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En Uruguay, el pueblo charrúa se sobrepone al genocidio que casi los extinguió, y el uso de una prenda tradicional ayuda en el proceso
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El general Fructuoso Rivera, primer presidente de Uruguay, tenía el nombre y el prontuario necesarios para gobernar el panteón de los más terribles patriarcas latinoamericanos, aquellos políticos y militares que jugaron a ser dioses y cuya personalidad seduce y repele en diferente medida. El 11 de abril de 1831, cuando el continente aún era una constelación de estados en pañales, don Fructuoso sembró en Uruguay las semillas de un mito: su Ejército emboscó con engaños al pueblo charrúa, y lo masacró de forma tan brutal que, de haber vivido en el siglo XX, Fructuoso sería sinónimo de Hitler.
Los pocos charrúas que sobrevivieron a la llamada matanza de Salsipuedes fueron repartidos como esclavos entre las familias criollas. Cuatro de esos supervivientes, Los últimos charrúas –como los recuerda una famosa escultura en el parque el Prado, en Montevideo– fueron enviados a Francia para servir como atracciones de feria. A partir de entonces, el mito de que Uruguay es “un país sin indios” germinó y se volvió parte de la identidad nacional junto con la idea –medio en broma, medio en serio– de que los habitantes de este país pequeño y futbolero descendieron apaciblemente de los barcos.
Es una tarde calurosa de fines de mayo en París, y la investigadora charrúa Mónica Michelena recuerda esta historia en LASA, la inmensa conferencia anual de académicos latinoamericanistas que en 2026 se propuso discutir dos conceptos en cuidados intensivos: República y Revolución. Como cuenta Michelena, la República, periodo posterior a la colonia y a las revoluciones independentistas, no significó para su pueblo el inicio de algo mejor sino una nueva etapa de muerte comparable al fin del mundo. República y Apocalipsis habría sido un título igual de válido para la conferencia.

Sin ir muy lejos, don Fructuoso intentó aniquilar al pueblo charrúa en nombre de la República uruguaya. Digo que lo “intentó” porque, si lo hubiera logrado, si aquellas cuatro personas esclavizadas y enviadas a París hubieran sido en efecto las últimas charrúas, entonces Mónica Michelena no estaría hoy aquí, también en París, dos siglos después, compartiendo cómo su pueblo sigue recuperándose de aquel genocidio. Paradójicamente, el Estado uruguayo, uno de los dos en Latinoamérica que se niega a ratificar el Convenio 169 de la OIT sobre pueblos indígenas, ha hecho de la “garra charrúa” un símbolo de su identidad futbolística.
A sus 63 años, Michelena es una narradora apasionada, entrenada en el activismo y en los salones de clase donde fue maestra escolar. Su relato salta de la historia nacional a la memoria familiar, de las políticas estatales anti-indígenas a las estrategias de supervivencia comunitaria, y lo hace con una versatilidad e intimidad que la distinguen en el océano impersonal de la academia.
Como ocurre en muchos hogares mestizos, cuenta que comenzó a indagar en la historia indígena de su familia cuando ya era mayor de edad. Entonces, a partir de sus preguntas, se abrió ante ella un mundo de violencias y de parientes charrúas silenciados. Por qué esa tía abuela le preguntaba siempre: ¿ y vos a quién saliste tan negrita”? ¿Por qué tantos niños, incluso en la generación de su propia madre, habían crecido en las estancias trabajando gratis, como siervos?
Las respuestas eran parte de un rompecabezas colectivo de quienes, como ella, interrogaban los silencios y las ausencias de su árbol genealógico. Aunque, más que de un rompecabezas, Michelena empezaba a sentirse parte de un quillapí, como se llamaban las capas tradicionales que los charrúas confeccionaban uniendo, paño a paño, delicadas pieles de nutria, y que decoraban con dibujos y símbolos de sus historias.

Tras el genocidio, los quillapís se perdieron y, en el mejor de los casos, los “vencedores” los tomaron como trofeos. El propio don Fructuoso le regaló uno a un amigo, a manera de souvenir de la matanza. Hoy no existe un solo quillapí, tampoco registros fidedignos de sus contenidos y sus significados. Solo se sabe de ellos a partir de testimonios, principalmente de viajeros europeos que los coleccionaron, y de pistas dispersas en los museos. Michelena persigue estos datos desde hace casi dos décadas, en una búsqueda interminable que ha dado frutos inesperados.
Su charla en LASA se titula Nuestro derecho a investigar: tras las huellas del quillapí de la memoria charrúa en museos de Estados Unidos y Europa, y tiene los ingredientes de una película de aventuras, a lo Indiana Jones, pero aquí el protagonista ya no es un arqueólogo blanco, sino el pueblo indígena que busca lo que le arrebataron. Por ahora la noticia es que sí hay una película en marcha. Por estos días, Michelena sigue una pista en París, y todos sus movimientos —incluso su charla en LASA— los está grabando su colega y aliada en la búsqueda, la antropóloga Mariela Eva Rodríguez. Si la desaparición física de los quillapís es parte de la herida que la república infligió en el pueblo charrúa, el trabajo de Michelena es parte de la regeneración de esta nación indígena.
La parte más Indiana Jones de su aventura empieza en 2008, cuando Michelena encuentra en el libro Arte prehistórico en Uruguay, del profesor Mario Consens, la foto de un quillapí supuestamente en poder del museo Smithsonian, en los Estados Unidos. Tomar contacto con esa pieza demandaría minutos en las películas, pero a Michelena le llevó más de quince años de gestiones y viajes infructuosos. En 2025, cuando por fin estuvo cara a cara con ese objeto, fue solo para comprobar que no era un quillapí charrúa, sino una capa del pueblo tehuelche, de la Patagonia argentina. Más que frustración, Michelena dice que al poder tocarlo sintió un privilegio que no le correspondía.

