La Falange Española fue un partido político fundado en teatro de la Comedia de Madrid en octubre de 1933 por Julio Ruiz de Alda, uno de los grandes héroes de la aviación española, que había participado en el vuelo del Plus Ultra en 1926; Alfonso García Valdecasas, diputado de las Cortes Constituyentes republicanas y secretario de la comisión parlamentaria que redactó el proyecto de Constitución de 1931; y José Antonio Primo de Rivera, hijo primogénito de Miguel Primo de Rivera. Sin embargo, el proyecto, como tal, duró poco, pues en febrero de 1934 se fusionó con las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista del político Onésimo Redondo y el ensayista y filósofo Ramiro Ledesma, director de La Conquista del Estado, para crear la Falange Española y de las JONS.
Este nuevo partido político, que se identificó a sí mismo como nacionalsindicalista, se oponía tanto al liberalismo como al izquierdismo, y se basaba en un ultranacionalismo teñido de catolicismo. Así, los Veintisiete Puntos ideológicos clave del falangismo afirmaban que creían “en la suprema realidad de España”, una “unidad de destino en lo universal”. También afirmaban que tenían “voluntad de imperio” y que el país volvería “a buscar su gloria y su riqueza por las rutas del mar”. Se trataba también de un partido antiparlamentario, que definía el Estado como “un instrumento totalitario al servicio de la integridad patria”; y que concebía a “España en lo económico como un gigantesco sindicato de productores” de carácter vertical, repudiando el sistema capitalista.
La Falange, nombre abreviado de esta organización, apostó desde el principio por la violencia como herramienta política, organizando una estrategia de ataques tanto a sus enemigos políticos como a las fuerzas del orden que generara una dinámica de acción-reacción que provocara una espiral de violencia que “demostrara” que la República había caído en la anarquía y había perdido el control del país, lo que a su vez debía legitimar la sublevación militar.
A primeros de 1936 la implantación de Falange era muy escasa a nivel nacional, y tan solo consiguieron un 0,5 % de los votos en las elecciones de febrero de ese año –algo más de cuarenta y seis mil papeletas–; hizo falta la rebelión para que numerosos civiles, deseosos de incorporarse a la misma, eligieran las filas de este partido como vehículo de colaboración, tanto en las columnas que partieron hacia Madrid y los frentes de combate con en las actividades de represión y control de la retaguardia, de tal modo que en enero de 1937 Manuel Hedilla, presidente de la Junta de Mando Provisional del partido, calculaba en ochenta mil los milicianos en el frente, cincuenta mil en retaguardia y quince mil en servicios de tipo castrense; y en abril de ese mismo año el inspector nacional de Milicias hacía ascender a ciento veintiséis mil la cifra de falangistas integrados en el Ejército franquista.
No solo la cifra de milicianos suponía un peligro para el nuevo régimen en formación, sino también la voluntad de Falange de mantener una autonomía tanto a nivel militar, con la creación de sus propias escuelas de mandos, como a nivel político, donde tenían la ambición de convertirse en rectores ideológicos de la sublevación. La primera respuesta fue el Decreto de Militarización de las Milicias del 20 de diciembre de 1936, que sirvió fundamentalmente para poner a militares profesionales al frente de las banderas (batallones) de Falange –y de otras organizaciones–, desplazando a los líderes de la época de los combates callejeros.
El golpe definitivo fue el Decreto n.º 255, de Unificación Política, de 19 de abril de 1937. A raíz del mismo quedaban fusionadas las fuerzas paramilitares de Falange y del Requeté en una única milicia nacional sin distinción de origen geográfico o de ideología, y ambas organizaciones pasaban a conformar, junto con otras fuerzas políticas, la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, un partido único que sería gobernado por el jefe del Estado –Francisco Franco– en su calidad de jefe del Movimiento, una Junta Política cuya función era “conocer”, y no decidir, las directrices de las organizaciones del partido y todas las grandes cuestiones nacionales que se le sometan por parte del jefe del Movimiento, y un Consejo Nacional de cincuenta miembros entre los que habría una mayoría de falangistas, pero también carlistas, monárquicos y militares.
Para saber más
Desperta Ferro Especiales n.º 48
84 pp.
