Cuatro personas viajaban en un Cadillac blanco en la noche del 13 de septiembre de 1996. Uno de sus ocupantes disparó a un BMW negro que estaba detenido en la vía y cinco balas alcanzaron y atravesaron el cuerpo de Tupac Shakur, figura del hip hop de apenas 25 años. Al cabo de seis días, el joven de Harlem (Nueva York) falleció en el hospital como consecuencia de las heridas. No fue un suceso aislado: seis meses más tarde, cosieron a balazos a Notorious B. I. G., rapero de la costa este y archirrival de Tupac. Aquellos hechos moldearon la historia del rap y la cambiaron para siempre. Esta misma semana, cuando están a punto de cumplirse 30 años de su asesinato, un jurado popular ha condenado a Duane “Keffe D” Davis como culpable en primer grado por el asesinato del rapero. La aparición en español de “Tupac Shakur” (Liburuak), biografía de Staci Robinson, aporta luces sobre la vida de uno de los ángeles caídos del rap.
Tupac Amaru Shakur fue educado en una estricta disciplina ideológica y política por su madre, Afeni, miembro de las Panteras Negras y que llegó a estar en prisión falsamente imputada por planear una acción terrorista en Estados Unidos. Vivieron en una enorme precariedad y siempre con miedo, pero con estrictos estándares morales: debía tener una conducta ejemplar, ser respetuoso, nunca robar, mantenerse firme. Tupac fue educado, en el fondo, para ser un soldado: debía, entre otras cosas cotidianas, vigilar la presencia de policías husmeando en su casa, preguntando por amigos de su madre en paradero desconocido. Creció sin saber quién era su padre (lo descubrirá poco antes del final de esta historia), y “quizá por eso tuvo muchos”, como recoge la biografía recién aparecida. Cada uno de ellos le transmitió una manera distinta de entender la vida y la masculinidad. Legs Saunders se convirtió en su “padre” por defecto, al único que llamó como tal. De él aprendió la vida callejera, los trapicheos. Cuando tenía diez años, simplemente desapareció. A continuación, convivió con su tío T. C., quien le enseñó a volver a casa siempre a la misma hora, cobrar un sueldo, gozar del tiempo libre de fin de semana. Una ética laboral, en las antípodas, que Tupac también interiorizó. En tercer lugar estaba Mutulu Shakur, que tuvo con su madre a su hermana Sekyiwa, y que fue quien le enseñó la revolución, la conciencia colectiva y a recelar de todo y de todos. La infancia de Tupac transcurrió en una vivienda atestada de familiares, viendo películas de kung-fu y, entonces, descubrió los haikus por accidente. Aquella forma tradicional de poesía le voló la cabeza y empezó a escribir sus propios versos, con rima, mezclando la experiencia adquirida de cada uno de sus “padres”. Los tres pilares serían la vida callejera, la experiencia personal y la conciencia política.
Tupac y su madre emigraron a Baltimore cuando se vieron en la calle por el coste de la vida neoyorquina. Cada día leía el periódico, se apuntaba a concursos de poesía… El joven rapero se fascina por Van Gogh a través de la canción de Don McLeane ingresa en la escuela de arte. Se involucra en organizaciones políticas de protesta y de conciencia social. Pero Tupac no era un alborotador: leía a Platón, “Moby Dick” y Maquiavelo, devoraba la prensa local y nacional, estaba ávido de conocimiento. Sin embargo, su madre, apartada de la lucha política y en un callejón laboral sin salida, cae en la depresión y en el consumo de “crack”, razón por la que emigran a la costa Oeste, a Marin City (bahía de San Francisco), donde era incluso demasiado culto para su entorno. “Era el raro y se metían conmigo todo el tiempo. No sabía jugar al baloncesto ni los nombres de los jugadores profesionales. Yo pensaba que era porque escribía poesía y me odiaba a mí mismo, aunque lo mantenía en secreto. La verdad es que era un friki”, confiesa Tupac en el volumen recién aparecido en castellano. El joven no ha cumplido 20 años, pero ya suele decir que su destino será el de todos los Shakur: una muerte prematura.
