El humor salvaje de Juan Dávila, un ex policía convertido en el cómico más taquillero de Europa: «Mi show es el único lugar donde muchos enfermos se pueden reír de su enfermedad»

Si esto fuera un chiste, ahora se abriría el telón y aparecería una enferma terminal de cáncer, el chaval que se quedó parapléjico en un accidente de moto, un ex yonqui con cara de yonqui, la chica que ha intentado suicidarse al menos 20 veces, un crío que fue víctima de bullying en el cole, el tipo al que acaba de dejar su novia, esa mujer que sufre delirio paranoide y a ratos se cree una espía del KGB, una pareja que hace nada perdió a su bebé, el enano de las fiestas de Lamine Yamal o un adolescente amorrado a las tetas gigantescas de una señora italiana como si todo fuera una peli de Fellini.

 Tras más de una década actuando en bares, plazas y bodas, las redes sociales dispararon su éxito de un día para otro. Hoy, las entradas para su espectáculo de improvisación, en el que bromea sin red con los dramas más atroces de su público, son las más codiciadas en nuestro país. Ahora estrena película y gira por América  

Si esto fuera un chiste, ahora se abriría el telón y aparecería una enferma terminal de cáncer, el chaval que se quedó parapléjico en un accidente de moto, un ex yonqui con cara de yonqui, la chica que ha intentado suicidarse al menos 20 veces, un crío que fue víctima de bullying en el cole, el tipo al que acaba de dejar su novia, esa mujer que sufre delirio paranoide y a ratos se cree una espía del KGB, una pareja que hace nada perdió a su bebé, el enano de las fiestas de Lamine Yamal o un adolescente amorrado a las tetas gigantescas de una señora italiana como si todo fuera una peli de Fellini.

Dónde está la maldita gracia, se preguntarán. La respuesta sólo la tiene Juan Dávila (Madrid, 47 años), el único cómico del mundo capaz de levantar un espectáculo de improvisación y humor salvaje con semejantes ingredientes y agotar las entradas en lo que usted tarda en leer estos dos párrafos.

«Nada une más que la risa y ahí está la esencia de mi show», explica él. «Se trata de conseguir, a través de la comedia, que todo el mundo se sienta integrado y participe de una manera igualitaria. No importa que tengas un problema, que seas de una escala socioeconómica u otra o que te falte un brazo. Aquí todo el mundo es igual. Son sólo personas riéndose juntas».

¿Hay alguna cosa con la que jamás bromearías?
No.
¿Dónde está el límite entonces?
El único límite es que la otra persona lo disfrute. Nada más.

Juan Dávila revienta teatros y pabellones por toda España con El palacio del pecado, una performance sin red en la que durante casi dos horas el cómico camina entre el público armado sólo con una minicámara, interrogando y hurgando en sus desgracias, sus pecados y sus debilidades. Luego invita al escenario a los personajes más excesivos y a los fans que le han escrito previamente a través de las redes sociales para confesarle sus catástrofes personales. Él chapotea sin misericordia en todas ellas como un niño en un charco, convirtiendo la incomodidad en un espectáculo irresistible.

Los cortes de sus actuaciones son dinamita en las redes sociales, donde acumula casi seis millones de seguidores. Más de 8.000 espectadores acuden religiosamente cada fin de semana a sus ejercicios de improvisación alrededor de todo el país, sus entradas están agotadas hasta octubre de 2027 y han llegado a superar los 1.000 euros en la reventa. En 2023 desbordó durante cuatro días consecutivos el Palacio de Vistalegre, hace sólo unos meses consiguió reunir a 15.000 personas en el Movistar Arena de Madrid, tiene ofertas para llenar el mismísimo Santiago Bernabéu y en sólo unos días hace las maletas rumbo a América para estrenar su particular circo en Buenos Aires, Santiago de Chile, Ciudad de México, Monterrey, Lima, Bogotá, Medellín, Santo Domingo, Puerto Rico, Panamá, Houston, Orlando, Tampa, Los Ángeles, Miami y Nueva York.

