La odisea de la inmigración china al Perú está oculta en el océano. Cristina Zavala lo explica en un cómic

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 En ‘Mar Abierto’, la artista peruana recupera las historias de cientos de miles de ciudadanos que, como su tatarabuelo, llegaron al país sudamericano a trabajar  

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Tras ganar el Premio Pulitzer con el cómic Alimentar a los fantasmas, que cuenta la migración de su madre y abuela a los Estados Unidos, la dibujante de origen chino Tessa Hulls declaró que no volvería a escribir otro libro. Desenterrar su historia familiar le había tomado 10 años y no estaba dispuesta a repetir la extenuante experiencia. El brillante inicio de su carrera era al mismo tiempo el punto final, y con solo 40 años Hulls se integró tranquilamente al club de los genios y genias de una sola obra maestra.

La madre de Hulls no solía hablar de su odisea migratoria, que había comenzado en un barco a mediados del siglo pasado. Pero un día, mientras ambas compartían un viaje en tren en China, aquella mujer reservada se abrió de forma repentina y le contó a su hija que no podía olvidar el sonido de las olas azotando el barco que la sacó de su tierra. Ese pequeño detalle generó un maremoto en la autora. En el cómic, Hulls expía los tabúes familiares, reconstruye el impacto del colonialismo europeo y la violencia política en la China de la Guerra Fría, pero sobre todo integra de forma poética al testigo principal de las grandes migraciones chinas: el mar. ¿Qué memorias evoca el agua en los descendientes de aquel éxodo? ¿Qué secretos todavía conserva el océano?

Cristina Zavala (40 años, Lima) es una artista e historietista tusán, como se llama en el Perú a quienes tienen ascendencia china, y su cómic Mar Abierto (Ediciones Deformes, 2025) indaga en parte en preguntas similares. En su caso, explora lo que el agua tiene que decir sobre los más de 100.000 antepasados de su comunidad que cruzaron el océano en barco, muchas veces de manera forzada, durante las primeras décadas de migración china al Perú. Según la historiadora de la inmigración china Evelyn Hu-DeHart, muchas naves perdían hasta una tercera parte de sus pasajeros en aquel trayecto, debido al hacinamiento, las enfermedades y la violencia.

Zavala intenta reconstruir esta historia a través del testimonio de un hombre anónimo que emprende aquel viaje en 1900, huyendo de una epidemia y en busca de trabajo. En un momento, él consigue un poco de papel y, cual periodista espontáneo, empieza a documentar los horrores y sorpresas que atestigua al cruzar el océano: desde la forma en que la gente pasa el tiempo hasta el duelo de quienes ven morir a sus familiares. Si el héroe de la Odisea es el rey que intenta regresar a casa, el personaje de Zavala se concentra en los pobres que, por culpa de reyes, políticos y militares, ya no tienen adonde volver.

Aunque se trata de una obra de ficción, el trabajo de Zavala se alimenta de relatos reales que ha conocido dentro de la comunidad tusán, incluida la historia de su propio tatarabuelo paterno, Han Yi, quien llegó a Lima para trabajar en condición de semiesclavitud en una hacienda de algodón: la Hacienda Zavala. Allí le cambiaron el apellido chino por el del patrón, como un sello de propiedad. “Todos los trabajadores chinos terminaron siendo Zavalas”, cuenta Cristina, quien escuchó esta historia cuando era niña. Han pasado tres décadas desde entonces, y cinco generaciones desde la llegada del tatarabuelo, pero el peso del cambio de identidad no es leve. Todavía no sabe qué hacer con esta información.

China ha sido un inagotable “exportador” de personas a las Américas, donde la expansión del capitalismo en el siglo XIX demandaba mano de obra fácilmente explotable, a pesar de la abolición oficial de la esclavización. En Estados Unidos, trabajadores chinos construyeron los ferrocarriles. En Cuba, fueron llevados para cosechar azúcar. En el Perú, tras la liberación de personas negras esclavizadas, empresarios y políticos decidieron “importar” ciudadanos chinos para enviarlos a las haciendas e islas guaneras. La historia oficial que se aprende en las escuelas detalla la bonanza de este periodo (“El boom del guano”), pero evita describir el costo humano. La migración china al Perú todavía es una gran tragedia silenciada.