Tupac luchó por abrirse camino y finalmente su maqueta encontró acomodo en Interescope, una enorme discográfica con sensibilidad para lo nuevo. Acababa de publicar su primer videoclip, el del álbum de debut que le volvería popular, cuando dos agentes de policía le pidieron identificación y se disponían a multarle “por cruzar mal la calle”. La escalada verbal termina cuando los agentes le golpean e inmovilizan y están a punto de asfixiarle. Había llegado, por fin, el rito de paso de todo joven negro en EE UU: la brutalidad policial que acababa de cobrarse la vida de Rodney King campaba a sus anchas. De la misma manera se daba en el interior de las personas. La lucha silenciosa se daba en cada individuo, la misma que partía por la mitad el movimiento de derechos civiles afroamericanos. Entre el pacifismo de Martin Luther King y la autodefensa de Malcolm X, Tupac había elegido siempre lo primero, pero la fuerzas estaban a punto de cambiar. Había llegado el momento de continuar la guerra de su madre, Afeni.
Las dos primeras canciones de Tupac en el mercado fueron elocuentes: “Trapped” hablaba de cómo se sienten los chicos negros en una sociedad que les margina y les acosa (muy proféticamente la palabra trap será muy relevante varias décadas después, por cierto) mientras que “Brenda’s Got a Baby” narra un suceso real: cómo una niña de 12 años, que había sido violada, se deshizo de su bebé recién nacido en un depósito de desperdicios. Pero Tupac tuvo que defenderse del contenido de sus letras en muchas ocasiones, al ser consideradas peligrosas o inductoras a la violencia: “son canciones rebeldes, como lo era la música folk de los años sesenta. Tan solo es eso. Es música para nosotros, que os permite seguir adelante, canciones de lucha”. Y eso lo decía un hombre cuyo disco favorito era la banda sonora de “Los miserables”, que escuchaba a Mariah Carey cuando se ponía triste y también a Sting. No, Tupac Shakur no era ningún macho de esquina, pero cada vez estaba más enfadado con el mundo.
Uno de los sucesos clave de la historia de Tupac tuvo lugar en la cima de su popularidad, con tres discos y tres películas de éxito a sus espaldas. Una joven de 19 años, Ayanna Jackson, con la que mantenía una relación le acusó de agresión sexual en un hotel de Nueva York en una confusa noche que la autora de su biografía, Staci Robinson, describe con frialdad. Según la denunciante, Tupac le obligó a practicar sexo oral a una tercera persona, uno de sus amigos, cosa que el rapero negaba pero que le sentó ante un tribunal. Aunque fue declarado inocente de los principales cargos por el jurado, el juez, en su veredicto, le condenó a entre un año y medio y cuatro de prisión. Tupac siempre negó los hechos y denunció una campaña en su contra por tratarse de una amenaza para el establishment. Pero todo iba a complicarse aún más: mientras el jurado deliberaba el caso de agresión, Tupac asistió a un estudio para grabar con su amigo Christopher Wallace “Biggie” y en la puerta recibió cinco disparos. Escapó con vida milagrosamente. Los policías que se personaron en el lugar de los hechos, según su propio testimonio, eran los mismos que le arrestaron por la agresión sexual. La paranoia se apodera de Tupac, que teme por su vida en el hospital, donde montan guardia los Panteras Negras y miembros de la Nación del Islam. El rapero sospecha de todo el mundo: de la policía en primer lugar y de los implicados en aquella grabación, incluido Biggie, de conspirar para asesinarle.
Los hechos de la agresión sexual son imposibles de dilucidar ahora, pero Ayanna Jackson siempre mantuvo su versión, escabrosa e inmutable, décadas después. Staci Robinson, mujer y feminista, consigna en el libro las repercusiones que el proceso tuvieron en el músico. Se encerró en un piso anónimo y un día su madre le sorprendió con una escopeta en una mano y una pistola del calibre 45 en la otra. Se había escrito «fuck the world» en la frente. Afeni pudo impedir su suicidio por minutos, pero Tupac realizó una súplica: que le ayudaran a quitarse la vida en un bosque. Dio los detalles de cómo deseaba que se llevara a cabo: nadie debía tocar su cuerpo inerte. Escasos días después, ingresó en prisión. Y, cuando estaba entre rejas, en aislamiento 23 horas al día, apareció publicado «Me against the world», su tercer trabajo. Fue número uno. Mientras estaba preso, Biggie Smalls publicó «Who Shot Ya?» («¿Quién te disparó?”) una canción que Tupac interpretó como una burla, y Puff Daddy, su patrón en Bad Boy Records, le criticó por su proyecto Thug Life: “Si eres un matón, debes enfrentarte a las consecuencias”, dijo de él. En prisión, Tupac mueve los hilos para fichar por Death Row Records: era la única manera de trabajar con Dr. Dre. Al fin y al cabo, ese sello era una filial de Interescope, con quienes tenía contrato. Antes del término de la pena, Tupac salió de la cárcel.