Ah, y antes estrena su segunda película este año, El último mono, donde interpreta a un gurú de la seducción haciendo equilibrios (una vez más) entre ser un personaje entrañable o parecer un completo hijo de puta.

¿Qué ha pasado exactamente para que un actor prácticamente desconocido hace apenas tres años y medio sea hoy él cómico que más vende en Europa y uno de los más taquilleros del planeta? ¿Qué explica el éxito sin precedentes de alguien capaz de descojonarse en directo y sin guión de los dramas más atroces? ¿Por qué todo el mundo está deseando que Juan Dávila se ría de sus miserias?

«En enero de 2023 estaba en el Teatro Arlequín de Madrid actuando para 200 o 300 personas y ese mismo año acabamos haciendo cuatro Vistalegres seguidos y llenando dos noches el BEC de Bilbao, que son unos 12.000 espectadores cada recinto», se asombra él. «¿Qué ha pasado entre los 300 y los 12.000? Pues que empezaron a hacerse virales mis vídeos en las redes sociales, las entradas se empezaron a agotar poco a poco, y a agotar, y a agotar… La gente debió creer que éste era el tipo de humor que necesitábamos y, de repente, todo el mundo se preguntaba de dónde había salido este tío».

¿Y de dónde ha salido este tío?
Pues yo llevo 15 años haciendo lo mismo…
CARLOS GARCÍA POZO

Rebobinemos un momento porque la historia de Dávila también parece una broma. Nacido en el barrio madrileño de Moratalaz, iba para futbolista profesional. Llegó a jugar en Tercera División, pero una lesión le jubiló antes de tiempo. «Bueno, eso y que no tenía calidad», reconoce él ahora. «Tenía mucho pundonor, pero era muy malo. Un poco como Simeone cuando daba palos». Probó luego como fisioterapeuta y acabó como policía municipal en Alcobendas. «Un amigo me dijo que ahí tendría tiempo y dinero, así que me metí a policía cómo me podía haber metido a camarero. Era cero vocacional, porque a mí lo que me gustaba era el teatro».

Estando en el cuerpo se matriculó en el Estudio Corazza de Arte Dramático. Durante años vivió entre dos mundos, como en una comedia de los 80. Policía de día; humorista y actor de noche. «Tuve que pedir un permiso al Ayuntamiento de Alcobendas porque era funcionario y a la vez estaba actuando en Paramount Comedy y haciendo monólogos de stand up en pequeñas salas, en bares, eventos y hasta en bodas de toda España».

La nochevieja de 2011 fue su última noche de servicio. A la mañana siguiente entregó la placa y el arma. «Era una pulsión interna, sabía que el teatro era mi sitio». Dejó el uniforme, la seguridad y un sueldo estable para apostarlo todo por su sueño. «De repente te ves en un piso con goteras mientras tus amigos tienen sus casas, sus trabajos y sus familias y te lo replanteas todo. Y piensas: ‘Madre mía, qué he hecho’. Mis padres creían que me había vuelto loco… Pero luego me subía al escenario y se me quitaban todos los miedos. Aunque hubiese 20 personas en el público, yo sabía que actuar era lo mío, lo que realmente me hacía feliz».

Montó su propia compañía de improvisación junto a otros actores y durante la década siguiente sobrevivió de teatro en teatro, de pueblo en pueblo, actuando a menudo para no más de 10 o 12 personas. «Había veces que actuaba para nadie porque no venía absolutamente nadie», reconoce. «Recuerdo una vez en un pueblo de Albacete que no vino ni dios, pero el alcalde me obligó a actuar porque el espectáculo estaba anunciado en el programa de festejos y había que hacerlo sí o sí, como si fuera una actividad de spinning«.

¿Cómo resististe tanto tiempo?
Hubo momentos en los que pensaba que esto no tenía ningún sentido. Me planteé incluso volver a la Policía, pero el día que fui a solicitar la plaza me entró tal angustia en el estómago que me di la vuelta y me marché para siempre.