¿Cómo era el viaje en aquellos buques que partían atestados desde Cantón o Macao y meses después llegaban semivacíos al puerto del Callao? ¿Qué ocurría allí dentro? “Dicen que todos los barcos llegan solo con la mitad de su tripulación”, narra el protagonista de Mar Abierto cuando lleva más de dos meses en alta mar. Las viñetas intercalan recuerdos de la vida difícil en China con imágenes de gente triste y enferma en el barco. “Día 91. Diariamente veo arrojar cadáveres por la borda”, dice el narrador. Los dibujos, de trazos sencillos y en blanco y negro, tienen un tono seco e informativo, como fotografías que ilustran un reporte. Lo inquietante es que una especie de bruma o neblina lo invade todo, y el vaho transmite una desesperante sensación de ahogo.

El océano no es un testigo mudo ni mucho menos un elemento neutral en la historia de la humanidad. Barcos y balsas repletos de gente desesperada abandonan todos los días escenarios de guerra y hambre, como muestran los medios y las redes sociales en la actualidad. Hasta se diría que, salvo los adelantos tecnológicos que nos permiten ver esas imágenes, las cosas no han cambiado mucho.

Desde los inicios de la colonización, unos dos millones de personas esclavizadas en África murieron a bordo de los barcos que las trasladaban para trabajar en las Américas. Dos millones es el tamaño de un país. Un país de cadáveres sumergidos en el mar. Investigadores de la diáspora africana, como los profesores Edouard Glissant y Christina Sharpe, explican que los océanos son en el fondo un inmenso cementerio, y allí también reposan los cuerpos de miles de ciudadanos chinos que no pudieron llegar a las Américas. En su investigación sobre la esclavización china en las plantaciones de Cuba, Hu-DeHart también recuerda que, debido a la alta mortalidad, los barcos que trasladaban a estas personas eran conocidos como “ataúdes flotantes”.

“Los átomos de quienes fueron arrojados por la borda siguen allí hasta hoy en el océano”, escribe Christina Sharpe en In the wake (“En la huella”, en español), un libro que puede leerse como un manual para mirar y escuchar las historias sumergidas en el agua. Entonces, si el mar tiene esa dimensión, ¿qué pueden hacer quienes, como Zavala, se sienten tocadas o atravesadas por la memoria de lo que ocurrió allí?

Su trabajo intenta unir las piezas dispersas de esa gran odisea colectiva, y tiene un componente documental. Hasta cierto punto, ella misma se parece a su propio personaje. Cuando conversa con amigas o amigos tusanes, suele toparse con memorias que han sobrevivido oralmente durante generaciones, como pequeños objetos o retazos que flotan a la deriva. Son documentos afectados por el tiempo y la intemperie, y Zavala los recoge y archiva. Los abuelos todavía hablan de barcos cuyos tripulantes encerraban a los vivos junto con los muertos en calabozos o bodegas. Y a nadie parecía importarle lo que ocurría allí dentro. Quienes lean el cómic verán cómo esta memoria se ha transformado o ficcionalizado. Quizá hasta sentirán que la bruma que invade las viñetas es una forma poética de traducir lo difícil que es mirar y rearmar esta historia colectiva.

El cómic documental es un trabajo demandante y costoso porque muchas veces la información está dispersa en diferentes lugares. Tessa Hulls tardó 10 años en completar su libro, en gran parte porque, durante ese tiempo, no solo persiguió las memorias de sus ancestros, sino también becas para poder financiar su investigación. “Entonces tan mal no estoy”, dice Zavala, quien comenzó su proyecto en 2023, y al año siguiente obtuvo una residencia para artistas en Shanghái. Mar Abierto es una saga que ella plantea completar en cinco capítulos o entregas. La primera apareció en el fanzine 2 historias de migración de China a Perú. La segunda está ya lista y se expuso en una galería de Japón a inicios de año. En los próximos episodios, el protagonista llegará a Lima, será confinado en una dura cuarentena, conocerá las islas guaneras y terminará esclavizado en una hacienda.

En todo este proceso, él seguirá tomando notas de lo que atestigua, con la esperanza de que su reporte acaso será útil en un futuro. ¿Lo logrará? Por ahora, queda abierta esta pregunta.

 EL PAÍS 

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