Las circunstancias que condujeron a la muerte de Shakur forman parte de una cadena que hechos que logró romperse tras aquellos acontecimientos trágicos, pero que condujeron a la escena del hip hop estadounidense al precipicio. Como es sabido, el rap nace en el Bronx a finales de los setenta, pero en pocos años se extiende, como si fuera un incendio, hasta la otra costa. Las pandillas emergen en los grandes núcleos urbanos y dan lugar a las bandas organizadas. El rap político de Nueva York lo presiden Public Enemy, mientras, en Los Ángeles, el lenguaje se endurece. En las crudas calles de Compton (Los Ángeles), N. W. A. inauguran el “gangsta rap”, un estilo que narra las dificultades para sobrevivir y las actividades paralelas de los chicos de la calle. Cargan contra la policía y se convierten en una amenaza para el sistema. Allí, los Bloods y los Crips controlan sus territorios y las escaramuzas con constantes. La beligerancia es cada vez mayor y el trono del rap está en disputa: en 1995, cuando el género ya es un boyante negocio, se celebra la entrega de premios de la revista “The Source” y se produce un hecho crucial: Suge Knight, jefe de Death Row Records (Costa Oeste), sube al escenario y se burla de Puff Daddy, dueño de Bad Boy Records (Costa Este), criticándolo por aparecer siempre en los vídeos de sus artistas. El revuelo en el teatro es total. Cuando Snoop Dogg y Dr. Dre aparecen para cantar, reciben abucheos y Dogg pregunta: «¿Es que la Costa Este no ama a esta gente?». Las revistas habían alentado un enfrentamiento que pasó de lo verbal a lo militar, del retrato de la violencia a su glorificación y, finalmente, a los disparos. Un año después, Tupac fallecía tiroteado, pero irónicamente, él nunca fue un gángster ni pretendió serlo. Nadie fue condenado por los hechos… hasta ahora.
La reapertura del juicio en el que ha resultado condenado “Keefe D” Davis fue un tanto rocambolesca. Davis fue detenido en el año 2023 por su, entonces, presunta implicación en el tiroteo, después de que él mismo hiciera confesiones en entrevistas y en sus propias memorias de su implicación en el suceso. Davis aseguraba que fue su sobrino, Orlando Anderson, quien disparó el arma después de haber sido agredido por personas del séquito de Tupac en una pelea de boxeo. Aseguraba también que él no pudo hacerlo, ya que se encontraba en la ventanilla opuesta a la que se efectuaron los disparos y que él entregó el arma a Anderson. Sin embargo, cuando la causa fue reabierta, el único ocupante vivo del Cadillac blanco aquella noche era él mismo, por lo que nadie podía corroborar ni desmentir la historia. Davis ha sido condenado por planear esa muerte con el agravante de tener la intención de promover, fomentar o ayudar a una banda criminal.
Las huellas de su estilo pueden rastrearse durante décadas y llegan indelebles a lo mejor que le ha pasado al rap en las últimas décadas, Kendrick Lamar. El rapero de Compton mantiene una deuda evidente e indisimulada con su estilo. Sus rimas permanecen.
¿Vida de matón?
Uno de los proyectos artísticos y filosóficos de Shakur se llamó «Thug Life», palabras que se tatuó en el vientre. El rapero trataba de resignificar «Thug» (matón), una de las palabras con mayor estigma contra los afroamericanos que escandalizó a sus homólogos. Sin embargo, Shakur se defendía: aseguraba que era lo contrario, que, como «nigga», buscaba darle la vuelta al término ofensivo. Era su visión como activista: los matones fueron los únicos que le cuidaron cuando vivía en la calle y su madre no podía pagar los recibos. «Se trataba de tomar esa realidad y convertirla en un orgullo, en algo que pueda unirnos», decía el rapero. «Todos juntos podemos formar la banda más grande, unir nuestras fuerzas contra la estructura del poder blanco, la banda más opresiva», proclamaba.
Exactamente 30 años después de su asesinato, un jurado declara culpable a “Keefe D” Davis de aquel crimen y una biografía en español ajustan cuentas con el legendario rapero Música, Cultura, Home La Razón Noticias sobre Música en La Razón
