Pepe Viyuela: «La revolución ahora es volver a hablar con el que piensa distinto»

Un día de finales de los 80, Pepe Viyuela (Haro, 1963) se plantó en TVE con una silla plegable y se hizo famoso. Así, sin más. A partir de ahí, el payaso (de vocación) filósofo (de carrera) compaginó un éxito popular con «bastante basura» y un personaje eterno, el Chema de ‘Aída’, con la faceta de prestigioso actor teatral. Es esta segunda la que le situará este verano como uno de los principales reclamos del Festival de Mérida, donde el clásico ya es él, que ha acudido en nueve ocasiones. Interpretará ‘Timón de Atenas’, un personaje que no puede ser más apropiado para esta serie de entrevistas.

 El cómico y actor, siempre vinculado a movimientos de izquierdas, aboga por el entendimiento: «Dirán que me he hecho conservador. No lo creo, pero prejuzgaba demasiado»  

Un día de finales de los 80, Pepe Viyuela (Haro, 1963) se plantó en TVE con una silla plegable y se hizo famoso. Así, sin más. A partir de ahí, el payaso (de vocación) filósofo (de carrera) compaginó un éxito popular con «bastante basura» y un personaje eterno, el Chema de ‘Aída’, con la faceta de prestigioso actor teatral. Es esta segunda la que le situará este verano como uno de los principales reclamos del Festival de Mérida, donde el clásico ya es él, que ha acudido en nueve ocasiones. Interpretará ‘Timón de Atenas’, un personaje que no puede ser más apropiado para esta serie de entrevistas.

Timón es un hombre que parte de una fe inquebrantable en las personas, pero le decepcionan y acaba convertido en un misántropo. ¿Tendemos a eso como sociedad?
Lo noto a mi alrededor y es una evolución que yo intento evitar porque es verdad que, a menudo, acabas el día y tienes que sentarte a reflexionar sobre si está bien la ira que te embarga o conviene matizarla y atemperarla. En el fondo, tu ira contribuye a que haya más e intento no caer en eso, pero a veces es difícil. No he llegado a los límites que alcanza Timón y espero no llegar nunca, pero me enfado mucho con el mundo que vivo y, también, conmigo y con mis reacciones.
¿Somos un país cabreado?
Estamos muy cabreados y, además, hacemos poco por no estarlo. No es sólo España, es el mundo. Parece que el cabreo se ha convertido en un plus, en un valor: «¡Tengo derecho a cabrearme!». Vale, pero a lo mejor hay otras formas mejores de reaccionar ante las cosas. La ira es un impulso muy primario y con los impulsos primarios llegamos a pocos sitios. Se ha impuesto en la sociedad esa idea de «yo voy a decir lo que pienso y me da igual el resto» que nos hace un flaco favor. No todo ha de decirse ni hay que mostrarse tan agresivo y tan brutal. Conviene volver a la reflexión, a la calma y a expresarse con mesura. Todo se puede decir, pero no de cualquier manera.
¿Cuándo crees que se empezó a torcer todo?
Es un análisis muy poco meditado, pero, ahora que me lo preguntas, quizá empezó a torcerse todo cuando cayó el Muro de Berlín, en el 89. Hasta entonces, el mundo estaba dividido en dos ideologías contrapuestas, que habían tenido una Guerra Fría tremenda y terrible, pero se habían atemperado la una a la otra. El capitalismo aún no campaba a sus anchas. Al caer el Muro, empieza a fraguarse este mundo pretendidamente libre, consumista e hiperliberal que estamos viviendo. El capitalismo ya no tiene por qué tener freno, ancha es Castilla, desregulemos todo, evitemos lo más posible los impuestos y permitamos que las empresas gobiernen sobre los Gobiernos y manejen el mundo.
¿Hay vuelta de hoja?
Estoy convencido de que sí. Si no, no tendría nietas, estaría apagado y no sonreiría. Quiero pensar que el ser humano vive ciclos y convulsiones y que nos daremos cuenta, como sociedad, de que el camino en el que ahora estamos instalados sólo nos lleva a la pura destrucción y habrá una vuelta a la cordura y se abandonará este camino hacia el suicidio colectivo.
¿Cómo has logrado que convivan con éxito el payaso y el actor clásico?
Por un lado, he intentado hacer lo que me apetecía, no someterme a determinados dictados sobre lo que debía hacer y me ha salido bien, pero afirmar eso es un exceso de vanidad porque muchas veces he cogido trabajos sólo porque tenía una familia y hay que comer. He tenido suerte porque no me han marcado excesivamente de una forma negativa, pero he hecho cosas muy feas, muy malas, horribles… Eso sí, he aprendido con todas y me he ido formando. El teatro era mi vocación inicial y aunque luego vino la televisión, que me dio una popularidad tremenda y me hizo ganar dinero, siempre he intentado cimentar mi carrera en la escena más que en las pantallas.