Era el año 2014 y aún le quedaban unos cuantos años de penurias por delante. «Yo no estaba obsesionado con el éxito, pero sí con que viniese gente», cuenta. «Cuando actuaba en el Teatro Arlequín, miraba cada noche los puntitos verdes y rojos de las entradas. Cuando ya pensaba que me iban a echar me despertaba a las cuatro de la mañana y lo miraba: ‘Cuatro puntitos rojos, bien, cuatro entradas más’. Como no vendía casi nada, me pasaron de las 10 de la noche a las 12. Lo siguiente ya era que me echaran a la calle… Y, justo en ese momento, todo petó».

Años antes había abandonado su compañía siguiendo los consejos de un chamán senegalés para emprender su carrera en solitario e ideó el germen de lo que es hoy su espectáculo. «Veníamos de la pandemia y yo sabía que había que montar algo que fuera el despiporre. Pero costó. La primera vez se llenó, porque todos los que vinieron eran amigos, pero luego cada vez venía menos gente y menos gente, hasta que venían apenas 30 personas».

«La gente con discapacidad que viene al espectáculo siempre me dice que es la primera vez que les tratan como a una persona más»

Con 43 años, Juan Dávila se plantaba cada tarde en la Gran Vía de Madrid con una túnica y un megáfono para invitar a la gente a su función. Si alguien entraba al show y le seguía después en sus redes sociales, el cómico le daba dos entradas por el precio de una para la siguiente actuación. «Uno a uno fui ganando seguidores. Durante mucho tiempo me negué a subir contenido a las redes porque yo lo que quería era ser actor y me daba miedo que los directores de casting pensaran que lo que estaba haciendo no era serio. Pero cuando ya me iban a echar del teatro recuerdo que una amiga me dijo: ‘Tío, lo que pasa dentro de tu espectáculo es una puta locura, pero nadie lo sabe. Tienes que enseñárselo al mundo porque si no, nadie se entera’. Ya me daba todo igual, así que empecé a subir vídeos a TikTok».

En su primer corte viral, Dávila se choteaba de un espectador deprimido porque su novia le acababa de dejar. En unas horas la escena la vio más de un millón de personas en internet. La magia del algoritmo hizo el resto. Vinieron después las bromas con enfermos de cáncer o de ELA, las risas con todo tipo de discapacidades, los chistes sobre parejas rotas y familias desestructuradas, los cojos, los mancos y los ciegos, el vacile en directo a los hermanos Williams… Y también la censura en Instagram y las acusaciones de racista, de machista, de homófobo, de ser terriblemente cruel. Si existen los límites del humor, Juan Dávila los pisoteó hace ya unos cuantos miles de kilómetros.

«Me llegan muchas críticas, claro, pero los aludidos siempre salen a defenderme», explica el actor. «La gente con discapacidad que viene al espectáculo siempre me dice que es la primera vez que les tratan como a una persona más, que no les han mirado con pena ni les han tratado como ese pobrecito al que hay que apartar porque con él no te puedes reír. Se sienten parte del espectáculo porque hacemos humor con ellos sin dejarlos al margen. Es una risa colectiva».

«No hay una mala intencionalidad en lo que hace ni en lo que dice nunca», razona el actor Hovik Keuchkerian en La senda del pecado, un documental estrenado en 2025 que relata el fascinante viaje al éxito de Juan Dávila. «Él es un tipo que no tiene maldad y por eso le funciona. Porque la persona con la que hace humor nunca se siente ni invadida ni molesta».

«Hay mucha gente enferma en España que ha encontrado un lugar donde poder reírse de su enfermedad», celebra el propio Dávila. «O chavales que han sufrido bullying y han pasado de ser la oveja negra del colegio a, de repente, ser héroes por haber estado en mi escenario y salir en Instagram».

