
El fútbol, como otros deportes de masas, es un potente generador de emociones nacionales, de sentimientos de identificación con una patria que se asume como naturalizada. Mecanismo que Michael Billig categorizó como nacionalismo trivial; nacionalismo cotidiano según otros autores. Una metáfora que crea un ellos y nosotros, un sentimiento de unidad, que en los países de inmigración masiva también ha servido como eficaz vehículo de integración: Argentina es un ejemplo. Y que genera héroes, símbolos alternativos y duraderos estereotipos. Como ha analizado Alejandro Quiroga, el fútbol español pasó de la furia al tikitaka, y de ser imagen doliente del fracaso a emblema de una sociedad moderna, pluricultural y multiétnica, en la que la identidad española, aun sin convencer a toda la ciudadanía, intentaba renovar o resignificar su repertorio simbólico.
Las pasiones nacional-futboleras afectan a la ciudadanía, generan orgullo y también son espejo de frustraciones profundas
El fútbol, como otros deportes de masas, es un potente generador de emociones nacionales, de sentimientos de identificación con una patria que se asume como naturalizada. Mecanismo que Michael Billig categorizó como nacionalismo trivial; nacionalismo cotidiano según otros autores. Una metáfora que crea un ellos y nosotros, un sentimiento de unidad, que en los países de inmigración masiva también ha servido como eficaz vehículo de integración: Argentina es un ejemplo. Y que genera héroes, símbolos alternativos y duraderos estereotipos. Como ha analizado Alejandro Quiroga, el fútbol español pasó de la furia al tikitaka, y de ser imagen doliente del fracaso a emblema de una sociedad moderna, pluricultural y multiétnica, en la que la identidad española, aun sin convencer a toda la ciudadanía, intentaba renovar o resignificar su repertorio simbólico.
No sólo es cosa de hinchas. Las pasiones nacional-futboleras afectan además a la ciudadanía en general, generan orgullo y, también, son espejo de frustraciones profundas. La ola de identificación con la bandera y los ritos triviales que banalizaban el tópico vikingo que recorrieron la sociedad noruega no tenía parangón desde 1945. El fútbol da visibilidad y orgullo a países pequeños, pero en países grandes la derrota puede identificarse como reflejo de la decadencia económica o política, como ocurrió en Alemania tras perder ante Paraguay.
En sociedades con diversas capas de inmigración y de emigración la composición de las selecciones ha reflejado igualmente los cambios sociales y demográficos. Suelen ser los inmigrantes más pobres quienes más juegan al fútbol. Francia ha pasado de los Platini y Fernández a los Mbappé y Dembelé. Hasta 96 jugadores de diversas selecciones, sobre todo africanas, nacieron y se formaron en Francia. Marruecos recluta la mayoría de sus integrantes en la diáspora, como también hacen Curaçâo o Congo, y antes de ellos Eire o Albania.
No importa que parte de esos jugadores diaspóricos no hablen el idioma del país. El fútbol de selecciones es una combinación de pasión nacional y negocio global, de identidades híbridas. Muchos de los franceses o neerlandeses de origen inmigrante que eligen jugar por el país de sus padres no lo hacen por identificación emocional, o por rechazo hacia la sociedad en la que crecieron. Eligen de modo racional con qué equipo tienen opciones de jugar en competiciones internacionales. Son a menudo personas con identidades compartidas, postnacionales o simplemente ajenas a las pasiones identitarias. Pero en el deporte de selecciones absolutas impera el principio clásico de la identidad nacional exclusiva. Hay que elegir. No por ello, escribía un internacional marroquí crecido en España, se dejan de apreciar varias identidades, aunque se elija una para triunfar en el fútbol.
¿Significa eso que Francia juega sin franceses? ¿Para formar en la Roja hay que comer jamón y no ser musulmán? ¿Hay que acomodarse a a un patrón identitario canónico? Desde la década de 1990 las extremas derechas así lo afirman, y a menudo critican a sus combinados nacionales de falta de entusiasmo, cuando pierden y también cuando ganan, porque entonces son más peligrosos: se convierten en símbolos a emular. Da lo mismo que en la mayoría de los Estados rija el ius solis, el lugar de nacimiento, para adjudicar la nacionalidad; o que Uruguay ganase en 1930 con dos gallegos en sus filas. Los que incomodan son determinados inmigrantes, los musulmanes y de tez oscura. Es un tópico usual que cada inmigración pasada fue mejor, sobre todo si compartía color de piel o religión con los habitantes del país. Y eso se refleja en los prejuicios que rodean a las identificaciones con las selecciones nacionales.
Las narrativas triviales alrededor del fútbol de selecciones intentan mejor o peor huir del patrioterismo y promover mensajes positivos: multiculturalidad, esfuerzo, solidaridad. Pero la capacidad de igualación social y de integración también es reflejo de los temores de amplios segmentos sociales, y sirve de escaparate para quienes manipulan esas emociones en beneficio político propio, sea en forma de prioridad nacional, de disputas territoriales, o de nostalgia de tiempos mejores.
No sólo la derecha radical difunde esos mensajes; también los nacionalcuñadismos de casino que sueñan con la vuelta del “a mí Sabino, que los arrollo”. Frase atribuida a un jugador del Athletic y nacionalista vasco, Belauste, que acompañó al mito de la furia española en las crónicas de los Juegos Olímpicos de Amberes en 1920. En su original neerlandés, Spaanse Furie tenía un significado peyorativo, pues evocaba los saqueos de los Tercios de Flandes; los medios españoles la interpretaron en sentido heroico. Y es que la complejidad y la paradoja siempre formaron parte de las identidades nacionales, también de las futbolísticas.
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