El guerracivilismo español no es sólo político, también lo hay cultural: el prestigio contra lo popular. Tú no has tomado partido y has funcionado en ambos lados.
Con la cultura, como con la política, es muy fácil caer en el maniqueísmo y situar lo malo y lo bueno, lo blanco y lo negro, olvidando esos grises entreverados que son muchísimo más interesantes. Frente a ese enfrentamiento constante, lo mejor es la mirada y el encuentro directo. Frente a las redes sociales y con los medios de comunicación tan polarizados, lo que tenemos que hacer los ciudadanos es salir a la calle, entrar en el bar y hablar con cualquiera, independientemente de que intuyamos que no tiene nada que ver con nuestra cuerda ideológica. Precisamente, con esos más. Acercarnos y hablar, no sermonear. La revolución hoy es volver a hablar con el que piensa distinto y, sencillamente, compartir puntos de vista. Es la única manera de disolver esta polarización porque cuando te encuentras cara a cara con la gente ni eres tan violento ni tan cerrado.
¿Tú lo haces?
Me lo he propuesto muy en serio. Vamos con muchos prejuicios por la vida y ni los rojos somos tan malos ni, probablemente, la gente que consideramos de ultraderecha no tenga algo que aportarnos. Cada vez me doy más cuenta de que cuando he estado enclaustrado en mis ideas y cerrando los ojos a otra realidad es cuando he sido incapaz de entender al prójimo. Me parece que hay que volver a abrir las ventanas al diálogo y a la diferencia. Tenemos que convivir y en este momento se dialoga poco en la calle y en las instituciones.
Diría que menos, incluso, en las instituciones.
En efecto. De hecho, es en la política donde empieza el agua a bajar contaminada y contagiar a los ciudadanos. Si lo llamamos Parlamento, es por algo. Volvamos a parlar, volvamos a hacer que esa sea la casa de la palabra y del diálogo. Y los medios de comunicación necesitan bajar un poco el tono, reflexionar más, ir a la neurona en vez de a la víscera, exponer argumentos más que puñetazos y escupitajos. Yo es lo que estoy intentando hacer personalmente porque en determinados momentos me he visto, y me sigo viendo, muy virulento y no me gusta cuando me veo así.
¿Te habías radicalizado demasiado?
Más que radicalizarme en mis puntos de vista, me he radicalizado en la percepción que tengo sobre los que no piensan como yo. Es decir, prejuzgo demasiado. Luego, por mi trabajo, voy constantemente a ayuntamientos donde trato con gente que sé que no piensa como yo y no les caigo bien y, aun así, trabajamos juntos y después de cinco minutos hablando nos damos cuenta ambos de que el otro no es un bicho. Soy una persona que opina diferente, pero me puedo tomar un café agradable con ellos.
Siempre te has posicionado abiertamente a la izquierda, ¿te ha pasado factura a nivel laboral?
Nunca me he encontrado con graves problemas. He tenido algún veto en sitios muy concretos por ser de izquierdas, pero han sido pocos y anecdóticos. De hecho, nunca he dejado de trabajar. No puedo decir que vivamos en un país donde se castigue laboralmente de manera general el posicionamiento ideológico. He trabajado sin problemas con muchos ayuntamientos y Comunidades que están gobernadas por la derecha. Sería injusto decir que me han censurado por dos casos sueltos, no me voy a victimizar.
Vayamos al principio. ¿Cómo fue tu repentino salto a la fama?
La gente a menudo cree que fue con mi aparición en el ‘Un, dos, tres’ porque es siempre el programa que más se recuerda, pero en realidad fue antes. En el 87 y el 88, aún no había privadas y salir en La 1 te cambiaba la vida. Primero hice allí ‘Cajón Desastre’, con Miriam Díaz-Aroca, que fue el infantil que sustituyó a ‘La Bola de Cristal’ y, luego, ‘¿Pero esto qué es?’, que fue el que me disparó. Probablemente hoy sería imposible que un payaso se hiciera tan famoso, pero entonces un viernes por la noche en La 1 te veían 12 o 13 millones de personas. En tres semanas me había convertido en alguien muy popular que pasó de salir tan tranquilo por la calle a que todo el mundo le señalara.
¿Cómo lo llevaste?
