Durante la entrevista, en un hotel barcelonés, Ulli Lust (Viena, 58 años) habla, entre risas, sin filtro alguno: “¡Porra! Me tendría que haber lavado el pelo para las fotos”. Esa frescura la retrata. Ha contado su vida sin omitir partes oscuras. Aprender que solo el 10% de las figuras de la edad de hielo eran masculinas le hizo investigar. El resultado es un cómic que rescribe la historia.
Durante la entrevista, en un hotel barcelonés, Ulli Lust (Viena, 58 años) habla, entre risas, sin filtro alguno: “¡Porra! Me tendría que haber lavado el pelo para las fotos”. Esa frescura la retrata. Ha contado su vida sin omitir partes oscuras. Aprender que solo el 10% de las figuras de la edad de hielo eran masculinas le hizo investigar. El resultado es un cómic que rescribe la historia. Seguir leyendo
Durante la entrevista, en un hotel barcelonés, Ulli Lust (Viena, 58 años) habla, entre risas, sin filtro alguno: “¡Porra! Me tendría que haber lavado el pelo para las fotos”. Esa frescura la retrata. Ha contado su vida sin omitir partes oscuras. Aprender que solo el 10% de las figuras de la edad de hielo eran masculinas le hizo investigar. El resultado es un cómic que rescribe la historia.
¿Por qué identifica a la mujer con lo humano?
En la edad del hielo, la imagen de los humanos era femenina. Las pocas figurillas de hombres tenían cabeza o patas de animal. Admito que La mujer como lo humano es un título provocativo. Pero ¿por qué no lo es identificar lo humano con lo masculino?
¿Se ha convertido en arqueóloga?
He intentado hacer lo contrario de lo que hago con la ficción: no he buscado originalidad, sino realidad. Que un cómic pueda ser un ensayo es un ajuste social necesario. La palabra se asocia al intelecto y a la inteligencia, y los dibujos a lo infantil. Fue inesperado ganar el premio de ensayo. Me di cuenta de que algo está cambiando en Alemania; no tenían miedo de no parecer serios. Los antropólogos me agradecieron que hablara de su campo. El mensaje es precioso: hay muchas maneras de explicar la historia. Lo importante es conocerla para conocernos.
¿La investigación de las mujeres cambia el pasado?
Lo completa. Me ha interesado demostrar la fuerza que la empatía tuvo en sociedades prehistóricas. Hoy se asocia a los frágiles, pero para mí las personas empáticas son las realmente fuertes.
De pequeña le llamaba la atención la prohibición de hablar de sexo viendo a Jesucristo en calzoncillos.
Me daba pena que no fuera vestido. En mi pueblo, limpiar la iglesia era un honor reservado a las mujeres. Por eso no se pagaba. Los niños conseguían dinero haciendo de monaguillos. Ellos se compraban la moto y nosotras nos sentábamos detrás.
¿Una lección de vida?
Bueno… Los años setenta fue una buena época. Aprendimos que las chicas podían hacer tanto como los chicos: estudiábamos, salíamos… Crecí pensando que nuestra vida sería mejor que la de nuestras madres.
¿Qué le hacía pensarlo?
El espíritu del tiempo. Los hippies. Ser la primera generación con acceso a la universidad. Mi madre era agricultora. Y mi padre, herrero.
Usted dibujaba.
Escribía y dibujaba bien. Pero en el colegio había una que dibujaba mejor y otra que escribía mejor.

¿Qué fue de ellas?
Una murió. La otra es profesora. Mi talento era de clase media, pero mi fortaleza es la disciplina. Se necesita muchísima para hacer todos los dibujos de un cómic… Comencé dibujando cuentos para mi hijo. Quise estudiar Ilustración, pero tuve que irme a Berlín porque en Austria mis dibujos no gustaban, solo les interesaba la abstracción. En Berlín, me topé con la novela gráfica, que llamaban novela alternativa. Hice un proyecto que no encontró editor y mi novio, que también hace cómics, me dijo que en mi adolescencia tenía una historia. Me resistí. Me daba vergüenza. Pero luego pensé que la experiencia es un regalo de la vida.
Ha escrito que pubis en alemán se dice igual que vergüenza: scham.
Es así. Como persona trato de no molestar, pero como artista debo hacerlo. Me gusta dibujar escenas eróticas porque creo que el sexo es una parte saludable y bonita de la vida. También puede ser complicada, claro.
Con casi 40 años publicó su primera novela gráfica. Hoy es el último día del resto de tu vida, una road movie de una adolescente punk.
