Caos en la guerra como en la paz

Nada puede hacer Donald Trump que no signifique sembrar la incertidumbre ni el caos. Solo su ausencia de escrúpulos supera el vacío estratégico con el que orienta sus guerras y sus torpes e infructuosos propósitos de paz. Se cumplen cien días desde que lanzó toda la formidable fuerza militar de Estados Unidos sobre la dictadura islamista de Irán hasta descabezar la cúpula del régimen. Más de la mitad de este tiempo, ocupado por una frágil tregua, vulnerada constantemente por ambas partes y que haría temer por un regreso de la guerra si no fuera porque ninguno de los contendientes está realmente interesado en reanudar las hostilidades abiertas.

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 Al cumplirse los 100 días del inicio del conflicto con Irán, Trump ya no puede ocultar que está sufriendo una derrota estratégica  

editorial

Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

Al cumplirse los 100 días del inicio del conflicto con Irán, Trump ya no puede ocultar que está sufriendo una derrota estratégica

Una mujer pasa junto a una pancarta antiestadounidense en Teherán, este sábado. ABEDIN TAHERKENAREH (EFE)
El País

Nada puede hacer Donald Trump que no signifique sembrar la incertidumbre ni el caos. Solo su ausencia de escrúpulos supera el vacío estratégico con el que orienta sus guerras y sus torpes e infructuosos propósitos de paz. Se cumplen cien días desde que lanzó toda la formidable fuerza militar de Estados Unidos sobre la dictadura islamista de Irán hasta descabezar la cúpula del régimen. Más de la mitad de este tiempo, ocupado por una frágil tregua, vulnerada constantemente por ambas partes y que haría temer por un regreso de la guerra si no fuera porque ninguno de los contendientes está realmente interesado en reanudar las hostilidades abiertas.

Una nueva y desgraciada pauta domina todos los conflictos declarados bajo el liderazgo trumpista. Desatados a sangre y fuego, interrumpidos por treguas tan solemnes como falsas y por exagerados anuncios de victoria, a cada alto el fuego le sigue su vulneración efectiva e incluso sistemática por las partes, aunque con especial empeño por parte de Israel, que es capaz de obtener anexiones territoriales a cada envite —en Gaza, Cisjordania, Siria y Líbano— o de usarlos como palanca para boicotear unas posibles conversaciones de paz. Todos estos conflictos tienen en común el incumplimiento de los objetivos declarados para librar la guerra y la incapacidad para convertir las ventajas militares en avances políticos y acuerdos de paz.

Pocos resultados se pueden esperar de una fuerza militar tan abrumadora como la de EE UU en manos de alguien como Trump, que detesta la diplomacia y solo atiende a sus propios instintos depredadores en unas negociaciones que denomina transaccionales pero suelen ser tratos directamente extorsionadores. Cuando tiene enfrente una dictadura como la iraní, que ha activado un arma temible como el bloqueo del tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz, cabe esperar lo peor. Es decir, la reanudación de la guerra, con nefastas consecuencias para la estabilidad global. O el peligroso reconocimiento de un precedente en el derecho de la fuerza sobre la libertad en los mares.

Con el escenario embarrado entre una guerra que se prolonga con baja intensidad y unas treguas que no cristalizan, Trump ha conseguido frenar por el momento la escalada de los precios del petróleo y sortear el pánico de las Bolsas. Sirve a sus intereses la prolongación de tanta ambigüedad hasta las elecciones de mitad de mandato de noviembre, esperando superar sin graves percances el Mundial de fútbol y la celebración del 250 aniversario de la Independencia. Pero tanta incapacidad resolutiva no podrá prolongarse indefinidamente sin graves riesgos para la economía y la estabilidad mundiales y sin afectar a la credibilidad de la disuasión estadounidense, al igual que no podrá ocultar por más tiempo la derrota estratégica que está sufriendo a manos de Irán.

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