Me pilló de golpe, me atropelló y me hizo sentir muy, muy, muy frágil. Tuve miedo. Y luego un gran agobio: «¿Qué pasa ahora? ¿Cómo voy a mantener esto?». Las expectativas fueron lo más difícil, que la gente me dijera por la calle: «¡Qué gracioso, tío! Sigue así». Y yo pensaba: «Esto ha sido casi una lotería, he llegado aquí por casualidad. Me han llamado para hacer un programa y ha funcionado, ¿pero quién me garantiza que el siguiente también lo haga?». Y justo pasó lo que te comentaba antes, hice muchas cosas muy feas y muy malas precisamente por tener que cumplir con unas exigencias televisivas. Se me acabó el material que llevaba años trabajando en salas y en la calle, no tenía más ideas ni tiempo para pensar y me dejé llevar por ese cualquiercosismo: «Sal y haz lo que sea».
¿Te pasó factura?
Sí, claro. Lo pagué al cabo de unos años porque la gente no es tonta. Los sketchs con los que empecé en televisión se habían ido cociendo poquito a poco. El de la silla plegable, el de la escalera, el de la guitarra, el de la chaqueta… Los que recuerda la gente. Pero se acabaron, tenía que crear nuevo contenido a un ritmo imposible y llega un momento en el que no te sale nada bueno y lo que haces es basura. Hice mucha mierda y, lógicamente, cada vez me llamaban menos porque era peor.
Luego volviste al mainstream a lo grande con ‘Aída’.
Sí, eso fue una locura y a mí me vino muy bien. Venía de una época en la que solamente había hecho teatro y alguna cosa muy menor en televisión. En 2004 aparece esta serie que nadie pensaba que iba a funcionar y pega el zambombazo. No sólo eso, porque un zambombazo no te garantiza una continuidad, pero es que estuvimos diez años con un éxito tremendo y, desde que se acaba en 2014 hasta hoy, se ha seguido viendo muchísimo en plataformas. Acabo de pasar por una plaza y unos chavales que salían del instituto han empezado a llamarme: «¡Chema! ¡Chema!». Voy a ser Chema, el de ‘Aída’, toda la vida y me encanta.
Vamos con un clásico: ‘Aída’, con tantos chistes xenófobos y machistas, no se podría hacer ahora.
Probablemente no, pero eso no es malo. Hay cosas que eran excesivas y es algo bueno que ya no se digan. ‘Aída’ no fue el top de la libertad ni de la creatividad, fue una serie muy graciosa, que funcionó muy bien y que tiene cosas que hemos entendido que están mal. Eso es positivo como sociedad. A lo mejor no podemos hacer hoy ‘Aída’ tal y como era, pero podemos hacer otra cosa que sea aún mejor. Muchas veces se sobrevalora eso de decir lo que te dé la gana. Hay determinados usos del lenguaje que no es que estén prohibidos, es que hemos aprendido que no hacen falta. Es como el cine del destape, cuando aquello era a desnudarse y follar todo el mundo en pantalla. Tenía sentido en un momento que se salía de una represión profunda, pero hemos madurado como sociedad y ya no nos hace falta tanto culo y tanta teta. Lo mismo cuando Telecinco era ‘Teleteta’. Esa televisión ya no se puede hacer… y menos mal.
Muchos entrevistados en esta sección hablan de la época de la Movida como protagonistas, pero tú, como saltaste a la fama ya en los 90, la viviste como ciudadano, un estudiante en Madrid. ¿Fue algo tan extendido en la ciudad como se cuenta?
Puede que para quien viviera en el centro lo fuera, pero yo era muy pueblerino, vivía en las afueras, estaba estudiando Filosofía en la universidad y tenía muy poco dinero. La única vez que fui a Rock-Ola fue en la celebración de unos compañeros de la mili que se licenciaban. Admiré mucho a Tierno Galván, pero lo viví todo desde fuera, leyendo los fanzines y escuchando a los grupos musicales. No era carne de Movida, ni siquiera en la ropa o en los pelos. Yo era un pardillo absoluto.
Eres licenciado en Filosofía.
Tampoco es para tanto. No le vamos a sacar punta a eso porque yo si vieras mi expediente académico, te darías cuenta de que era bastante mediocre. Lo que pasa es que la filosofía me fascinaba, aún lo hace, pero me da para estudiarla y disfrutarla, no para desarrollarla.
Ahora que cumple 50 años, ¿qué balance haces de la Transición, tan discutida últimamente?