Lo punk es disfrutar de lo contrario de lo que la sociedad espera que disfrutes. Por ejemplo, si quieres viajar a Italia, pero no tienes dinero, no importa: vas para allá.
Eso hicieron usted y sus protagonistas: irse sin dinero, sin avisar a sus padres…
No avisar a mis padres es la parte de la que no estoy orgullosa. Los quise. Eran buena gente. Pero la verdad es que no pensaba en ellos. Con 17 años, el cerebro no está completamente desarrollado. Me podía el espíritu aventurero. Fue un viaje iniciático. Dejé de ir a clase y le dije a mi madre que no se preocupara, que encontraría un trabajo.
¿Qué aprendió?
A buscar comida en la basura de los restaurantes. A dormir en bosques. Ahora puedo entender mejor a quienes lo pierden todo.
¿Por qué quería ser punk?
Por estética. Los punkis, en los años ochenta, eran lo más interesante en el mundo de la moda. Eran salvajes y pensé que eso era ser libre. Me vestía raro en el pueblo y la gente murmuraba hasta que se acostumbraba. Quería ser una punk de verdad, y un punk no va al colegio.
Robó dinero, se drogó, se prostituyó…
Solo una vez… La amiga con la que fui estaba convencida de que podíamos estar en el prostíbulo desnudas haciendo de decoración. No sabíamos que las nuevas se llevan el primer cliente, porque luego invitan a champán. Tuve suerte; la que se acostó fue mi amiga, y a ella le gustaba mucho el sexo. Lo que me llamó la atención fue lo que contó la prostituta más anciana: que muchos hombres no iban allí para follar. Llegaban, se desnudaban y se ponían a hablar. No he conocido a ninguna prostituta estúpida ni mala ni tonta. Igual, desde fuera, es más fácil calificarlas de interesadas o degeneradas. Pero ese juicio habla de nosotros.
¿Si su hijo, Philipp, le dijera que se prostituye?
No es una profesión para avergonzarse, pero es un camino difícil. ¿Por qué limpiarle el culo a un anciano es más digno que prostituirse? Lo indigno es robar o matar, lo demás es supervivencia. Dicho esto, trataría de disuadir a mi hijo. Creo que puede ser traumatizante acostarse con quien no quieres. Y mucha maldad del mundo se muestra donde se da la fragilidad.
¿Todo lo que sucede en la novela ocurrió?
Todo. Cuando lo escribí, recordarlo me parecía surrealista. Pero sucedió.
La violaron en Sicilia.
Ahí la aventura se volvió infierno. La amiga punk con la que llegué a Italia lo encontraba normal. En realidad, esa chica no sabía ni lo que era la empatía ni lo que eran la amistad o el amor propio. Fue una experiencia traumática. Me costó más de un año aceptar lo que me había sucedido. Lo conté 20 años después en mi libro. Una trabajadora social francesa me dijo que el cómic ayudaba a mujeres que han sido violadas.
Mezcla ligereza con drama.
Yo no disfrutaba del sexo. Con 17 años creo que mi cuerpo no estaba preparado. Me gustaba besar, acariciar… Pero lo que me traumatizó no fue ni siquiera la penetración, sino la sensación de no ser tratada como un ser humano. Como vienesa no estaba acostumbrada a que me miraran así los hombres. Los austriacos somos más distantes. Los italianos del sur se lanzaban sobre las mujeres y, si te resistías, no pensaban que no querías, sino que eras tímida y debían presionar más.

¿Su madre ha leído sus libros?
Le costó años. Pero como la novela acumulaba premios, un día lo cogió de la habitación de mi hijo. Apenas dijo: “Bah…”. Mi madre tuvo una historia de abuso sexual en su niñez. Temía que a sus hijas nos ocurriera algo parecido y, cuando finalmente lo vio, estaba contenta de que ya hubiera pasado y yo estuviera bien. Podía dejar de preocuparse.
¿Quién se preocupó por usted cuando la violaron con 17 años?
La amiga que viajaba conmigo desde luego que no. No resultó ser una buena amiga ni una buena persona. Luego, en Viena, me quedé embarazada. Involuntariamente. Curiosamente, eso me ayudó. Primero porque volví a mi pueblo, con mis padres. Y tuve tiempo para pensar. Luego porque nació mi hijo. Y, como era niño, decidí que no podía odiar a los hombres.
Vaya vida también la de su madre.
