
Tal vez una de las secuelas más graves que esté dejando tanto el escándalo alrededor de la figura de Zapatero como el denominado caso Leire sea la evidencia de que no existe en la izquierda un planteamiento político alternativo o de recambio al que venía siguiendo hasta ahora para enfrentarse a la derecha, y que bien podría quedar ejemplificado en una anécdota (solo a medias) imaginaria. En efecto, todos hemos participado en (o asistido a) conversaciones entre amigos de izquierdas en las que alguno expresaba reticencias hacia la gestión del gobierno central y, en consecuencia, dudas en relación con el sentido de su voto en el momento en el que tocara acudir a las urnas en las próximas elecciones generales. Este tipo de conversaciones acababa siempre, indefectiblemente, con una pregunta que alguno de los defensores del Ejecutivo espetaba al que se había atrevido a expresar sus reticencias. La pregunta sin duda tenía una fuerte carga retórica: “¿O sea que tú prefieres que gobierne Vox?”. Y por si el interpelado no se había dado cuenta de la gravedad de su disidencia, el interpelante solía añadir —y así, de paso, acreditaba una lealtad casi mineral a los postulados de izquierda— la siguiente apostilla: “Pues a mí me da mucho miedo lo que podría hacer esta gente en el caso de que llegara al gobierno”.
Ni los intereses personales ni los del propio PSOE deben prevalecer nunca sobre los de los ciudadanos 
Tal vez una de las secuelas más graves que esté dejando tanto el escándalo alrededor de la figura de Zapatero como el denominado caso Leire sea la evidencia de que no existe en la izquierda un planteamiento político alternativo o de recambio al que venía siguiendo hasta ahora para enfrentarse a la derecha, y que bien podría quedar ejemplificado en una anécdota (solo a medias) imaginaria. En efecto, todos hemos participado en (o asistido a) conversaciones entre amigos de izquierdas en las que alguno expresaba reticencias hacia la gestión del gobierno central y, en consecuencia, dudas en relación con el sentido de su voto en el momento en el que tocara acudir a las urnas en las próximas elecciones generales. Este tipo de conversaciones acababa siempre, indefectiblemente, con una pregunta que alguno de los defensores del Ejecutivo espetaba al que se había atrevido a expresar sus reticencias. La pregunta sin duda tenía una fuerte carga retórica: “¿O sea que tú prefieres que gobierne Vox?”. Y por si el interpelado no se había dado cuenta de la gravedad de su disidencia, el interpelante solía añadir —y así, de paso, acreditaba una lealtad casi mineral a los postulados de izquierda— la siguiente apostilla: “Pues a mí me da mucho miedo lo que podría hacer esta gente en el caso de que llegara al gobierno”.
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