
El vestuario y la escenografía han sido siempre decisivos para la credibilidad de esos individuos a los que se atribuye el don de adivinar el porvenir. Ahora que acaba de morir uno de los más fraudulentos del último medio siglo, el economista Alan Greenspan, nos damos cuenta de que sus vaticinios no habrían tenido tanto éxito sin el acompañamiento de sus ropajes y sus atributos rituales: el traje negro, la corbata funeraria, la cara de vejez perenne desde que era joven, las gafas de montura negra y cristales gruesos; y además el atril imprescindible desde el que predicar de pie, y el micrófono en el que su voz sonaría sobria y convincente, aunque también enigmática, con ese punto de vaguedad o ambigüedad que ya tenían en la Grecia antigua los dictámenes del oráculo de Delfos. En un libro muy bien escrito sobre el negocio y el fraude de la predicción a través de los siglos, Profecía, Carissa Véliz cuenta con detalle la atmósfera que encontraría un creyente al visitar el templo de Apolo en el que la Pitia, la sacerdotisa del dios, vestida de blanco y sentada sobre un trípode, en la penumbra de su cámara sagrada, entraba en trance para emitir las respuestas a las preguntas sobre el futuro que le traían lo mismo ciudadanos particulares que príncipes. El trípode de la Pitia estaba justo encima de una fisura en la tierra de la que emanaban vapores de origen volcánico. Desde los adivinos de Grecia y Roma hasta los pronunciamientos crípticos de los banqueros centrales y las artimañas secretas de los algoritmos de la inteligencia artificial, dice Véliz, el propósito de la predicción no ha sido el conocimiento, sino el poder.
Greenspan, como todos los sacerdotes del capitalismo, disfrazaba sus fraudulentos vaticinios con los rituales del oráculo
El vestuario y la escenografía han sido siempre decisivos para la credibilidad de esos individuos a los que se atribuye el don de adivinar el porvenir. Ahora que acaba de morir uno de los más fraudulentos del último medio siglo, el economista Alan Greenspan, nos damos cuenta de que sus vaticinios no habrían tenido tanto éxito sin el acompañamiento de sus ropajes y sus atributos rituales: el traje negro, la corbata funeraria, la cara de vejez perenne desde que era joven, las gafas de montura negra y cristales gruesos; y además el atril imprescindible desde el que predicar de pie, y el micrófono en el que su voz sonaría sobria y convincente, aunque también enigmática, con ese punto de vaguedad o ambigüedad que ya tenían en la Grecia antigua los dictámenes del oráculo de Delfos. En un libro muy bien escrito sobre el negocio y el fraude de la predicción a través de los siglos, Profecía, Carissa Véliz cuenta con detalle la atmósfera que encontraría un creyente al visitar el templo de Apolo en el que la Pitia, la sacerdotisa del dios, vestida de blanco y sentada sobre un trípode, en la penumbra de su cámara sagrada, entraba en trance para emitir las respuestas a las preguntas sobre el futuro que le traían lo mismo ciudadanos particulares que príncipes. El trípode de la Pitia estaba justo encima de una fisura en la tierra de la que emanaban vapores de origen volcánico. Desde los adivinos de Grecia y Roma hasta los pronunciamientos crípticos de los banqueros centrales y las artimañas secretas de los algoritmos de la inteligencia artificial, dice Véliz, el propósito de la predicción no ha sido el conocimiento, sino el poder.
Viejo perenne, varón en despachos y estrados sin mujeres, el club con parqués crujientes y sillones de cuero gastado, con esos ojos empequeñecidos sin la menor duda a causa del estudio, Alan Greenspan gobernaba la economía de Estados Unidos y, por lo tanto, del mundo con un aire de augusta serenidad y hondura científica que volvían hechos objetivos sus augurios sobre tipos de interés y mercados financieros. Su poder era mayor porque no necesitaba el exhibicionismo histriónico de los milmillonarios ni el espectáculo apabullante de la presidencia americana, con esos desfiles de coches negros blindados como carros de combate y batallones de motoristas con luces giratorias. Robert Reich, que fue ministro de Trabajo con Clinton, ha escrito en un artículo devastador en The Guardianque ver a Alan Greenspan era como estar viendo acercarse a uno al Darth Vader de la economía americana. Que cuatro presidentes seguidos lo mantuvieran en su puesto en la Reserva Federal, cuenta Reich, no era debido a sus méritos, sino a algo de lo que el propio Greenspan se ufanaba, con ese lenguaje que usa toda esta gente cuando no hay público delante: los tenía “cogidos por los huevos”. De él dependía que el mundo financiero de Wall Street diera o no crédito a un candidato, o a un presidente recién elegido. Las vagas y palabreras ambiciones progresistas de Bill Clinton quedaron canceladas cuando Greenspan le impuso el doble mandamiento de los recortes en el gasto social y la eliminación de las regulaciones que desde los tiempos de Franklin D. Roosevelt limitaban en algo la supremacía de los poderes financieros.