Yo he sido muy crítico y muy radical con la Transición, porque cuando eres joven te toca serlo, pero he cambiado de idea. Mucha gente dirá que me he hecho conservador. No lo creo, puede ser, pero tampoco tengo ningún pudor en decirlo. Habiendo vivido aquello y viviendo lo que estamos viviendo ahora, agradezco por encima de todo que se decidió hablar e intentar entenderse con los que pensaban radicalmente distinto y eso fue lo que permitió establecer la democracia. Cuando tenga que contarle la Transición a mi nieta, lo haré desde el punto de vista de que la situación era muy jodida, había mucha prisa por un lado y mucho deseo de acabar con cualquier atisbo de libertad por otro y se encontró un camino que, a lo mejor, no fue perfecto, pero estábamos en una montaña que no conocíamos, había que sobrevivir a una tormenta y se llegó al refugio. A lo mejor no era el camino ideal, pero se llegó.
¿Qué crees que se pudo hacer mejor?
Hay cosas que están todavía pendientes, especialmente la Justicia porque fue el único palo que se dejó sin tocar. Pero, vamos, se lograron cosas dificilísimas. Teníamos un Ejército recalcitrantemente salvaje y fascista y se acabó con eso. Visto desde hoy, valoro positivamente todo aquel proceso. En aquel momento yo era muy joven, muy radical y quería más. Creo que es lo que nos tocaba entonces, ser el contrapeso a esa otra España que buscaba el inmovilismo, pero los políticos encontraron el equilibrio y creo que hoy vivimos en un país bueno. ¿Se puede ir a mejor? Claro, siempre se puede, pero es que la democracia no es un estado que se alcance y ya no lo no lo pierdas, tenemos que estar luchando por ella constantemente.
La radicalización de la juventud de ahora va en muchos casos en la dirección contraria a la vuestra, hacia la extrema derecha.
No soy politólogo ni sociólogo ni una persona demasiado inteligente, pero creo que no se trata de algo propiamente español sino de una corriente internacional ultra que nace en ese momento del que hablábamos antes, la caída del Muro de Berlín, y empieza a radicalizar hacia posturas neoliberales y ultracapitalistas que intentan romper todas las normas de convivencia, acabar con lo social y que el libre mercado campe a sus anchas acabando con la sanidad pública, la escuela pública y lo que se le ponga por delante. Esos mensajes populistas son muy fáciles de transmitir a los jóvenes, sobre todo porque la extrema derecha mundial fue muy hábil para apropiarse de las redes sociales. La izquierda se dejó ganar esa partida y lo está pagando. Creo que la mayoría de esa juventud que está arrimándose a la extrema derecha es una juventud despolitizada, que ha leído poco, no se ha formado y, que me perdonen por decirlo, creo que tiene una ignorancia absoluta.
¿No crees que también se les ha fallado como generación, que la realidad social, laboral y vital que se han encontrado no es la que se les prometió?
Sí, eso es así y creo también que a los mayores nos falta escucha y generosidad con respecto a los jóvenes. Les estamos dejando un mundo muy complicado, especialmente en el tema de la vivienda, y de ahí vienen muchos males y mucha radicalización porque la miseria no suele ser buena compañera ni buena consejera. Te radicaliza profundamente. Entonces, si se encuentra alguien insatisfecho con lo que hay con un discurso facilón que te promete un cambio, aunque sea mentira, te lanzas hacia ellos. Tenemos que lograr hacer ver a esos jóvenes que les empujan a culpabilizar a otros que también son víctimas.
¿Te refieres a la inmigración?
Principalmente. Echar la culpa a la inmigración de los problemas de España es un insulto a la inteligencia. No hay un dato que lo respalde, pero son discursos facilones: «¿Sabes quién te está quitando el trabajo? ¿Sabes quién te está ocupando las viviendas? ¿Sabes por qué no hay citas médicas? Porque todo está lleno de inmigrantes». Saben que es mentira, pero funciona porque es mucho más sencillo que hablar de inversión, de intervención en los mercados o de derechos laborales.
¿Cómo valoras tu paso por la política, donde colaboraste con Podemos a finales de la pasada década?
Creo que el ciudadano ni puede ni debe escapar de la política. No es algo cuyo ejercicio pertenezca solamente a los que se dedican a ella profesionalmente, sino a todos y cada uno de nosotros. Desde que nos levantamos estás haciendo política, viendo cómo funcionan los medios de transporte o cómo está el precio de la vivienda y pensando qué hacer para mejorarlo. Nunca he pertenecido a ningún partido, ni siquiera a Podemos aunque fui muy cercano, pero siempre he pensado que la política es esa sustancia en la que todos nadamos y no puedes escapar de ella. De todos modos, nunca he querido hacer carrera política, creo que no serviría para nada, ni para ser concejal ni alcalde ni consejero ni, por supuesto, ministro. Soy un inútil para eso, no sé gestionar ni la economía de mi propia casa. Además, no sé si sería capaz de aguantar la presión que supone ser político. Hablábamos antes de los políticos de la Transición. Madre mía, ¿cómo podían aguantar ahí? ¿Sacando un país contra viento y marea con millones de ciudadanos dependiendo de ellos?
