Las críticas sobre La cruz torcida (1934) suelen destacar su carácter profético. Cuando en Reino Unido al menos dos de las hermanas Mitford mostraban su entusiasmo por el fascismo y el nazismo, Sally Carson escribía en tiempo real una novela que vaticinaba la catástrofe y la furia que tambalearon los cimientos de Occidente. El huevo del escorpión eclosionaba bajo la parafernalia de una sociedad nueva, joven, atlética, esperanzada, solar, fuerte, positiva, orgullosa, hímnica, limpia; una sociedad inspirada por el hálito reparador de los males y miedos de una juventud sin futuro tras los estragos de la Primera Guerra. El exterminio del pueblo judío y los comunistas parecía el paso ineludible para la reparación y el impulso imperial. Carson detectó los síntomas del horror y con esta novela y otras dos que la siguieron —The Prisioner y A Traveller Came By— confirmó que la profecía en literatura se relaciona con la capacidad de observar y con un poso ideológico que no tolera la injusticia.
Las críticas sobre La cruz torcida (1934) suelen destacar su carácter profético. Cuando en Reino Unido al menos dos de las hermanas Mitford mostraban su entusiasmo por el fascismo y el nazismo, Sally Carson escribía en tiempo real una novela que vaticinaba la catástrofe y la furia que tambalearon los cimientos de Occidente. El huevo del escorpión eclosionaba bajo la parafernalia de una sociedad nueva, joven, atlética, esperanzada, solar, fuerte, positiva, orgullosa, hímnica, limpia; una sociedad inspirada por el hálito reparador de los males y miedos de una juventud sin futuro tras los estragos de la Primera Guerra. El exterminio del pueblo judío y los comunistas parecía el paso ineludible para la reparación y el impulso imperial. Carson detectó los síntomas del horror y con esta novela y otras dos que la siguieron —The Prisioner y A Traveller Came By— confirmó que la profecía en literatura se relaciona con la capacidad de observar y con un poso ideológico que no tolera la injusticia. Seguir leyendo
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia
En ‘La cruz torcida’, de 1934, la escritora británica ya detectó los síntomas del horror en una historia donde las peripecias de una novela sentimental se mezclan con la cruda violencia callejera y el odio


Las críticas sobre La cruz torcida (1934) suelen destacar su carácter profético. Cuando en Reino Unido al menos dos de las hermanas Mitford mostraban su entusiasmo por el fascismo y el nazismo, Sally Carson escribía en tiempo real una novela que vaticinaba la catástrofe y la furia que tambalearon los cimientos de Occidente. El huevo del escorpión eclosionaba bajo la parafernalia de una sociedad nueva, joven, atlética, esperanzada, solar, fuerte, positiva, orgullosa, hímnica, limpia; una sociedad inspirada por el hálito reparador de los males y miedos de una juventud sin futuro tras los estragos de la Primera Guerra. El exterminio del pueblo judío y los comunistas parecía el paso ineludible para la reparación y el impulso imperial. Carson detectó los síntomas del horror y con esta novela y otras dos que la siguieron —The Prisioner y A Traveller Came By— confirmó que la profecía en literatura se relaciona con la capacidad de observar y con un poso ideológico que no tolera la injusticia.
La mirada de Carson, cristalizada en una narración omnisciente, clásica, planea por los sentimientos de un grupo de personajes, pero está focalizada en Lexa, hija de una familia en la que adivinamos la naturaleza perversa de las familias en general —relaciones de poder, toxicidades, preferencias—, pero también la de una modélica familia particular en plena ascensión del nazismo en un pueblo cercano a Múnich. El romance entre Lexa y Moritz, un cirujano judío, coloca el cuerpo de Lexa en el umbral. Contra su cuerpo se dibuja el conflicto. La fricción de los afectos y el sentido de pertenencia. Si, como dice bellamente Mariano de Santis, protagonista de La grazia de Sorrentino, la gracia es la belleza de la duda y el coraje para, desde ahí, tomar una decisión, Lexa está tocada por la gracia. La acompañamos a lo largo de un periplo jalonado de momentos culminantes, miradas indirectas, luces y sombras: resplandecen las velas que adornan el árbol de Navidad, la estufa alumbra el primer encuentro amoroso, la luna ilumina la frontera montañosa que separa Alemania y Austria. Las peripecias de una novela sentimental se mezclan con la cruda violencia callejera, el odio, el linchamiento cargado de razones. Carson domina la coordenada espacial, las atmósferas, el paisaje y el interiorismo, pero también el tiempo narrativo, solapando planos, acciones simultáneas, para mantener una tensión creciente que culmina en un final íntimo y terrible: lo familiar se vuelve extraño, ominoso, y lo siniestro es una sustancia que lo impregna todo de fuera hacia dentro y de dentro hacia fuera.
En el juego literario no hay maniqueísmo —esto es especialmente visible en el trazado del personaje de Helmy, hermano de Lexa—, pero sí una toma de partido. Carson aplica su capacidad de observación a lo convencional y confortable, al cuidado con que mamá prepara un pastel, para descubrir, a través de su impecable escritura, la crueldad que transparentan los pequeños gestos apacibles. El cierre de La cruz torcida expresa la violencia cómplice, por activa o por pasiva, de un pueblo y cómo desde los primeros signos de esa violencia, incluso de una violencia de baja intensidad, ya se anuncia una culpa irredimible que marcará, por ejemplo, la escritura del Grupo 47. Carson mete la uña en lo real para narrar y denunciar un presente vivido que hoy miramos con perspectiva histórica y, trágica y reveladoramente, vuelve a concernirnos.
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos
Archivado En
EL PAÍS