8.50€
Combativa, revolucionaria y violenta, pero con muy escasa representatividad social antes de julio de 1936, las filas de Falange crecieron exponencialmente con los primeros compases de la Guerra Civil aglutinando a la mayoría de los civiles que quisieron unirse a las milicias golpistas
La Falange Española fue un partido político fundado en teatro de la Comedia de Madrid en octubre de 1933 por Julio Ruiz de Alda, uno de los grandes héroes de la aviación española, que había participado en el vuelo del Plus Ultra en 1926; Alfonso García Valdecasas, diputado de las Cortes Constituyentes republicanas y secretario de la comisión parlamentaria que redactó el proyecto de Constitución de 1931; y José Antonio Primo de Rivera, hijo primogénito de Miguel Primo de Rivera. Sin embargo, el proyecto, como tal, duró poco, pues en febrero de 1934 se fusionó con las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista del político Onésimo Redondo y el ensayista y filósofo Ramiro Ledesma, director de La Conquista del Estado, para crear la Falange Española y de las JONS.
Este nuevo partido político, que se identificó a sí mismo como nacionalsindicalista, se oponía tanto al liberalismo como al izquierdismo, y se basaba en un ultranacionalismo teñido de catolicismo. Así, los Veintisiete Puntos ideológicos clave del falangismo afirmaban que creían “en la suprema realidad de España”, una “unidad de destino en lo universal”. También afirmaban que tenían “voluntad de imperio” y que el país volvería “a buscar su gloria y su riqueza por las rutas del mar”. Se trataba también de un partido antiparlamentario, que definía el Estado como “un instrumento totalitario al servicio de la integridad patria”; y que concebía a “España en lo económico como un gigantesco sindicato de productores” de carácter vertical, repudiando el sistema capitalista.
La Falange, nombre abreviado de esta organización, apostó desde el principio por la violencia como herramienta política, organizando una estrategia de ataques tanto a sus enemigos políticos como a las fuerzas del orden que generara una dinámica de acción-reacción que provocara una espiral de violencia que “demostrara” que la República había caído en la anarquía y había perdido el control del país, lo que a su vez debía legitimar la sublevación militar.
A primeros de 1936 la implantación de Falange era muy escasa a nivel nacional, y tan solo consiguieron un 0,5 % de los votos en las elecciones de febrero de ese año –algo más de cuarenta y seis mil papeletas–; hizo falta la rebelión para que numerosos civiles, deseosos de incorporarse a la misma, eligieran las filas de este partido como vehículo de colaboración, tanto en las columnas que partieron hacia Madrid y los frentes de combate con en las actividades de represión y control de la retaguardia, de tal modo que en enero de 1937 Manuel Hedilla, presidente de la Junta de Mando Provisional del partido, calculaba en ochenta mil los milicianos en el frente, cincuenta mil en retaguardia y quince mil en servicios de tipo castrense; y en abril de ese mismo año el inspector nacional de Milicias hacía ascender a ciento veintiséis mil la cifra de falangistas integrados en el Ejército franquista.
No solo la cifra de milicianos suponía un peligro para el nuevo régimen en formación, sino también la voluntad de Falange de mantener una autonomía tanto a nivel militar, con la creación de sus propias escuelas de mandos, como a nivel político, donde tenían la ambición de convertirse en rectores ideológicos de la sublevación. La primera respuesta fue el Decreto de Militarización de las Milicias del 20 de diciembre de 1936, que sirvió fundamentalmente para poner a militares profesionales al frente de las banderas (batallones) de Falange –y de otras organizaciones–, desplazando a los líderes de la época de los combates callejeros.
El golpe definitivo fue el Decreto n.º 255, de Unificación Política, de 19 de abril de 1937. A raíz del mismo quedaban fusionadas las fuerzas paramilitares de Falange y del Requeté en una única milicia nacional sin distinción de origen geográfico o de ideología, y ambas organizaciones pasaban a conformar, junto con otras fuerzas políticas, la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, un partido único que sería gobernado por el jefe del Estado –Francisco Franco– en su calidad de jefe del Movimiento, una Junta Política cuya función era “conocer”, y no decidir, las directrices de las organizaciones del partido y todas las grandes cuestiones nacionales que se le sometan por parte del jefe del Movimiento, y un Consejo Nacional de cincuenta miembros entre los que habría una mayoría de falangistas, pero también carlistas, monárquicos y militares.
Para saber más
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