En la intrincada crónica de la represión en la retaguardia republicana, existe un fenómeno que a menudo escapa al análisis superficial: el desplazamiento de los cuadros represivos de Madrid hacia Barcelona conforme el centro de gravedad del poder estatal se movía hacia el Mediterráneo. La «Brigada del Amanecer» fue una banda gestada en los sótanos de la Dirección General de Seguridad (DGS) de Madrid, que se asentó en Barcelona para seguir matando y robando.
En Madrid se hacían llamar «Escuadrilla del Amanecer». El nombre no era solo por la hora en la que actuaban, habitualmente entre la una y las seis de la mañana, sino por la película del mismo título protagonizada por Douglas Fairbanks Jr. de 1930. En la capital de España operaba desde la Secretaría Técnica de la DGS, bajo el mando de hombres como Valero Serrano Tagüeña y el respaldo del director general Manuel Muñoz. Sin embargo, en octubre de 1937, Negrín decidió trasladar desde Valencia el gobierno de la República a Barcelona. Con el Ejecutivo se trasladaron los ejecutores, y allí apareció la entonces «Brigada» para continuar la represión.
La Brigada instaló su checa en uno de los distritos más aristocráticos de la ciudad, en una casa situada en el Paseo de Gracia número 54 (donde se encontraba el Bar Términus). Esta sede dependía directamente de la DGS y de miembros del PSOE. Al frente se encontraba Elviro Ferret Obrador, un agente que había sido la mano derecha de Carlos de Juan, el subdirector de Seguridad de la República. Ferret, que ya en Madrid había dirigido una brigada de servicios especiales en la calle Marqués de Cubas, replicó en Barcelona el mismo patrón de actuación: detenciones arbitrarias, interrogatorios brutales y el saqueo de bienes ajenos.
Los «brigadistas» no eran espontáneos, sino parte de la estructura oficial de represión. Sus agentes utilizaban la información extraída de los archivos de la Secretaría Técnica y la red de delación que se había profesionalizado en la retaguardia.
La actividad de la brigada en Barcelona se centró preferentemente en el robo y la rapiña, alcanzando incluso a súbditos extranjeros. Un caso documentado es el del francés Alberto Gabriel Laffite, quien fue despojado de todas sus alhajas y objetos de valor tras ser detenido por los hombres de Elviro Ferret. Esta mezcla de «contrainteligencia» y delincuencia organizada fue una constante. Mientras se perseguía a la supuesta «quinta columna», se acumulaban tesoros de joyas y divisas que a menudo facilitaban la huida de los propios jefes policiales hacia el final de la contienda.
Con la creación del Servicio de Investigación Militar (SIM) en el verano de 1937, muchas de estas brigadas del «amanecer» fueron absorbidas por la nueva maquinaria de inteligencia militar. En Barcelona, el SIM alcanzó niveles de refinamiento en la tortura que superaban la brutalidad descontrolada de 1936. Las checas del SIM en Barcelona estaban supervisadas por agentes soviéticos de la NKVD.
Sillas eléctricas
El jefe supremo del SIM en Barcelona fue Santiago Garcés Arroyo, quien había sido uno de los miembros de «La Motorizada» y participante directo en el asesinato de José Calvo Sotelo en Madrid. El hecho de que un hombre implicado en el magnicidio que desató la guerra terminara dirigiendo la inteligencia militar en Barcelona subraya la continuidad y la institucionalización de los métodos represivos. Bajo su mando, las checas barcelonesas se dotaron de elementos técnicos de tortura, como la silla eléctrica, que fueron encontrados intactos por las tropas franquistas al entrar en la ciudad en 1939.
Sus crímenes fueron numerosos ya en Madrid. Asesinaron al industrial Antonio Amores Miguel el 30 de mayo de 1937 para robarle. Mataron a una mujer en la Casa de Campo en abril de 1937, tras violarla. Robaron en el Banco de España la caja fuerte del Marqués de Retortillo, donde tenía una colección de relojes de oro, y se los repartieron. En Barcelona, además del robo a Laffite, y las torturas y asesinatos a «sospechosos», montaron un negocio de pasaportes falsificados y el contrabando de capitales, cobrando sumas astronómicas a quienes deseaban huir a Francia, para asesinarlos tras haberles previamente robado.
Algún historiador de izquierdas señala que no debe hablarse de «checas», sino de «comités revolucionarios». No obstante, este matiz se vuelve irrelevante al analizar el periodo en que opera la «Brigada del Amanecer» trasplantada a Barcelona. Aquí ya no estamos ante la explosión espontánea de un comité obrero, sino ante una policía política estructurada con jerarquía militar que perseguía tanto a disidentes de derecha como a miembros del POUM y de la CNT opuestos a la hegemonía estalinista.
