Siempre digo que el teatro tiene algo que ningún otro espectáculo puede ofrecer: lo que pasa esa noche no volverá jamás a repetirse exactamente igual. Puedes ver una película diez veces y será siempre la misma. Una función de teatro, nunca. Y eso tiene un punto de magia que me sigue fascinando después de tantos años encima de un escenario. Si tengo que recomendar tres obras para esta temporada, serían estas.
El gran adalid del amor en televisión es también un enamorado de las tablas. El 29 de julio estrena en el Festival de Teatro Clásico de Mérida La comedia de la olla de Plauto
Siempre digo que el teatro tiene algo que ningún otro espectáculo puede ofrecer: lo que pasa esa noche no volverá jamás a repetirse exactamente igual. Puedes ver una película diez veces y será siempre la misma. Una función de teatro, nunca. Y eso tiene un punto de magia que me sigue fascinando después de tantos años encima de un escenario. Si tengo que recomendar tres obras para esta temporada, serían estas.
Un retrato de las relaciones de poder de rabiosa actualidad. La escopeta nacional, que puede verse el Teatro Español, es una de esas historias que demuestran que el tiempo pasa pero las personas cambiamos bastante menos de lo que creemos. Berlanga y Azcona retrataron como nadie nuestras miserias, nuestra picaresca y ese humor tan español que consigue hacerte reír mientras te deja pensando. Además, tiene un reparto extraordinario con compañeros a los que admiro mucho, como Elisa Matilla, que está espléndida. Es de esas funciones en las que uno disfruta viendo a grandes actores defender un texto que sigue tan vivo como el primer día.
Lo que más me atrae de esta adaptación es comprobar cómo un texto nacido de una película tan emblemática sigue teniendo una vigencia sorprendente. Ese retrato de las relaciones de poder, de los intereses personales y de las apariencias continúa resultando muy reconocible. El humor de Berlanga y Azcona nunca fue gratuito: detrás de cada carcajada había una mirada crítica sobre una sociedad que, en muchos aspectos, sigue pareciéndose bastante a la nuestra.
Además, el paso al escenario le aporta una energía diferente. El público comparte la risa con los actores y descubre nuevos matices en unos personajes que forman parte de la memoria colectiva. Es una función muy bien dirigida, con un reparto de enorme nivel, capaz de mantener el equilibrio entre la comedia más disparatada y esa fina ironía que convirtió a La escopeta nacional en una obra imprescindible de nuestra cultura.
Un regalo para vidas estresadas. Siempre he pensado que hacer reír es una de las cosas más difíciles de este oficio, y esta función lo consigue con una naturalidad admirable. Tiene ritmo, personajes divertidísimos, situaciones disparatadas y un humor muy inteligente. Sales del teatro con la sensación de haber desconectado de verdad, y eso, tal y como está el mundo, ya es un regalo.
La propuesta juega con un punto de partida tan original como universal y demuestra que la comedia puede hablar de asuntos muy humanos sin perder ligereza. Jose Warletta construye una historia llena de giros, malentendidos y personajes muy reconocibles, de esos que todos creemos haber conocido alguna vez.
Además, me gusta especialmente porque es una de esas comedias que no se conforman con encadenar chistes o situaciones disparatadas. Detrás de cada escena hay un retrato muy reconocible de las relaciones familiares, de las pequeñas miserias cotidianas y de esa capacidad que tenemos para complicarnos la vida cuando, probablemente, todo sería mucho más sencillo si habláramos con honestidad. Ahí reside buena parte de su acierto: el espectador no solo se ríe de lo que sucede sobre el escenario, sino que acaba reconociéndose, de una forma u otra, en los personajes.
Lo que más valoro es que nunca busca la carcajada fácil. El humor nace de las situaciones, del ritmo y de unos diálogos muy bien escritos. Es una de esas funciones que conectan con públicos muy distintos porque consigue que todos entren en el juego desde el primer minuto y salgan del teatro con una sonrisa y con la sensación de haber pasado una muy buena tarde.
Creo, además, que ese equilibrio entre humor y emoción es uno de los mayores logros de la obra. Sin renunciar nunca a la comicidad, deja espacio para la ternura, para la nostalgia e incluso para reflexionar sobre cómo afrontamos la pérdida, los recuerdos o los afectos. Y eso es algo que no siempre resulta fácil de conseguir. Al final, uno disfruta de una comedia inteligente, bien construida y profundamente humana, de esas que entretienen, hacen reír y, casi sin darte cuenta, también dejan un poso que permanece mucho después de que caiga el telón.
2.000 años de debilidades humanas. Tengo la suerte de formar parte de este proyecto y estoy deseando compartirlo con el público. El 29 de julio levantaremos el telón en el majestuoso Teatro Romano de Mérida y os aseguro que no se me ocurre un lugar mejor para reencontrarse con Plauto. Han pasado más de 2.000 años desde que escribió esta comedia, pero sigue haciéndonos reír con las mismas debilidades humanas: la avaricia, los enredos, el amor y esa manía que tenemos de complicarnos la vida nosotros solitos. La adaptación respeta el espíritu del clásico, pero tiene un ritmo muy actual y unas ganas enormes de que el público disfrute.
Plauto fue uno de los grandes maestros de la comedia y buena parte del teatro occidental le debe muchísimo. Sus personajes, sus enredos y su manera de observar las debilidades humanas siguen funcionando porque hablan de cosas que nunca pasan de moda. Por eso resulta tan estimulante recuperar este texto desde una mirada contemporánea, respetando su esencia pero acercándolo al público de hoy.
Creo que esa es una de las grandes virtudes del Festival de Mérida: demostrar cada verano que los clásicos no pertenecen al pasado, sino que siguen dialogando con nosotros. Cuando un texto escrito hace más de 2.000 años provoca la risa, la complicidad y la emoción del espectador actual, uno entiende por qué estas obras han llegado vivas hasta nuestros días.
Si este verano pasa usted por Mérida, le invito de corazón a venir a verla. Creo que hay pocas experiencias tan especiales como sentarse bajo el cielo de una noche de verano en el Teatro Romano y comprobar que los clásicos siguen teniendo mucho que contarnos… y muchas carcajadas que arrancarnos.
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