El plan B de la UE: los países afines

La UE cuenta con un número de países afines con los que comparte ciertos rasgos que los convierte en lo que podríamos considerar Estados homólogos. Se trata de potencias medias de Asia —entre las que se encuentran Japón, Corea del Sur, Filipinas, Australia, y en cierta medida, India— con las que comparte un sistema de alianzas y asociaciones con Estados Unidos, unas y otras imbricadas en las relaciones transatlánticas y transpacíficas. También coinciden en encontrarse ante la tesitura de tener que adaptarse a los vaivenes de un socio mayoritario que impone aranceles —Australia incluida, con la que EE UU mantiene un superávit comercial—, exige mayor gasto en defensa —a lo que han cedido con mayor o menor entusiasmo— y que, de paso, hace sangre a discreción con injurias gratuitas.

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 Europa comparte con las potencias medianas de Asia los agravios ejercidos por el socio mayoritario  

La UE cuenta con un número de países afines con los que comparte ciertos rasgos que los convierte en lo que podríamos considerar Estados homólogos. Se trata de potencias medias de Asia —entre las que se encuentran Japón, Corea del Sur, Filipinas, Australia, y en cierta medida, India— con las que comparte un sistema de alianzas y asociaciones con Estados Unidos, unas y otras imbricadas en las relaciones transatlánticas y transpacíficas. También coinciden en encontrarse ante la tesitura de tener que adaptarse a los vaivenes de un socio mayoritario que impone aranceles —Australia incluida, con la que EE UU mantiene un superávit comercial—, exige mayor gasto en defensa —a lo que han cedido con mayor o menor entusiasmo— y que, de paso, hace sangre a discreción con injurias gratuitas.

Además, al igual que los europeos lidian con las ambiciones expansionistas de su vecina nuclear —Rusia—, los aliados del Indo-Pacífico deben gestionar los avances de Pekín en el mar de China Meridional y su acelerada modernización nuclear. Del otro lado, el eje sino-ruso se consolida: cooperan militarmente en los mares del Este asiático y en los campos de Ucrania, y comparten una misma ambición irredentista. Taiwán y Ucrania como espejos de un impulso revisionista.

Por ello la cumbre de Trump con Xi despertó inquietudes paralelas a las del encuentro con Putin en Alaska: entre otras, el temor a que un hipotético G-2 desplace hacia los márgenes a estas potencias medias. Por ahora, las sospechas no se han visto confirmadas. El “marco de estabilidad estratégica” acordado proporciona una tregua hasta otoño, momento en que se prevé que Xi visitará la Casa Blanca y expirará la tregua arancelaria sobre minerales. Es un acuerdo táctico que no disuelve las tensiones estructurales y responde a imperativos domésticos: Pekín necesita la estabilidad que EE UU ha quebrantado con la guerra en Irán, para seguir expandiendo su modelo de desarrollo tecno-económico, y evitar un enfrentamiento militar a destiempo. Washington, por su parte, necesita diversificar cadenas de suministro, apaciguar a los mercados y al electorado de cara a las elecciones de noviembre.

Queda por ver qué ocurrirá con Taiwán. Trump realizó dos movimientos contrapuestos que se neutralizan parcialmente: por una parte, reveló haber debatido “en gran detalle” con Xi la venta de armas a Taiwán, aún pendiente de ejecución; por otra declaró que mantendría conversaciones directas con el presidente taiwanés Lai Ching-te, en abierta oposición a Pekín, que rechaza cualquier comunicación oficial entre Washington y la isla.

Las palabras tranquilizadoras de Marco Rubio en su reciente visita a la India, para el encuentro ministerial del Quad (EE.UU., Japón, India y Australia), apuntan a que las maniobras son tácticas y no estratégicas. A una India distanciada y recelosa, Rubio ofreció un mensaje de continuidad. “No concibo nuestra relación con ningún país del mundo como algo en detrimento de nuestra alianza estratégica con India“, declaró. En esa línea apuntan los acuerdos adoptados: la Iniciativa de Minerales Críticos, con hasta 20.000 millones de dólares para reforzar cadenas de suministro en minería y procesamiento, y dos nuevos proyectos de colaboración marítima en el Indo-Pacífico. Queda pendiente cerrar la cumbre presidencial que reuniría a Modi y Trump.

Entre tanto, la guerra contra Irán está vaciando el escudo defensivo norteamericano en la región. El USS Tripoli ha salido de Sasebo (Japón) hacia el golfo de Omán con más de 2.000 marines a bordo; el portaviones USS Abraham Lincoln ha abandonado el mar de China Meridional rumbo al mar Arábigo y parte del sistema antimisiles THAAD desplegado en Corea del Sur ha sido reubicado en Oriente Próximo. Washington redistribuye sus activos militares a conveniencia, mientras Tokio y Seúl lo contemplan con malestar, pero sin capacidad para impedirlo.

Las maniobras afectan a los compromisos sobre la que descansa el orden regional. Japón, Corea del Sur, Australia y Filipinas albergan dudas crecientes sobre si Washington puede atender simultáneamente todos sus desafíos y pactos de seguridad: contener a Rusia, tranquilizar a los socios europeos, mantener la capacidad disuasoria en Asia frente a una China en ascenso, y librar una guerra en Oriente Próximo.

El conflicto con Irán ha planteado tres preguntas que los aliados indopacíficos no pueden ya eludir. ¿Qué indica la gestión de esta crisis sobre la disposición real de Estados Unidos a cumplir sus compromisos de seguridad con Seúl y Tokio? ¿En qué medida erosiona esta guerra la disuasión frente a Corea del Norte y China? Y, sobre todo, ¿cómo deben reorientar su política exterior y de defensa?

Por ahora, los aliados responden con un acercamiento mutuo. Japón amplía sus lazos con Australia, Filipinas y Corea del Sur: recientemente participó en el ejercicio Balikatan —la primera vez desde el fin de la Segunda Guerra Mundial que despliega tropas de combate en Filipinas— y celebró una nueva cumbre con la primera ministra Sanae Takaichi y el presidente Lee Jae-myung, que incluyó diálogos de seguridad y acuerdos sobre energía y minerales críticos. El que fuera viceministro de Exteriores japonés Hitoshi Tanaka lo llama construir “un sistema de defensa aliado visible, duradero y operativo”. El acercamiento se extiende a cadenas de suministro energético, inteligencia artificial y seguridad económica. Se trata de un pragmatismo adaptativo frente al nuevo desorden global: urdir vínculos para cubrir los huecos que deja Washington, volcado en otras prioridades. Un plan B de los países afines.

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