En París, el desenlace fue similar. Llegó a las colecciones del museo Quai Branly siguiendo una referencia del museo Peabody, de la universidad de Harvard. Un registro hablaba de “una capa de piel” que el explorador francés Louis Antoine de Bougainville adquirió, presuntamente, a su paso por territorio charrúa, en el siglo XVIII. Sin embargo, entre todos los objetos de ese viajero, el único que no especificaba su origen era la hoy llamada “capa de cuero de Bougainville”. La especialista que lo custodiaba le comentó a Michelena que estaba casi segura de que no se trataba de un quillapí, sino, otra vez, de una capa tehuelche.
Unas semanas después de su periplo en París, Michelena está de regreso en su casa, en un área rural a siete horas de Montevideo, y me cuenta que no pierde las esperanzas. Hay otra pista, un tanto imprecisa todavía, que apunta a Alemania. Poco antes del genocidio, el explorador Friedrich Sellow estuvo en Uruguay y compró un quillapí en una pulpería charrúa. ¿Será que algún museo alemán lo conserva todavía? Pienso en lo sencillo que resulta expresar lo extraordinario: exploradores europeos acumulan de forma desordenada innumerables objetos indígenas valiosos y, doscientos años después, personas como Michelena invierten su vida entera para intentar recuperar uno solo de ellos. Michelena dice, con sabiduría, que encontrar el quillapí no es necesariamente la meta, que la búsqueda misma le ha deparado aprendizajes inesperados.
Cuando Mónica tenía la edad que hoy tienen sus hijos, era común que muchas personas se autoidentificaran a sí mismas como “descendientes de charrúas” y no directamente como “charrúas”. Pesaba en ellas la idea de que los “verdaderos charrúas” eran los antiguos, aquellos que vivían en tolderías y cazaban y pescaban su propia comida, y que precisamente habían sido masacrados y desaparecidos por el Estado. Hijos, nietos, bisnietos y tataranietos de charrúas habían absorbido el mito de su propia extinción. Sin embargo, como ocurrió en casa de Michelena, las preguntas y conversaciones fueron reuniendo y confrontando a estas personas con su historia común. Como los paños delicados de un quillapí, las memorias dispersas iban armando un tejido colectivo difícil de ignorar.

Los charrúas del lado argentino, que habían pasado por similares procesos de reflexión, ayudaron en esta etapa. ¿Somos charrúas o no somos charrúas?, conversaban en la comunidad de Michelena a inicios de este siglo, cuando ella misma todavía se enunciaba como “descendiente”. “¿Qué es ser charrúa hoy en el siglo XXI?”, me dice ahora desde el otro lado de la pantalla. “Es tener esa historia justamente de despojo y de silencio. Es tener la memoria fragmentada. Es no tener todas las costumbres. Todo eso somos. Y es consecuencia del genocidio”.
La toma de conciencia colectiva, a partir de la memoria y organización, ha dado pie a una etapa de resurgimiento de esta nación que muchos aún creen extinta. A diferencia de lo que ocurría en generaciones anteriores, la juventud actual tiene menos problemas a la hora de identificarse como charrúa; y junto con los mayores, están recuperando tradiciones que hasta no hace mucho se creían perdidas, entre ellas fabricar y usar el quillapí.
Le envío a Mónica la foto de una joven que modela un quillapí de fondo blanco y dibujos de plantas. “Es mi hija”, me dice. “Es un ecoprint con plantas nativas del monte donde vivimos”. Luego me comparte imágenes de diferentes ceremonias donde todas las personas llevan sus propios quillapís. Michelena dice que el primero que ella fabricó reproducía dibujos que hicieron los viajeros europeos, y que al hacerlo sintió una gran responsabilidad. Con el tiempo fue explorando otros temas. Ahora tiene uno con el fondo negro y dibujos geométricos. Son cartas de la baraja que Tacuabé, uno de los cuatro “últimos charrúas”, llevó consigo a Francia en su viaje sin retorno. La baraja original se perdió, al igual que el quillapí de Tacuabé, sin embargo, la memoria ha encontrado la manera de mantenerlo con vida.
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