El verano es, para mí, la estación de la relectura. Durante el resto del año, por lo general, no la practico. Releer es como volver a pasear con un autor querido, sabiendo que irá unos pasos por delante y que, al doblar la esquina, te sorprenderá con un ¡cucú! Hay una alegría lúdica en esa emboscada, en descubrir que la sorpresa se renueva porque ya no soy la misma persona que lo leyó por primera vez. No es el texto el que envejece, sino nosotros, que nos reescribimos. Nada demuestra mejor la naturaleza personal de la lectura que volver a un libro de la juventud y sentir que se comporta como un espejo: pone en duda nuestra concepción lineal del tiempo, que quizá se mueve más como el viento y solo se revela al soplar sobre una nube de polvo. Además, es una forma de medir el tiempo interior, y el verano es la temporada perfecta para sincronizar nuestro reloj íntimo con el de un libro de antaño.
Aprovechando los largos días del tiempo estival, coger un libro que ya hemos leído puede ser una buena oportunidad para encontrarnos con aquellos que fuimos
El verano es, para mí, la estación de la relectura. Durante el resto del año, por lo general, no la practico. Releer es como volver a pasear con un autor querido, sabiendo que irá unos pasos por delante y que, al doblar la esquina, te sorprenderá con un ¡cucú! Hay una alegría lúdica en esa emboscada, en descubrir que la sorpresa se renueva porque ya no soy la misma persona que lo leyó por primera vez. No es el texto el que envejece, sino nosotros, que nos reescribimos. Nada demuestra mejor la naturaleza personal de la lectura que volver a un libro de la juventud y sentir que se comporta como un espejo: pone en duda nuestra concepción lineal del tiempo, que quizá se mueve más como el viento y solo se revela al soplar sobre una nube de polvo. Además, es una forma de medir el tiempo interior, y el verano es la temporada perfecta para sincronizar nuestro reloj íntimo con el de un libro de antaño.
Cada verano vuelvo a obras que se alinean con el ritmo pausado de los días estivales. A veces me llevan a los Claros del bosque, de Zambrano, y hay días en que me sumerjo en los mundos narrativos de Arreola, Pombo o La China Mendoza. Es un tipo de atención que otros encuentran en novelas de ciencia ficción o policiacas. Entre mis rituales, hay uno que orienta mis relecturas: en la hoja en blanco que precede a la cubierta —esa que casi nadie mira— anoto con lápiz la página donde encontré destellos que me hicieron detenerme. Son “algunos granos más de pimienta gruesa extraídos de la novela”, como dice Chirbes. A veces basta una sola palabra para sentir el pulso de la primera lectura.
Freud ocupa un lugar especial en mi cartografía veraniega. Sus Lecciones introductorias al psicoanálisis han marcado distintas etapas de mi vida: primero, en la adolescencia, cuando me fascinaba un lenguaje que aún no entendía, y luego en la formación como analista. Volver a leerlo en verano es otra cosa: su prosa tiene algo de excursión alpina y, aunque sus meandros parezcan tangenciales, terminan renovando la comprensión. Cuanto más lo leo, más siento que Freud me lee a mí. En esa cadencia se experimenta lo que enseña la transferencia: sentimos apego por los autores que nos han acompañado en momentos clave; volvemos a ellos y lo familiar se vuelve extraño, y lo extraño, familiar.
Si has presenciado la reacción de un niño pequeño cuando se omite una palabra en su libro favorito, sabrás a qué me refiero: necesitan que el relato se mantenga intacto, quieren escuchar la misma historia sin saltarse ni una palabra. Cuanto más familiar es el cuento, mayor seguridad ofrece en un mundo cambiante. Sonreímos ante esa exigencia, aunque compartimos la misma necesidad al releer. Sin embargo, nada permanece igual: ni el lector, ni el verano, ni la siesta bajo la sombrilla. Cambiamos por fuera, sí, pero seguimos arrastrando ese yo previo. De ahí nace el placer de releer: una mezcla de reconocimiento y giros inesperados.
Hay una frase de Siri Hustvedt en El verano sin hombres que resuena con esa experiencia afectiva: “Un libro es una colaboración entre quien lee y lo leído, y, en el mejor de los casos, esa unión es una historia de amor”. La novela, que transcurre en un verano “en pausa”, revela algo esencial: el lector cíclico se vuelve más poroso, más dispuesto a abrazar las ambigüedades. Uno se deja llevar por el ritmo del libro y permite imponerse al de la vida cotidiana. La relectura no exige disciplina, exige disponibilidad.
Además, hay una razón pragmática, aunque no menos significativa, por la que la relectura resulta tan gratificante: aumenta la comprensión y, con ella, la apreciación. Cuando dejamos de tropezar con los cimientos del texto, aparece el paisaje. Entendemos mejor la trama, afinamos las voces y la situación, y ese clic cognitivo se traduce en disfrute. No es solo la literariedad la que obra el milagro, sino la sensación de haber armado el mapa con más precisión. Y el verano lo facilita: volvemos a un autor predilecto y no solo reafirmamos lo conocido, sino que también nos familiarizamos con los distintos ritmos del texto. Y, sobre todo, dejamos atrás a la persona que éramos cuando lo leímos por primera vez.
En sus Diarios, Chirbes confiesa que echa más en falta los libros ya leídos que los que le quedan por leer, y una añoranza: “La sacudida que me produjeron cuando los abrí por primera vez, pero amplificada, o adensada, por lo que la vida me ha ido enseñando”.
Dejo una propuesta para una etapa de retorno: volver a leer un relato con un lápiz para anotar en el margen las chispas de significado que afloran en la relectura. Borges llevó esta idea al extremo en Pierre Menard, autor del Quijote, un experimento en el que, tras múltiples relecturas, el lector termina convirtiéndose en autor. Menard reproduce el Quijote palabra por palabra, pero desde otro tiempo, cuerpo y conciencia. La relectura muestra que ningún libro es el mismo si el lector cambia. O que la ficción también es de quien la lee.
EL PAÍS
