No hay súper estrella sin su máscara, ni máscara sin rostro que proteger. La extravagancia de Freddie Mercury sobre el escenario poco tenía que ver con la timidez, autoexigencia y sentido de la privacidad que experimentaba lejos de los focos. Ese mismo artista que organizaba fiestas con lujos desmedidos, y cuya imagen enarbolaba la libertad sexual y expresiva, también era un hombre inseguro, pasional, víctima de traumas de su infancia y, en su faceta más desconocida, un padre estricto y muy atento. Esta íntima imagen, sin retoques ni la parafernalia adictiva que acompaña a cualquier estrella del rock, es la que la periodista británica Lesley-Ann Jones ha dado a conocer a través de «Love, Freddie. La vida secreta y el gran amor de Freddie Mercury» (Alianza). Un libro que deja a un lado la máscara del artista excéntrico, para revelar la imagen más genuina y cercana del cantante. Pues la periodista narra su vida a través de las palabras de «B», la hija secreta del líder de Queen.
El artista falleció con tan sólo 45 años. Pero, de haber vivido más, «tarde o temprano se habría animado» a escribir sus memorias, sugiere «B»: «No soportaba que la gente se quedara solo con su faceta más excesiva, ni que algunos se acercaran por el dinero y la fama para luego retratarlo como una persona superficial, arrogante o frívola, cuando era exactamente lo contrario», apunta a Jones no sólo desde su propio recuerdo como hija del cantante –manteniendo su anonimato–, sino a partir de un archivo que le ayudó a conocer mejor a su padre y que, si bien la intención no era sacarlo a la luz, ha sido hemeroteca básica para la confección de este libro. Mercury le dejó a su hija, fallecida el pasado enero, diecisiete cuadernos que utilizó a modo de diario. «Cuatro con cubiertas de tela azul marino y trece encuadernados en piel cosida de buena calidad. Cinco son de color negro, dos azul oscuro, dos amarillo azafrán, dos rojos y dos verde pino. El papel es grueso, con líneas horizontales y las esquinas redondeadas. Cada uno tiene 192 páginas», describe la periodista, quien tuvo en sus manos estos escritos. No obstante, no los reproduce de forma literal en el libro, quizá a modo de preservar la intimidad que el artista quiso proteger al no hacerlos públicos en su corta e intensa vida.
B era, para Mercury, «Bibi», «mi angelito», «mi ranita», «la luz de mi vida» o «trésor» (tesoro, en francés). Desde que se supo padre, el de «Love of my life» quiso anotar no sólo cada detalle del crecimiento de su hija –sólo sus obligaciones como cantante de una de las bandas más exitosas de la época le separaban de ella-, sino también todo su recorrido vital. «Me contó su vida con todo lujo de detalles, sin olvidar los episodios que consideraba decisivos en su trayectoria. No se reservó nada, me describió cada aspecto de su pasado. Hoy creo que estas páginas le servían además como una especie de autoanálisis», apunta «B», reflejándose en esta biografía con alta dosis de sinceridad las ideas y sentimientos más profundos de un artista al que le caló bastante una infancia que moldeó su personalidad hasta el final de sus días. Nacido en 1946 en Zanzíbar, fue la cultura de sus raíces, así como las que aprendió durante sus vivencias en un internado en la India, las que forjaron una identidad repleta de contrastes y que, de alguna manera, derivaría en la variopinta música de Queen. Pues cuando Mercury era un niño –cuando era Farrokh Bulsara–, «Zanzíbar era un lugar inocente y hermoso (…) Bullía de ruido y de vida. Cuando llegaban las grandes precipitaciones, todo el mundo celebraba la lluvia con danzas, palmas y canciones en la calle», retrata en el libro.