No es equiparable a la presión de los de ahora, creo.
No, pero sigue siendo un trabajo de enorme responsabilidad. Entonces, mi paso por la política, el que pienso seguir manteniendo toda mi vida, es el de alguien que cree que tiene el derecho y el deber de opinar sobre las cosas.
¿Te decepcionó la evolución de Podemos?
No sé si es decepción la palabra, pero sí sentí desilusión al ver que aquello se desinflaba, que el desacuerdo primaba sobre los consensos y que se acabaron reproduciendo, en un partido que criticaba lo establecido, los mismos problemas y los mismos males que en los partidos políticos a los que estaba combatiendo. Me desilusioné muchísimo y me da mucha pena que haya acabado así.
Nos dirigimos, de nuevo, a unas elecciones en las que la izquierda del PSOE es un caos.
Y Pedro Sánchez, que es muy listo, lo aprovecha con la apelación constante al voto útil: «¿Vais a votar a ese maremágnum extraño que es incapaz de ponerse de acuerdo ni en las siglas o a mí, que soy el único freno posible a la derecha?». La diversidad de opiniones de la izquierda es riqueza desde un punto de vista idealista y una ruina desde el punto de vista práctico.
¿Fallaron los líderes? Pablo Iglesias se apartó siendo vicepresidente e Íñigo Errejón acabó dimitiendo entre escándalos.
En su momento confiaba mucho en Podemos y en sus líderes, pero no fueron lo que parecían. No puedo decir que Pablo Iglesias me haya decepcionado. Sufrió un acoso brutal y, cuando te dan tantas hostias, entiendo que decidas que no puedes más. No puedo decir eso de Errejón, que está metido en un lío muy gordo aún por resolver judicialmente, pero antes ya reconoció que se había perdido y es un cadáver político.
Mientras la nueva política se descomponía, PSOE y PP han revivido el bipartidismo, pese a que estos días hemos tenido a ambos partidos involucrados en grandes juicios. ¿Está España abocada a la corrupción política?
No. Yo creo que tiene arrrglo y está en poner las cartas sobre la mesa. La corrupción va a existir siempre, asumámoslo, lo que tenemos que generar son mecanismos para que los que tienen la mano larga y quienes los compran paguen por ello tan duramente que deje de compensarles el riesgo. No hay que ser ingenuos, el ser humano, y vuelvo a Timón de Atenas, necesita control. Si no, se despendola y muchos no son capaces de resistir las tentaciones. Por eso hay tantos que tienen una carrera política y de poder muy larga y acaban creyendo que tienen derecho a todo y la impunidad les acompaña. Tenemos al Rey emérito como ejemplo más claro de esto. Es fantástico su caso porque él aún no ha entendido qué ha hecho, por qué no le quieren todos los españoles, con todo lo que él ha hecho por ellos. Cuando tienes tanto poder, no te ves con claridad a ti mismo.
¿Quién sería el Timón de Atenas actual?
Donald Trump. Un ser destructivo y que odia a la humanidad. Solamente se quiere a sí mismo, no admite a los que no piensan como él y los pobres le dan asco. Si pudiera, acabaría con ellos; lo está intentando, de hecho.
¿Llevamos todos un Timón dentro?
Un poquito, pero hay que evitar llegar a convertirse en él. Todos nos metemos a menudo en la cama pensando que vaya mierda de mundo y que mañana lo mandas todo a tomar por culo. Hay que frenar eso y para ello hay que reflexionar, pero también hablar y relacionarnos con los demás, darnos cuenta de que somos absolutamente imperfectos y de que, por ello, necesitamos ayuda. ¿Para qué? Para no robar, para no delinquir, para no defraudar, para no abusar de nadie, para no ser egoístas… Tenemos esa tendencia, somos seres invasivos y territoriales, tenemos miedo del que llega nuevo y nos puede quitar cosas, queremos rapiñar constantemente. Timón de Atenas cae en todo eso y es el faro de lo que no debemos llegar nunca a ser.
¿Lo lograremos?
Ahora estamos en una etapa muy oscura y muy egoísta, pero creo que todavía somos capaces de generar medios de control para no permitir que la democracia se nos escape de las manos y recordar que juntos somos mejores. Quiero ser optimista porque, además, me parece que tengo la obligación de serlo. Todos la tenemos.

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