Geometrías de la explotación

Su exposición es una sucesión de curvas, cuadrículas, colores saturados, tejidos rayados y esculturas de formas regulares. La primera gran monográfica de Kapwani Kiwanga en España tiene la apariencia engañosa de una muestra de abstracción minimalista: todo parece reducido a forma, color y materia. Nada más lejos. Ya en la segunda sala se deshace la ilusión. Orbe (2023) tiene el aspecto de una retícula perfecta, pero las baldosas de cerámica artesanal que la componen están hechas a mano y ninguna es exactamente igual a la anterior. La pieza se sostiene en esa tensión entre la geometría ideal y las pequeñas desviaciones que la materia introduce al pasar por unas manos humanas.

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 Su exposición es una sucesión de curvas, cuadrículas, colores saturados, tejidos rayados y esculturas de formas regulares. La primera gran monográfica de Kapwani Kiwanga en España tiene la apariencia engañosa de una muestra de abstracción minimalista: todo parece reducido a forma, color y materia. Nada más lejos. Ya en la segunda sala se deshace la ilusión. Orbe (2023) tiene el aspecto de una retícula perfecta, pero las baldosas de cerámica artesanal que la componen están hechas a mano y ninguna es exactamente igual a la anterior. La pieza se sostiene en esa tensión entre la geometría ideal y las pequeñas desviaciones que la materia introduce al pasar por unas manos humanas. Seguir leyendo  

Su exposición es una sucesión de curvas, cuadrículas, colores saturados, tejidos rayados y esculturas de formas regulares. La primera gran monográfica de Kapwani Kiwanga en España tiene la apariencia engañosa de una muestra de abstracción minimalista: todo parece reducido a forma, color y materia. Nada más lejos. Ya en la segunda sala se deshace la ilusión. Orbe (2023) tiene el aspecto de una retícula perfecta, pero las baldosas de cerámica artesanal que la componen están hechas a mano y ninguna es exactamente igual a la anterior. La pieza se sostiene en esa tensión entre la geometría ideal y las pequeñas desviaciones que la materia introduce al pasar por unas manos humanas.

Esa instalación marca el tono del resto de la exposición. Bajo su depuración formal aparecen plantaciones coloniales, desplazamientos forzosos, extracción de recursos y paisajes alterados. El minimalismo funciona aquí como una superficie engañosa, un espejismo. Buena parte de la práctica de Kiwanga consiste precisamente en rastrear las manifestaciones del poder escondidas detrás de las cosas. La exposición, comisariada por Martina Millà, examina cómo los intercambios económicos y las estructuras de poder asociadas al colonialismo configuraron sistemas de explotación que, bajo formas menos distintas de lo que solemos admitir, siguen operando en el presente.

Nacida en 1978 en Hamilton, en la provincia canadiense de Ontario, y formada en antropología y religiones comparadas, Kiwanga somete cada material a una suerte de interrogatorio histórico. Una tela o una piedra pueden contener tanta información como un documento oficial. En su obra, el archivo deja de ser un depósito de papeles polvorientos y adquiere peso, textura y temperatura. La artista habla del “poder vivencial de los materiales”: la materia permite seguir el rastro de los sistemas económicos y políticos que la hicieron viajar, cambiar de función, adquirir valor y acabar convertida en otra cosa. La modernidad aparece así como una vasta circulación, profundamente desigual, de materias, recursos, cuerpos y conocimientos.

Las cerámicas de Fire and Fallow (2018) contienen cenizas de una hoguera alrededor de la cual un grupo de participantes, convocados por Kiwanga en un museo de Quebec, conversó sobre descolonización, propiedad de la tierra y explotación medioambiental, en el contexto de los debates abiertos por la Comisión de Verdad y Reconciliación de Canadá. Las conversaciones no fueron registradas: no queda ningún rastro de ellas salvo esa ceniza. Kiwanga convierte el residuo en una suerte de antimonumento y acepta, frente al fetichismo contemporáneo del archivo, que una parte del acontecimiento se haya perdido.

Muchos de los materiales que Occidente convirtió en símbolos de riqueza dependieron de la extracción intensiva de territorios y del trabajo de poblaciones sometidas, como demuestran las obras de Kiwanga realizadas con caoba, oro o cuentas de vidrio. Pero la misma lógica se aplica a materiales menos preciosos. En Campo elíptico (2023), estructuras ovaladas cubiertas de sisal parecen flotar en el espacio. La fibra cae en largos filamentos, formando una superficie a medio camino entre el pelaje y la paja seca: su disposición vertical recuerda los sistemas utilizados para secarla tras la cosecha. El sisal procede de un agave originario del sur de México, pero su conversión en cultivo comercial impulsó su expansión a gran escala por África oriental, especialmente en Tanzania. La especie cruzó continentes por intereses económicos y acabó integrada en un paisaje que no era el suyo: un buen resumen de cómo el colonialismo reorganizó la botánica y los ecosistemas.

Ganadora del Premio Joan Miró 2025, Kiwanga reserva su guiño más directo al artista para Capacidad de carga (2026), serie producida para la ocasión. Miró tenía la costumbre de hacer coser un pequeño bolsillo especial en sus chaquetas para guardar una algarroba durante sus viajes y mantenerse conectado, mediante el tacto y el olor, con el paisaje de Mont-roig, su pequeña patria. Kiwanga convierte la anécdota en cinco grandes composiciones textiles que reinventan distintas formas de bolsillo: abstracciones blandas suspendidas en el muro, con algo del posminimalismo de los fieltros de Robert Morris o de las formas textiles plegables de Franz Erhard Walther.

En la última parte, Estudios de la subducción (2015-2018) conecta formaciones rocosas situadas a ambos lados del estrecho de Gibraltar. Mientras el mapa político presenta África y Europa como entidades separadas, Kiwanga vuelve a suturarlas mediante fotomontajes de precisión casi quirúrgica que, por su juego de corte y empalme, recuerdan por momentos a los collages de John Stezaker. El Afrotúnel añade otra vuelta de tuerca: las antiguas fabulaciones sobre una conexión subterránea entre ambos continentes demuestran que incluso una fantasía de unión y progreso puede reproducir la vieja asimetría imperial entre Europa y África.Se sale de la Fundació Miró habiendo aprendido a desconfiar un poco más de una fibra, una baldosa o una piedra. Quizá sea otra manera de decir que se sale mirando mejor.

‘Estados cambiantes. Kapwani Kiwanga’. Fundació Miró. Barcelona. Hasta el 13 de septiembre.

 EL PAÍS 

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