Pero «Freddie pasó su infancia en la India», matiza «B», expresando en el libro largo y tendido las experiencias que vivió su sensible padre durante su estancia en un internado, alejado de los suyos. Asegura que aquel país lo nutrió «artística y humanamente (…). Todos los aromas, perfumes y colores que más le gustaban a Freddie venían de allí. Le entusiasmaban además las fiestas exuberantes y ostentosas de los parsis. En su época se describió a Queen como ‘‘los organizadores de las juergas más libertinas del rock’’. Poca gente comprende que aquellas celebraciones desmadradas bebían de los legendarios fastos de los marajás y no los desmerecían en absoluto». Pero no todo era disfrute y jolgorio. De hecho, de las grandes revelaciones de este libro recae en la dura etapa que el cantante vivió en dicho internado, donde sufrió un acoso que nunca perdonó ni olvidó. Una etapa oscura en la que sólo encontraba el refugio «en la música. Había aprendido a resistir construyéndose un mundo interior propio, al que podía retirarse siempre que lo necesitara. Había aprendido a valerse por sí mismo», explica Jones.
Sus aprendizajes vitales los volcaba, como buen padre, en «B». «Lo más importante que me transmitió fue la tolerancia, respetar a la gente al margen del color de la piel, la religión, la cultura, la clase social o la manera de vivir la sexualidad», retrata. Explica Jones cómo su hija habla de un progenitor «lleno de paciencia y sonrisas que daba de comer, con el tarrito y la cucharilla, a su niña en la trona (…). El de las catorce fiestas y las catorce Navidades; el que la dejaba dormir tranquila en sus brazos mientras veían dibujos animados (…), y el que, después de horas en el agua, cogía un cepillo y le deshacía con mimo los nudos del pelo. Era como cualquier padre con su hija». Un hombre que, a través del diálogo, también «era muy estricto. Tenía principios muy firmes y resultaba severo, pero nunca de forma arbitraria (…). Jamás se me pasaba por la cabeza desobedecer ni faltarle al respeto. Eso le sacaba de quicio», añade «B».
Hasta que llegó el final. Entre 1997 y 2021, Jones ha publicado cuatro biografías de Mercury, pero no ha sido hasta estas páginas que ha revelado, de la mano de «B», que lo que de verdad hundió a Freddie no fue tanto saber que había contraído la enfermedad que acabó con su vida, sino que su sueño más preciado acababa de hacerse añicos: «Ya nunca podría formar una familia, ver crecer a sus hijos ni forjar con ellos ese amor incondicional, ese vínculo que tanta falta le hacía», relata su hija, matizando la escritora que «lo que lo destrozó fue el autoengaño. Todavía creía que, de algún modo, podía controlar el desenlace». Cuando supo que su expareja Tony Bastin había entrado en una fase avanzada del sida, «se sumió de lleno en una espiral todavía más excesiva y destructiva de alcohol, drogas y sexo», apunta «B», «no tiene sentido juzgar desde el presente los años 80, ni comparar esa época con os códigos sexuales, la agenda social o la actual susceptibilidad ‘‘woke’’ (…). Vivió como se le antojó, convencido de ser feliz así». No fue víctima de su sexualidad, sino de una época caótica y aún en los albores en términos de conocimiento y conciencia sobre el sida. Y así lo dejó escrito. Sin máscaras, y desde el amor de un padre que vio en su hija una forma de reconciliarse con su propia niñez.
Un gran amor y varios «errores garrafales»
«Le pese a quien le pese, era bisexual», describe «B» a su padre, «y Mary (Austin) fue el gran amor de su vida. Es triste constatar que muchas de las cosas que se han dicho al respecto han alimentado una animadversión, enorme e inaceptable, contra Mary. Da la impresión de que nunca se han tenido en cuenta los sentimientos de ambos». Esta reivindicación se une a otras con las que el libro desmonta la imagen difundida hasta ahora del cantante. Ante todo, rechaza la de «Bohemian Rhapsody» (2018), cinta dirigida por Bryan Singer que, apunta «B», está repleta de «errores garrafales».
Cuando nació su hija «B», quien falleció el pasado enero y siempre se mantuvo en el anonimato, el cantante escribió unos diarios sobre su vida y aprendizajes que ahora se transmiten en «Love, Freddie» Música, Cultura, Home La Razón Noticias sobre Música en La Razón