¿Qué has entendido tú del público español que no ha entendido el resto?
Pues que el público no es gilipollas, que es mucho más listo de lo que pensamos.
¿Y está más preparado para reírse de sí mismo de lo que creemos?
Sí, sí. Lo único complicado es crear el ambiente para que eso pueda ocurrir.
¿Si un espectáculo tuyo se emitiese esta noche en TVE, qué pasaría?
Buff. No acabaría preso porque no he matado a nadie, pero creo que no se entendería. La clave de mi espectáculo es el contexto. Me han ofrecido todo tipo de programas, pero la tele no está preparada para alguien como yo.
¿El éxito tan bestial de los últimos años te ha hecho rebajar el tono o subirlo?
Ha habido que subirlo, claro. Porque el público se acostumbra a una base y pide más. Antes que subiera al escenario un chaval en silla de ruedas ya era un espectáculo. Ahora es lo normal.
¿Cuál es el truco para poder bromear con una pareja a la que se le ha muerto un bebé de seis meses?
El truco es el lugar desde el que lo haces, que vean que es honesto y no es ofensivo ni dañino, que el plan es reírnos juntos del problema, la enfermedad o lo que sea. Esos chavales vinieron, tenían muchas ganas de ver el show y evadirse un rato y en ese contexto funcionó. Fuera de ahí es muy duro, pero en el momento conseguimos hacer humor incluso con eso. Es algo casi terapéutico.

Por su escenario ha pasado una madre que había planeado ir al espectáculo con su hijo y acudió sola porque el chaval murió días antes en un accidente de tráfico. O un matrimonio que suplicó un par de entradas porque el último deseo de ella era divertirse en directo con Juan Dávila antes de morir. «Estaba muy malita de cáncer y casi no tenía fuerzas para reírse, pero ahí estaba, disfrutándolo. Al poco tiempo el marido nos escribió diciendo que había fallecido y dándonos las gracias por las risas», recuerda Alicia Ledesma, productora del show y mánager del cómico. «A veces pasan cosas que te encogen el corazón, pero a la vez piensas que estamos haciendo algo bonito, que ayudamos a sobrellevar el dolor».

Juan, ¿alguna vez has salido al escenario con miedo?
Miedo de meter la pata no, pero sí acojona salir delante de 12.000 personas y no tener nada preparado. A veces tienes que rascar de la nada. La mayoría de cómicos salen con una parte de texto preparada porque así se aseguran que algo funciona, pero el único show en el que todo es improvisación es éste.
¿Haber sido policía te ha servido de algo para tu espectáculo?
Sí, claro, para tener olfato. Al final, cuando eres policía estás ocho horas observando a gente por la calle. Yo, cuando sube alguien al escenario, enseguida veo por dónde entrarle.
¿Alguna vez has tenido la sensación de pasarte de la raya?
Es que mi público ya sabe a lo que viene, ha comprado sus entradas con más de un año de antelación y todo es una fiesta para ellos. Si yo patino en algo, me lo permiten. Puede que no se rían o que me abucheen, pero ya está.
¿Qué es lo más salvaje que te ha pasado sobre el escenario?
Hubo uno que casi me pega en Bilbao porque descubrimos una infidelidad de su novia en directo. El tío andaba con la mosca detrás de la oreja y se creó una situación muy tensa, pero acabé dándole un abrazo.
¿Cómo llevas la fama después de tantos años persiguiendo el éxito?
Ya me ha pillado a una edad… Con 47 años ya sé que ni antes era tan malo ni ahora soy tan bueno. Pero si esto me pasa con 20, igual me vuelvo loco.
¿Y si el éxito se acaba?
Bueno, cuando el show empezó a funcionar la gente pensaba que sería una moda pasajera, que como mucho duraría un año y ya llevamos 2023, 2024, 2025, 2026… Y sin descanso.

A su regreso de las Américas, Juan Dávila se subirá de nuevo a su furgoneta del pecado para volver a girar por toda España. Tiene programados cerca de 30 espectáculos al menos hasta octubre de 2027. No lo intenten, ya no quedan entradas para ninguno.

Hace 10 años estabas contando puntitos rojos para saber si vendías una entrada más o menos. ¿Cómo te imaginas dentro de otros 10?
Yo siempre me imagino sobre un escenario. Quizás con menos fuerza que ahora, pero siempre encima de un escenario. Mientras yo disfrute y el público también, seguiremos riéndonos de todo.

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