Fue una banda gestada en los sótanos de la Dirección General de Seguridad, (DGS), para seguir matando y robando
En la intrincada crónica de la represión en la retaguardia republicana, existe un fenómeno que a menudo escapa al análisis superficial: el desplazamiento de los cuadros represivos de Madrid hacia Barcelona conforme el centro de gravedad del poder estatal se movía hacia el Mediterráneo. La «Brigada del Amanecer» fue una banda gestada en los sótanos de la Dirección General de Seguridad (DGS) de Madrid, que se asentó en Barcelona para seguir matando y robando.
En Madrid se hacían llamar «Escuadrilla del Amanecer». El nombre no era solo por la hora en la que actuaban, habitualmente entre la una y las seis de la mañana, sino por la película del mismo título protagonizada por Douglas Fairbanks Jr. de 1930. En la capital de España operaba desde la Secretaría Técnica de la DGS, bajo el mando de hombres como Valero Serrano Tagüeña y el respaldo del director general Manuel Muñoz. Sin embargo, en octubre de 1937, Negrín decidió trasladar desde Valencia el gobierno de la República a Barcelona. Con el Ejecutivo se trasladaron los ejecutores, y allí apareció la entonces «Brigada» para continuar la represión.
La Brigada instaló su checa en uno de los distritos más aristocráticos de la ciudad, en una casa situada en el Paseo de Gracia número 54 (donde se encontraba el Bar Términus). Esta sede dependía directamente de la DGS y de miembros del PSOE. Al frente se encontraba Elviro Ferret Obrador, un agente que había sido la mano derecha de Carlos de Juan, el subdirector de Seguridad de la República. Ferret, que ya en Madrid había dirigido una brigada de servicios especiales en la calle Marqués de Cubas, replicó en Barcelona el mismo patrón de actuación: detenciones arbitrarias, interrogatorios brutales y el saqueo de bienes ajenos.
Los «brigadistas» no eran espontáneos, sino parte de la estructura oficial de represión. Sus agentes utilizaban la información extraída de los archivos de la Secretaría Técnica y la red de delación que se había profesionalizado en la retaguardia.
La actividad de la brigada en Barcelona se centró preferentemente en el robo y la rapiña, alcanzando incluso a súbditos extranjeros. Un caso documentado es el del francés Alberto Gabriel Laffite, quien fue despojado de todas sus alhajas y objetos de valor tras ser detenido por los hombres de Elviro Ferret. Esta mezcla de «contrainteligencia» y delincuencia organizada fue una constante. Mientras se perseguía a la supuesta «quinta columna», se acumulaban tesoros de joyas y divisas que a menudo facilitaban la huida de los propios jefes policiales hacia el final de la contienda.
Con la creación del Servicio de Investigación Militar (SIM) en el verano de 1937, muchas de estas brigadas del «amanecer» fueron absorbidas por la nueva maquinaria de inteligencia militar. En Barcelona, el SIM alcanzó niveles de refinamiento en la tortura que superaban la brutalidad descontrolada de 1936. Las checas del SIM en Barcelona estaban supervisadas por agentes soviéticos de la NKVD.
El jefe supremo del SIM en Barcelona fue Santiago Garcés Arroyo, quien había sido uno de los miembros de «La Motorizada» y participante directo en el asesinato de José Calvo Sotelo en Madrid. El hecho de que un hombre implicado en el magnicidio que desató la guerra terminara dirigiendo la inteligencia militar en Barcelona subraya la continuidad y la institucionalización de los métodos represivos. Bajo su mando, las checas barcelonesas se dotaron de elementos técnicos de tortura, como la silla eléctrica, que fueron encontrados intactos por las tropas franquistas al entrar en la ciudad en 1939.
Sus crímenes fueron numerosos ya en Madrid. Asesinaron al industrial Antonio Amores Miguel el 30 de mayo de 1937 para robarle. Mataron a una mujer en la Casa de Campo en abril de 1937, tras violarla. Robaron en el Banco de España la caja fuerte del Marqués de Retortillo, donde tenía una colección de relojes de oro, y se los repartieron. En Barcelona, además del robo a Laffite, y las torturas y asesinatos a «sospechosos», montaron un negocio de pasaportes falsificados y el contrabando de capitales, cobrando sumas astronómicas a quienes deseaban huir a Francia, para asesinarlos tras haberles previamente robado.
Algún historiador de izquierdas señala que no debe hablarse de «checas», sino de «comités revolucionarios». No obstante, este matiz se vuelve irrelevante al analizar el periodo en que opera la «Brigada del Amanecer» trasplantada a Barcelona. Aquí ya no estamos ante la explosión espontánea de un comité obrero, sino ante una policía política estructurada con jerarquía militar que perseguía tanto a disidentes de derecha como a miembros del POUM y de la CNT opuestos a la hegemonía estalinista.
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