Es 9 de agosto de 1997 y llevo una caja fina de cartón entre las manos. Pizzeria Sole Mío, se lee en la tapa. Hemos pedido pizzas para llevar porque los niños no comemos sardinas —demasiadas espinas— y dentro de la caja viaja una Margarita, que, en este caso, lleva un huevo frito en el centro. Mi favorita. La sostengo con cuidado procurando que no se incline para que no le pase nada al huevo. Nada significa que la yema, saltarina y aventurera, decida independizarse de la pizza y quedarse en la tapa de la caja, para que mi hermano y yo tengamos que despegarla con un tenedor.
Es 9 de agosto y en unos días aparecerá Diana sentada en la punta de un larguísimo trampolín blanco, bañador azul y la mirada hacia atrás
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Es 9 de agosto y en unos días aparecerá Diana sentada en la punta de un larguísimo trampolín blanco, bañador azul y la mirada hacia atrás
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Es 9 de agosto de 1997 y llevo una caja fina de cartón entre las manos. Pizzeria Sole Mío, se lee en la tapa. Hemos pedido pizzas para llevar porque los niños no comemos sardinas —demasiadas espinas— y dentro de la caja viaja una Margarita, que, en este caso, lleva un huevo frito en el centro. Mi favorita. La sostengo con cuidado procurando que no se incline para que no le pase nada al huevo. Nada significa que la yema, saltarina y aventurera, decida independizarse de la pizza y quedarse en la tapa de la caja, para que mi hermano y yo tengamos que despegarla con un tenedor.
Mi madre coge de la mano a mi hermano y los tres andamos en dirección a casa. El numero 17 de la calle Sant Jordi. La urbanización todavía no existe. Tampoco existe —o no del todo— quien escribe estas líneas. Solo soy la niña que quiere llegar antes que nadie para comerse la pizza, la niña que solo lee en verano, por puro aburrimiento, con el zumbido del ventilador y la telenovela de fondo, y ha descubierto en un tomo de Vladimir Nabokov una frase que copia en una agenda sin entender del todo por qué: “Todo es tal como debería ser, nada cambiará jamás, nadie morirá nunca”. Mientras cruzamos un puente bajo el que apenas queda agua, le digo a mi madre que ya sé a quién le voy a escribir esa carta que nos han pedido como tarea en el casal de verano. A Diana de Gales. ¿Y por qué a Diana?, me pregunta con una sonrisa, y le digo que porque sale en la revista Hola. Me parece suficiente motivo. Y mi hermano afirma que él le escribirá a Pep Guardiola o, quizás, a Luis Figo, y, risueño, entona Aquellos ojos verdes. En realidad, canturrea la versión de mi abuela, que solo se sabe hasta “de mirada serena”. Lo que sigue ya no son palabras, sino un tarareo que desemboca, invariablemente, en un “a otra cosa, mariposa”. Mi hermano lleva toda la vida convencido de que el bolero termina exactamente así.
Es 9 de agosto y en unos días aparecerá Diana sentada en la punta de un larguísimo trampolín blanco, bañador azul y la mirada hacia atrás, hacia ninguna parte, con la costa de Portofino recortada al fondo. Cuando la vea reiteraré mi decisión de escribirle, pero ¿entenderá el catalán?, ¿la mando al Palacio de Buckingham o ya no? ¿dónde queda Portofino? ¿Diana, a ti te gustan las sardinas? Pero, por ahora, sujeto la caja con fuerza, ya queda poco para llegar, y a lo lejos se intuyen las luces de casa, los farolillos de papel que cuelgan del porche, mi hermano que tropieza tontamente y mi madre que se ríe. La risa de mi madre. Todo agosto es una caja de resonancia de otros agostos, la promesa intacta de todos los que vendrán, pero aún faltan veintiún días para que Diana salga con prisas de un restaurante en esa puerta giratoria del Hotel Ritz, y yo descubra que le he escrito una carta a alguien que no la podrá leer ya. Quizá por eso copié aquella frase de Nabokov en mi agenda: para que fuera verdad. Pero aún es ahora y al fin estamos en casa y mi madre abre la caja. ¡El huevo ha llegado intacto! Y mi hermano vuelve al bolero remendado, las sardinas ya están listas, que no se enfríen, y Diana está sana y salva en algún lugar donde aún no le ha pasado nada. La carta puede esperar. Creo que la escribiré mañana.
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