Si lo pensamos en frío, David Guetta lo tiene todo para ser el chico más antipático de cualquier discoteca: la melenita, la sonrisa postiza y el aire de superioridad que llevan incorporado de serie los pijos parisinos. Además, se coronó rey de Ibiza convirtiendo la isla en una especie de parque temático dedicado a él y a su exesposa, Cathy Guetta. La pareja era omnipresente: llegaron incluso a tener una minidiscoteca (Lounge Club) en el aeropuerto en la época de mayor dominio de su fiesta «F**ck me, I’m famous» en Pachá, refugio de famosos y multimillonarios, además de núcleo irradiador del horrible house canallita que ha sido banda sonora de la isla en el siglo XXI.
Hablemos claro: visto desde el plano creativo, el suyo es un éxito incomprensible, que seguramente radica en que convirtió Ibiza en una zona VIP donde pueden sentirse cómodos todos los horteras del planeta. En Francia se toman a Guetta tan poco en serio que los guiñoles de Canal+ le caricaturizan como alguien que compone su música con un Don Simón (el juego infantil con tres sonidos rudimentarios) o combinando el graznido de tres ocas.
«Ahora Guetta vive de explotar viejos trucos de eficacia probada, tanto suyos como de los demás»
Más allá de las bromas, estamos ante un artista poco respetuoso con su arte: hay crónicas de sus sesiones en Pachá donde es incapaz de cuadrar los discos y cede los platos a sus colegas para poder bailar, beber o hacerse fotos con los fans. Cuesta encontrar DJs de primer nivel que hablen bien de la estrella francesa, pero tampoco es un drama: él siempre está en lo más alto. Aunque muchos no lo sepan, la FIFA ha decidido que su tema «Titanium» suene en todos los partidos del Mundial de fútbol antes del pitido inicial.
¿Lo peor de su trayectoria? Noches como la del circuito de Cheste de Valencia en junio de 2011, cuando salió a escena con más de dos horas de retraso porque se había olvidado en el hotel la memoria USB donde transporta la música de sus sesiones (que muchos intuimos llegan decididas y enlatadas desde su mansión a la cabina).
No fue un incidente aislado: en 2018 dejó plantadas y sin fiesta a 10.000 personas en la Campa de la Magdalena de Santander, ya que avisó a medianoche de que no podía llegar al recinto. Había sido demasiado optimista con la posibilidades de un vuelo directo desde otra sesión en Moscú. Recordemos que Guetta fue el primer DJ con avión privado propio, con su nombre escrito en el fuselaje. Dejar colgados a estadios rebosantes de fans es un simple contratiempo rutinario en su vida de ultralujo.
Previsible euforia
Dicho esto, aparece una pregunta obligada: ¿cómo es posible que Guetta se haya convertido en una estrella global? Nadie llega tan alto sin aportar algo valioso. La respuesta es que el francés ha sido un puente cordial para que muchos adictos a las discotecas hiciesen la transición desde el disco, el funk y el soul hacia el house de Chicago, que es el estilo más comercial de la electrónica. A principios del milenio, aliado con divas como Sia o Kelly Rowland, se convirtió en el dueño del planeta pop. También arrasó haciendo equipo con estrellas pop masculinas de la música negra como Akon, Ne-Yo, Usher, Afrojack y Justin Bieber. Entre 2009 y 2011, dominó las listas de éxitos pop como solo habían hecho The Bee Gees en la segunda mitad de los setenta.
Ahora vive un poco de explotar viejos trucos de eficacia probada, tanto suyos como de los demás. Este verano anda presentando el llamado Tour del Monolito, que se inspira en el truco escénico de la gira de la famosa pirámide de Daft Punk en 2006 (un tótem luminoso para tribus de la noche). En el plano musical, sigue ofreciendo menos de lo mismo, euforia previsible en la línea de su mayor éxito, el ubicuo «I gotta feeling» con Black Eyed Peas. Los detractores de Lenny Kravitz suelen decir que hace rock para gente a la que no le gusta el rock y los de Guetta que es un DJ para quien no entiende la electrónica. A ambos les salvan un puñado de buenos himnos y haber contagiado a muchos el veneno de la música. Por algo se empieza.
El DJ francés no convence a los devotos de la electrónica, pero ayudó al gran público a hacer la transición del disco al house Música, Cultura, Home La Razón Noticias sobre Música en La Razón