Eran los tiempos en los que más o menos todo el mundo, a izquierda y a derecha, aceptaba que ese capitalismo desquiciado era el estado natural de las cosas:había que privatizar lo público, porque la gestión privada era más eficiente; los sindicatos eran antiguallas burocráticas, irrelevantes en una época de progreso tecnológico y creación masiva de riqueza; quién iba a pelear por un aumento de sueldo o una mejora de las condiciones laborales, si cualquiera podía conseguir una hipoteca para comprarse la casa o el coche de sus sueños. Era la época de los grandes sonrientes que arrastraron a la socialdemocracia a un descrédito del que puede que no se recupere: el sonriente Clinton, el más sonriente aún Tony Blair, el alegre Rodríguez Zapatero, que creía igual que ellos que bajar impuestos era de izquierdas.
Claudi Pérez ha recordado aquí los fastos bochornosos que acompañaron la jubilación de Greenspan, en 2006. Hasta la reina Isabel II lo condecoró en Balmoral. Lo llamaban The Maestro, The Oracle. Se contaba con reverencia que sus decisiones más importantes las tomaba durante largos baños calientes, quizás sumergiéndose en sus vapores como la Pitia en los del templo de Delfos. Sus discípulos heredaron su clarividencia. A uno de ellos, Rodrigo Rato, lo vi en Nueva York en una sesión adivinatoria en la que imitó gestos y detalles litúrgicos del Maestro: el traje oscuro, el atril, el habla murmurada, las gafas, la indefinida madurez masculina. Rato era presidente del Fondo Monetario Internacional. Como dice Montaigne, el poder da un aura de inteligencia a quien lo ocupa; una vez perdido el poder, el aura desaparece, y todo el mundo se pregunta cómo fue posible que ese individuo llegara a obtenerlo. Rato daba cifras y de vez en cuando miraba al auditorio por encima de sus gafas de cerca. Era hacia finales de 2006. Oteó un horizonte metafórico por encima de las gafas y de nuestras caras de feligreses ignorantes y enunció sin ambigüedad alguna su predicción, que pareció aún más sólida por estar formulada en un inglés utilitario: según todos los indicadores, los siguientes años serían, como los anteriores, de un crecimiento sostenido, de una estabilidad que casi sonaba a pastoral en sus palabras.
No daban opiniones. No formulaban hipótesis. Las cosas eran así. Los arúspices romanos examinaban las entrañas de los animales y el vuelo de los pájaros: ellos, los sumos sacerdotes de la globalización, hacían lo mismo con los modelos computacionales cada vez más complejos y por lo tanto más fiables. La única condición imprescindible era que los gobiernos no interfirieran con sus irritantes impulsos de control el fluir natural de los mercados, donde una mano invisible más eficiente que la anticuada providencia garantizaba la prosperidad general en virtud de la búsqueda racional del interés propio de los individuos y las corporaciones. Palabras como injusticia, pobreza, explotación, desigualdad, solidaridad, habrían resultado malsonantes de no ser porque habían desaparecido.
Ellos no eran ideólogos ni políticos. Eran científicos. Llevar la contraria a la globalización de un capitalismo sin ataduras sería tan irrisorio como sublevarse contra la rotación de la Tierra. Pero la principal influencia sobre Alan Greenspan y sus acólitos no venía del conocimiento científico, sino de unas cuantas novelas detestables de Ayn Rand, una apologista lunática del individualismo que inventaba héroes truculentos en lucha contra la vulgaridad y el gregarismo de la gente común, a medio camino entre la parodia del superhombre ya paródico en sí de Nietzsche y los superhéroes de los tebeos de los años treinta, de los cuales los separaban la inclinación frecuente de estos últimos por un cierto altruismo. Según Rand, el altruismo es “una debilidad personal responsable de la hipocresía y la miseria del mundo”. Contra todas las profecías sacerdotales de los economistas, el mundo se hundió en 2008, arrastrando a la ruina a millones de personas vulnerables. Aún vivimos en la estela de aquel derrumbe, que fue más grave porque ellos escaparon con sus privilegios intactos, sin responder de la mentira de sus profecías, practicando los unos con los otros el altruismo que niegan a todos los demás. La única diferencia es que los gurús de ahora, en vez del ceño tétrico y el traje de entierro de Alan Greenspan, no fingen una sabia vejez sino una perpetua juventud: llevan vaqueros y camisetas ajustadas, y micrófonos portátiles casi invisibles, y en vez de perorar tras un atril se mueven de un lado a otro por grandes escenarios vacíos, como estrellas del espectáculo, esgrimiendo sus artefactos como cálices, delante de un vértigo de pantallas gigantes, predicando sus nuevas adivinanzas sobre las virtudes de la inteligencia artificial. Creo que me dan más miedo estos de ahora.
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