome sensaciones impagables y la más importante de ellas, algo llamado emoción.

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 No regala nada aunque su fiel público lo esté anhelando. Siempre es fiel a su guion y si a alguien no le gusta, que se largue. Mantiene idéntica indumentaria desde los viejos tiempos (chaqueta, foulard, sombrero, gafas negras) aunque haga un calor de la hostia como en la tarde del martes. Una vez cambió de imagen. Llevaba camiseta y vaqueros en el escenario de la maravillosa película El último vals. Allí interpretó, o mejor dicho aulló Caravan. Y se despedía lanzando patadas al aire, orgulloso, arrogante, sabiendo que su música es arte, garra y belleza en grado extremo que si se lo propone puede remover el corazón de los oyentes hasta que alcancen la estasis. Se llama Van Morrison. Ya tiene 81 años, pero los dioses le conservan una voz única, prodigiosa, capaz de expresar infinitos matices y sentimientos. Es un volcán y también el mejor acompañante de la melancolía. Si todos disponemos de una banda sonora favorita a lo largo de la vida, su música ha sido la mía. En la plenitud y en la desdicha, en la alegría y en la soledad, regalándome sensaciones impagables y la más importante de ellas, algo llamado emoción. Seguir leyendo   EL PAÍS

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