Sulpicia la mayor: la poeta que viajó de polizón

Durante muchos años, quien abría el manuscrito de Tibulo encontraba en su tercer libro algo que no esperaba. Entre las elegías del poeta y las de sus imitadores aparecen cuarenta versos escritos por una mujer que habla en primera persona del amor, sin máscara ni intermediarios. Se llamaba Sulpicia, vivió en la Roma de Augusto y es la única poeta de la Roma clásica de la que conservamos un conjunto de poemas. Sobrevivió de polizón, escondida en el libro de otro.

Era hija de Valeria, hermana de Marco Valerio Mesala Corvino, y de un Servio al que ella misma nombra en sus versos, identificado con el hijo del gran jurista amigo de Cicerón. Huérfana de padre desde niña, quedó bajo la tutela de su tío Mesala, general, orador y uno de los grandes mecenas literarios del momento. En torno a él se reunía un círculo de poetas del que formaban parte Tibulo y Lígdamo, y por el que pasó el joven Ovidio.

Sulpicia creció, por tanto, en el epicentro de la creación literaria de su época, y participó en él con voz propia. Las fechas de su vida se deducen de la cronología de su tío y de los propios poemas, que sitúan su nacimiento entre el 40 y el 30 a.C. y su escritura hacia la década del 20 al 10 a.C. Era una mujer muy joven cuando compuso lo que hoy leemos. Seguramente no sería la única poetisa de Roma.

Sus seis poemas, los números 13 al 18 del tercer libro del «Corpus Tibullianum», funcionan como breves cartas de amor dirigidas a un hombre al que llama Cerinto, seudónimo griego según la convención del género. El primero poema comienza por el final, declarando «Tandem venit amor», el amor ha llegado por fin. A continuación, la poeta proclama que esconder esa pasión la avergonzaría más que mostrarla. En los demás poemas protesta por un viaje al campo que amenaza con alejarla de su amado el día de su cumpleaños, celebra su cancelación, reprocha a Cerinto una infidelidad recordándole con orgullo que ella es la hija de Servio, le escribe enferma y con fiebre, y se disculpa por haberlo dejado solo una noche por ocultar su propio ardor. Un drama en toda regla.

Inspiración para otros

Este poeta contrasta con el ideal romano de mujer de la época que elogian a la esposa fiel, casta y callada. Sulpicia escribió su deseo, lo firmó con su nombre y lo dejó circular en el cenáculo literario más selecto de Roma. Los poetas elegíacos varones ya habían invertido los valores tradicionales al declararse esclavos del amor en lugar de soldados de Roma, y ella mostró en público sus sentimientos, haciendo que su figura inspirase a otros. El mismo libro tercero contiene un ciclo de cinco poemas sobre sus amores, obra de un autor anónimo al que la filología llama el amigo de Sulpicia.

Se ha negado su autoría, basándose en la idea errónea de que una mujer no podía acceder a la educación y menos al nivel de refinamiento de un poeta. La investigadora Mathilde Skoie ha reconstruido esa larga historia de lecturas interesadas en un estudio sobre los comentarios a Sulpicia publicados entre 1475 y 1990. La crítica de las últimas décadas ha devuelto los poemas a su autora y ha se analiza su poesía como punto de referencia.

A pesar de ello, actualmente el manuscrito sigue atribuyéndose a Tibulo, y en rigor Sulpicia continúa viajando de polizón en el libro de otro. Pero el equívoco tiene los días contados cada vez que alguien lo abre. Porque ella, previsora, dejó su nombre escrito dentro de sus propios versos, Sulpicia, hija de Servio.

 Es la única poeta de la Roma clásica de la que conservamos un conjunto de poemas. Escribió del deseo, lo firmó con su nombre y lo dejó circular en el cenáculo literario más selecto de la época   

Durante muchos años, quien abría el manuscrito de Tibulo encontraba en su tercer libro algo que no esperaba. Entre las elegías del poeta y las de sus imitadores aparecen cuarenta versos escritos por una mujer que habla en primera persona del amor, sin máscara ni intermediarios. Se llamaba Sulpicia, vivió en la Roma de Augusto y es la única poeta de la Roma clásica de la que conservamos un conjunto de poemas. Sobrevivió de polizón, escondida en el libro de otro.

Era hija de Valeria, hermana de Marco Valerio Mesala Corvino, y de un Servio al que ella misma nombra en sus versos, identificado con el hijo del gran jurista amigo de Cicerón. Huérfana de padre desde niña, quedó bajo la tutela de su tío Mesala, general, orador y uno de los grandes mecenas literarios del momento. En torno a él se reunía un círculo de poetas del que formaban parte Tibulo y Lígdamo, y por el que pasó el joven Ovidio.

Sulpicia creció, por tanto, en el epicentro de la creación literaria de su época, y participó en él con voz propia. Las fechas de su vida se deducen de la cronología de su tío y de los propios poemas, que sitúan su nacimiento entre el 40 y el 30 a.C. y su escritura hacia la década del 20 al 10 a.C. Era una mujer muy joven cuando compuso lo que hoy leemos. Seguramente no sería la única poetisa de Roma.

Sus seis poemas, los números 13 al 18 del tercer libro del «Corpus Tibullianum», funcionan como breves cartas de amor dirigidas a un hombre al que llama Cerinto, seudónimo griego según la convención del género. El primero poema comienza por el final, declarando «Tandem venit amor», el amor ha llegado por fin. A continuación, la poeta proclama que esconder esa pasión la avergonzaría más que mostrarla. En los demás poemas protesta por un viaje al campo que amenaza con alejarla de su amado el día de su cumpleaños, celebra su cancelación, reprocha a Cerinto una infidelidad recordándole con orgullo que ella es la hija de Servio, le escribe enferma y con fiebre, y se disculpa por haberlo dejado solo una noche por ocultar su propio ardor. Un drama en toda regla.

Este poeta contrasta con el ideal romano de mujer de la época que elogian a la esposa fiel, casta y callada. Sulpicia escribió su deseo, lo firmó con su nombre y lo dejó circular en el cenáculo literario más selecto de Roma. Los poetas elegíacos varones ya habían invertido los valores tradicionales al declararse esclavos del amor en lugar de soldados de Roma, y ella mostró en público sus sentimientos, haciendo que su figura inspirase a otros. El mismo libro tercero contiene un ciclo de cinco poemas sobre sus amores, obra de un autor anónimo al que la filología llama el amigo de Sulpicia.

Se ha negado su autoría, basándose en la idea errónea de que una mujer no podía acceder a la educación y menos al nivel de refinamiento de un poeta. La investigadora Mathilde Skoie ha reconstruido esa larga historia de lecturas interesadas en un estudio sobre los comentarios a Sulpicia publicados entre 1475 y 1990. La crítica de las últimas décadas ha devuelto los poemas a su autora y ha se analiza su poesía como punto de referencia.

A pesar de ello, actualmente el manuscrito sigue atribuyéndose a Tibulo, y en rigor Sulpicia continúa viajando de polizón en el libro de otro. Pero el equívoco tiene los días contados cada vez que alguien lo abre. Porque ella, previsora, dejó su nombre escrito dentro de sus propios versos, Sulpicia, hija de Servio.

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