«Campus Drivers»: una ‘Off Campus’ a la francesa que sabe perfectamente a quién quiere conquistar

Vengo a hablar de una serie de Prime Video. Una de esas buenas young adult, con las hormonas a flor de piel y el melodrama disparado. Está basada en una exitosa saga de novelas y ambientada en un campus universitario. Nuestra protagonista es una chica que tiene bastante claro lo que quiere, pero que acaba cruzándose con el chico más popular del campus. Él es el típico guaperas, alérgico al compromiso y con traumas del pasado. Y, aunque en principio no podrían ser más diferentes, se ven obligados a pasar tiempo juntos y, claro, acaba surgiendo el amor. Alguno pensará: «¿Está hablando de ‘Off Campus’ en noviembre? ¿Pero no se estrenó en mayo? Si ya nos han contado que fue uno de los grandes éxitos de la plataforma, que batió récords de audiencia y que se adueñó de TikTok…». Pues no. Por sorprendente que parezca, estoy hablando de una serie completamente distinta (aunque, como habrán comprobado, también parecida): «Campus Drivers», que acaba de llegar a la plataforma de Amazon.

Prime Video se ha ido consolidando como uno de los grandes referentes del género. Tras el fenómeno de «El verano en que me enamoré» en 2022, la plataforma ha apostado buena parte de su estrategia a adaptar novelas superventas de corte similar, con la mirada puesta en conquistar a la generación Z. Y la jugada le está saliendo a pedir de boca: desde la trilogía «Culpables» hasta «Dímelo bajito», pasando por «Enfrentados: Marfil». Si además tenemos en cuenta la relativa sencillez de estas producciones, todo apunta a que esto no ha hecho más que empezar.

«Campus Drivers» nos llega desde el país vecino, Francia. La serie adapta parte de la saga de novelas del mismo nombre, escrita por C. S. Quill, y nos traslada a la ficticia Universidad de Belrose. Aunque se ha rodado en la Costa Azul, todo tiene un marcado aroma a campus estadounidense (esa fascinación por el mundo yanqui, o más bien por una versión idealizada de él, es otra constante de estas producciones). Allí llega la joven Lois (Carmen Kassovitz, hija, como curiosidad cinéfila, de Mathieu Kassovitz, el Nino de «Amélie» y director de la fantástica «El odio», de 1995) junto a Max, su novio de toda la vida. Tiene todo su futuro planeado a su lado, pero a las primeras de cambio él la deja y ella se queda sin un lugar donde dormir. Por azares del destino, acaba compartiendo piso con Lane (Baptiste Masseline), cofundador de una especie de Uber para estudiantes que se ha convertido en la aplicación de moda del campus y el terror de las estudiantes. Por si no habían caído, los nombres de Lois y Lane no son casualidad: juntos forman el de Lois Lane, el gran amor de Clark Kent en «Superman». Por qué han decidido llamarlos así es algo que, sinceramente, se me escapa.

A partir de aquí, en la serie no pasa nada que no puedan imaginarse. Y, también a partir de aquí, lo fácil —y tentador— sería ponerse a despotricar. Motivos no faltan. Como con «Off Campus», con la citada «Enfrentados: Marfil» y con tantas otras, podría desgranar uno por uno los motivos por los que «Campus Drivers» no me ha entusiasmado. El problema es que esto no va de mí. Ni, probablemente, de muchos de los que estén leyendo estas líneas. Estas producciones, bastante machacadas ya desde su nacimiento, tienen un público muy concreto, del que no formo parte y que se lanza a ellas con los brazos abiertos (basta echar un vistazo a las cifras para comprobarlo). No creo que toque, ni que nadie necesite, que venga yo a advertir de que el guion es hipermelodramático y poco verosímil; que los actores no tienen mucho más que ofrecer (ni falta que les hace) que una buena «face card»; que esa Francia americanizada resulta francamente extraña; o que la serie ni siquiera consigue ser tan sexy y romántica como pretende. Aquí todos sabemos a lo que venimos. Y, dentro de lo que cabe, la propuesta de Thomas Boullé, su creador, tampoco acumula demasiadas de esas «red flags» que tanto nos gusta identificar, y sus guapos (que lo son, y mucho) tampoco están precisamente entre los peores intérpretes que nos ha dado este tipo de series.

Si alguien del público al que apunta el young adult está leyendo esto, mi recomendación sincera es que le dé una oportunidad. No creo equivocarme si digo que le gustará. Y, si no es el caso, creo que lo más sano para todos es aceptar que estas ficciones existen, que gustan y que hay públicos (o momentos, porque esto tampoco tiene por qué ser una cuestión de edad) para los que no todo tiene que ser alta cultura. Tampoco hace falta exigirles lo que nunca han pretendido ofrecer. Y, como ya he recurrido a este mismo argumentario un par de veces, solo me queda cruzar los dedos para que no me toque analizar otra serie de este estilo.

