Hubo un tiempo (pongamos que hablamos del año 2000) en que un par de gafas de sol Oakley eran el accesorio definitivo para alguien a quien la moda no le importaba lo más mínimo. O eso parecía. Las llevaban ciclistas profesionales, corredores, surfistas, skaters, aficionados al motocross y una fauna humana que durante años ocupó los márgenes de las tendencias: ravers, bakalas, punks tecnológicos y adolescentes fascinados por un futuro que todavía parecía estar por llegar. Eran gafas agresivas, aerodinámicas, envolventes. Diseños que parecían concebidos por ingenieros aeronáuticos más que por diseñadores de moda. Durante años fueron consideradas demasiado técnicas para ser elegantes y demasiado extrañas para ser bonitas.
Hubo un tiempo (pongamos que hablamos del año 2000) en que un par de gafas de sol Oakley eran el accesorio definitivo para alguien a quien la moda no le importaba lo más mínimo. O eso parecía. Las llevaban ciclistas profesionales, corredores, surfistas, skaters, aficionados al motocross y una fauna humana que durante años ocupó los márgenes de las tendencias: ravers, bakalas, punks tecnológicos y adolescentes fascinados por un futuro que todavía parecía estar por llegar. Eran gafas agresivas, aerodinámicas, envolventes. Diseños que parecían concebidos por ingenieros aeronáuticos más que por diseñadores de moda. Durante años fueron consideradas demasiado técnicas para ser elegantes y demasiado extrañas para ser bonitas. Seguir leyendo EL PAÍS
