El cara a cara de los dos chilenos ganadores del Pritzker: “El salto al vacío de la primera obra es de un nervio enorme”

Alejandro Aravena Mori (Santiago de Chile, 59 años) fue el primer chileno en recibir el Premio Pritzker de Arquitectura –o conocido como el Nobel de la Arquitectura– en 2016, y una década después, en 2026, Smiljan Radić Clarke (Santiago de Chile, 61 años) repitió la hazaña. En sus trayectorias abundan los paralelismos: ambos egresaron de la Pontificia Universidad Católica de Chile, luego estudiaron en el Instituto de Arquitectura de Venecia y comenzaron en el oficio como independientes y con obras de pequeña escala hasta edificar grandes proyectos –cada uno por su cuenta– como las Torres Siamesas de Santiago, la Facultad de Matemáticas de la UC, el Centro Cultural Constitución, la Casa para el Poema del Ángulo Recto, el Teatro Regional del Biobío, Serpentine Gallery Pavilion y la Habitación en Chiloé.

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 Alejandro Aravena y Smiljan Radić comparten sus experiencias en un conversatorio académico. “La suerte de haber estudiado en Chile es que casi inadvertidamente uno puede arreglar cosas con alambres”, dice el primer galardonado  

Alejandro Aravena Mori (Santiago de Chile, 59 años) fue el primer chileno en recibir el Premio Pritzker de Arquitectura –o conocido como el Nobel de la Arquitectura– en 2016, y una década después, en 2026, Smiljan Radić Clarke (Santiago de Chile, 61 años) repitió la hazaña. En sus trayectorias abundan los paralelismos: ambos egresaron de la Pontificia Universidad Católica de Chile, luego estudiaron en el Instituto de Arquitectura de Venecia y comenzaron en el oficio como independientes y con obras de pequeña escala hasta edificar grandes proyectos –cada uno por su cuenta– como las Torres Siamesas de Santiago, la Facultad de Matemáticas de la UC, el Centro Cultural Constitución, la Casa para el Poema del Ángulo Recto, el Teatro Regional del Biobío, Serpentine Gallery Pavilion y la Habitación en Chiloé.

También están unidos por una pasión por las palabras: ambos son autores de libros como Habitaré mi nombre o Tristán, de Radić, y ¿Cómo vamos a vivir juntos? o El magno templo griego, de Aravena. Aunque la más reciente coincidencia fue que recibieron, en conjunto, el pasado 27 de julio el Premio Nacional de Arquitectura. Cuando el directorio del Colegio Nacional de Arquitectos dio este reconocimiento explicó que no solo se trataba de distinguir “dos trayectorias de excelencia, sino también un momento histórico para la arquitectura chilena” que consiguió dos Pritzker, algo solo comparado en América Latina con los dos galardones que tiene Brasil (un país con 10,6 veces más habitantes que Chile).

Pero que las similitudes entre Aravena y Radić no confundan, porque ambos arquitectos tienen su estilo propio y unas carreras que se diferencian entre sí. La de Aravena, por ejemplo, dio un giro cuando sostuvo una conversación con Hashim Sarkis, hoy decano en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés), hace 20 años sobre cómo la arquitectura podía reconectar con la sociedad. “Él me decía que en los años 60 hubo una bifurcación en la arquitectura. Eso tenía que ver con que los arquitectos le pidieron a la sociedad permiso para ser creativos y geniales, la sociedad se los concede y el costo que pagan es el de la irrelevancia porque se empiezan a preocupar de problemas que solo les importan a otros arquitectos”, recuerda el chileno.

Esta inquietud empujó a Aravena a salirse de lo convencional, poniendo su empeño en las viviendas “incrementales”–las que crecen con las necesidades y posibilidades de sus dueños– y con su estudio, Elemental, apoyó en la construcción de más de 480 casas por la mitad en Villa Verde en la ciudad de Constitución, en la región central del Maule, que fue duramente afectada por el terremoto y el devastador tsunami de 2010. Lo hecho, además de otras obras, le valió admiración mundial, pero él señala que en su país aprendió a edificar con poco: “La suerte de haber estudiado en Chile es que casi inadvertidamente uno puede arreglar cosas con alambres y sabe manejarse en contextos de certezas parciales o del más o menos, y eso nos prepara, nos califica”.

Su reflexión fue escuchada por decenas de personas en el patio del Centro de Extensión del Campus Oriente de la UC, donde sostuvo un encuentro con Radić durante una sesión del ciclo de charlas La Ciudad y las Palabras, realizado cuatro días antes de ser galardonados con el Premio Nacional de Arquitectura, el 23 de julio. Aravena señala que todo lo aprendido ha sido fundamental para determinar su estilo, incluso “los malos profesores” durante sus estudios porque al pretender llevarles la contraria, lo empujaron a “ser rigurosamente rebelde y contestario”.

Para Aravena, que actualmente es jurado del Pritzker, la arquitectura funciona mejor cuando se piensa en colectivo. Sostiene que, en el ámbito creativo, en su estudio son muy críticos con los proyectos analizados: “En la oficina son especialmente despiadados y malos con el proyecto mismo. Lo sometemos a un nivel de bullying altísimo, porque es mejor que sufra en el papel antes de que sufra en la realidad”.

Recuerda que, sobre todo en sus primeros grandes proyectos, buscó apoyo en la mirada de otros trabajadores, como soldadores y carpinteros. Luego de dibujar lo que imaginaba, acudía a algunos maestros de la obra, lo que le dio conocimiento empírico: “Pasaba de ser el jefe de ellos, mientras hacía el diseño, a ser el ayudante (…) Despotricaban contra el arquitecto: ¿Cómo a alguien se le va a ocurrir hacer este ángulo? No cabe la mano en el destornillador en este perfil, si se pone de esta manera». De ahí que se siente agradecido con estas personas. “El salto al vacío de la primera obra es de un nervio enorme”, afirmó.

El jurado de los Pritzker describió sus edificios como “temporales, inestables o deliberadamente inacabados —casi al borde de la desaparición—”, pero que a la vez parecían ofrecer “un refugio estructurado, optimista y discretamente alegre, que abraza la vulnerabilidad como una condición intrínseca de la experiencia vivida”. Hoy, Radić dice que después de la pandemia hay una necesidad de flexibilidad intelectual, de la que considera deberían estar preocupadas de fomentar las universidades: “Me refiero a tener todas las posibilidades de dar y saber por qué elegir o no ciertas cosas que pasan por temas personales (…) Esa flexibilidad intelectual, que es lo bonito de la arquitectura, es no tener cinco alternativas, sino 20 al frente, que no pasa diseñar un montón de cosas. Es lo que permite que en nuestra generación uno puede contar 15 buenos arquitectos y los 15 hacen cosas distintas y eso tiene que ver con una flexibilidad intelectual que debería ser promovida. Y eso se hace, generalmente, leyendo y viajando”.

Para Radić, que creó la Fundación de Arquitectura Frágil en 2017, el trabajar “uno a uno” en distintos proyectos le ha permitido ampliar su visión. Relató que, cuando comenzó en su oficio “no sabía nada de historia ni de construcción”, pero que adquirió aprendizajes permanentemente a través de varios educadores a lo largo de su trayectoria. “Iniciarse en algo no es tan importante como mantenerse en ese algo. Y eso tiene que ver con lo que uno se rodea (…) En mi caso, al menos, ha dependido mucho de otros, de la formación que me entregaron otros a lo largo del camino y hasta hoy”.

 EL PAÍS 

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