 Prime Video sigue explotando el filón de las adaptaciones románticas juveniles con una serie que no aporta grandes novedades, pero que tampoco parece tener demasiado interés en conquistar a quienes nunca fueron su público  

Vengo a hablar de una serie de Prime Video. Una de esas buenas young adult, con las hormonas a flor de piel y el melodrama disparado. Está basada en una exitosa saga de novelas y ambientada en un campus universitario. Nuestra protagonista es una chica que tiene bastante claro lo que quiere, pero que acaba cruzándose con el chico más popular del campus. Él es el típico guaperas, alérgico al compromiso y con traumas del pasado. Y, aunque en principio no podrían ser más diferentes, se ven obligados a pasar tiempo juntos y, claro, acaba surgiendo el amor. Alguno pensará: «¿Está hablando de ‘Off Campus’ en noviembre? ¿Pero no se estrenó en mayo? Si ya nos han contado que fue uno de los grandes éxitos de la plataforma, que batió récords de audiencia y que se adueñó de TikTok…». Pues no. Por sorprendente que parezca, estoy hablando de una serie completamente distinta (aunque, como habrán comprobado, también parecida): «Campus Drivers», que acaba de llegar a la plataforma de Amazon.

Prime Video se ha ido consolidando como uno de los grandes referentes del género. Tras el fenómeno de «El verano en que me enamoré» en 2022, la plataforma ha apostado buena parte de su estrategia a adaptar novelas superventas de corte similar, con la mirada puesta en conquistar a la generación Z. Y la jugada le está saliendo a pedir de boca: desde la trilogía «Culpables» hasta «Dímelo bajito», pasando por «Enfrentados: Marfil». Si además tenemos en cuenta la relativa sencillez de estas producciones, todo apunta a que esto no ha hecho más que empezar.

«Campus Drivers» nos llega desde el país vecino, Francia. La serie adapta parte de la saga de novelas del mismo nombre, escrita por C. S. Quill, y nos traslada a la ficticia Universidad de Belrose. Aunque se ha rodado en la Costa Azul, todo tiene un marcado aroma a campus estadounidense (esa fascinación por el mundo yanqui, o más bien por una versión idealizada de él, es otra constante de estas producciones). Allí llega la joven Lois (Carmen Kassovitz, hija, como curiosidad cinéfila, de Mathieu Kassovitz, el Nino de «Amélie» y director de la fantástica «El odio», de 1995) junto a Max, su novio de toda la vida. Tiene todo su futuro planeado a su lado, pero a las primeras de cambio él la deja y ella se queda sin un lugar donde dormir. Por azares del destino, acaba compartiendo piso con Lane (Baptiste Masseline), cofundador de una especie de Uber para estudiantes que se ha convertido en la aplicación de moda del campus y el terror de las estudiantes. Por si no habían caído, los nombres de Lois y Lane no son casualidad: juntos forman el de Lois Lane, el gran amor de Clark Kent en «Superman». Por qué han decidido llamarlos así es algo que, sinceramente, se me escapa.

A partir de aquí, en la serie no pasa nada que no puedan imaginarse. Y, también a partir de aquí, lo fácil —y tentador— sería ponerse a despotricar. Motivos no faltan. Como con «Off Campus», con la citada «Enfrentados: Marfil» y con tantas otras, podría desgranar uno por uno los motivos por los que «Campus Drivers» no me ha entusiasmado. El problema es que esto no va de mí. Ni, probablemente, de muchos de los que estén leyendo estas líneas. Estas producciones, bastante machacadas ya desde su nacimiento, tienen un público muy concreto, del que no formo parte y que se lanza a ellas con los brazos abiertos (basta echar un vistazo a las cifras para comprobarlo). No creo que toque, ni que nadie necesite, que venga yo a advertir de que el guion es hipermelodramático y poco verosímil; que los actores no tienen mucho más que ofrecer (ni falta que les hace) que una buena «face card»; que esa Francia americanizada resulta francamente extraña; o que la serie ni siquiera consigue ser tan sexy y romántica como pretende. Aquí todos sabemos a lo que venimos. Y, dentro de lo que cabe, la propuesta de Thomas Boullé, su creador, tampoco acumula demasiadas de esas «red flags» que tanto nos gusta identificar, y sus guapos (que lo son, y mucho) tampoco están precisamente entre los peores intérpretes que nos ha dado este tipo de series.

Si alguien del público al que apunta el young adult está leyendo esto, mi recomendación sincera es que le dé una oportunidad. No creo equivocarme si digo que le gustará. Y, si no es el caso, creo que lo más sano para todos es aceptar que estas ficciones existen, que gustan y que hay públicos (o momentos, porque esto tampoco tiene por qué ser una cuestión de edad) para los que no todo tiene que ser alta cultura. Tampoco hace falta exigirles lo que nunca han pretendido ofrecer. Y, como ya he recurrido a este mismo argumentario un par de veces, solo me queda cruzar los dedos para que no me toque analizar otra serie de este estilo.

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