Una hermanita nuestra murió. Vimos luz una noche y… pensamos que era Papá Noel. Pero era nuestra hermanita, que nació con una malformación y había muerto. Mi otra hermana y yo estábamos más tristes porque no había venido Papá Noel que por su muerte. Eso es ser niño. Más tarde le pregunté a mi madre si morir dolía. Contestó que era como dormir. Eso me creó un miedo terrible a morir mientras dormía.
¿Hoy duerme bien?
De niña hice un pacto con Dios. Le ofrecí que me dejara descansar hasta los 18 años y luego me llevara con él. Cuando me acercaba a esa edad, pensé que me quedaba poca vida. Por eso me fui a la aventura y el libro que narra mis locuras de juventud se llama Hoy es el último día del resto de tu vida. Vivir la vida como si fuera el último día es una idea que se ha quedado conmigo.
En su segundo cómic, con 18 años, es madre.
Una madre de fin de semana. Tenía un poquito más de cabeza, un poco solo, pero todavía no sabía qué hacer con mi vida. Quería a un hombre casi 20 años mayor que yo, con el que empecé a vivir. El libro habla del poliamor. Pero también de otros tabús: de seguir viviendo en pareja sin sexo por cariño, de relaciones interraciales…
Hoy la novela podría ser políticamente incorrecta.
Porque el personaje violento es negro, ¿verdad? Dudé. Me parecía que construir un personaje con un inmigrante africano violento podía ser dañino. Pero era exactamente lo que sucedió. Y pensé que racista sería lo contrario: ser paternalista con un personaje de raza negra que se comporta con violencia. Un negro tiene los mismos derechos que cualquier otra raza a ser depresivo, tener bajones o equivocarse. A ser violento nadie tiene derecho.
El libro retrata diferencias culturales.
Los hombres nigerianos están acostumbrados a mujeres aparentemente sumisas que gritan más que nosotras. No están habituados a hablar con mujeres independientes. El hombre de Lagos con el que tuve una relación me exigía escenas dramáticas —que llorara y pataleara— como prueba de amor.
El libro habla de volver a empezar.
Ese amante de Lagos fue volviéndose más y más violento. Intentó estrangularme con un cable de teléfono. Llamé a la policía. Dijeron que, si no estaba muy herida, no podían hacer nada. Al final, lo arrestaron porque no tenía papeles. No porque fuera violento.
Ese libro sería otra sorpresa para su familia…
Mi madre y mi hijo han asumido que de joven mentía mucho. Pero confían en que ya no lo hago. Philipp es monógamo. Pero puede entender una pareja abierta. Lo que no acepta es la violencia. Es muy responsable, pero es una persona que no juzga. Considera que tiene una madre… diferente. Mis padres son gente sencilla, pero nunca han renegado de mí. En mis peores momentos siempre sentí que les importaba. Creo que eso me permitió salir de la fascinación por el lado oscuro de la vida.
¿Esa fascinación tuvo algo que ver con su infancia en un lugar pequeño?
Podría ser. La calle no me interesaba. Leía y desarrollé un lado muy fantástico. Por eso me llevaba bien con la gente que no encajaba. Quería una vida diferente. Y para eso necesitaba ser artista, crear algo.
¿Es curioso que tras una adolescencia alocada se hiciera disciplinada?
Seguramente es una consecuencia. Para salir de lo complicado se deben tomar decisiones radicales, la fuerza de voluntad es una decisión. Y para los artistas es esencial. Hay tantas maneras de fracasar… Tantos creadores talentosos incapaces de terminar sus proyectos… Jamás pensé, ni soñé, que lograría hacer tantos dibujos como necesita un cómic. Por eso hablo de fuerza de voluntad.
¿Cómo elige qué contar?
Elijo lo que creo que puede ser más relevante en las vidas de otras personas: la búsqueda irracional que puede ser una adolescencia, la violencia doméstica… Dibujar y escribir una novela gráfica lleva entre tres y cuatro años. Hay tiempo para coger distancia y tratar de comunicar verdad.
¿Es valiente?
Escriba lo que escriba, una habla desde lo que es. Eso sí, tras mis dos novelas autobiográficas me vino bien ilustrar otras obras. Me encargaron adaptar al cómic El técnico de sonido, de Marcel Beyer. Y dibujé una historia con dos narradores: el propio técnico de sonido de Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda del Tercer Reich, y su hija mayor, que empieza a narrar con 6 años y termina con 14, suicidándose con su familia en el búnker de Hitler. Trasladé la opresión y el dolor a los dibujos.
Lo contrario de su nuevo libro.
En La mujer como lo humano no hablo de mí. Me interesé por las venus paleolíticas porque son mujeres solas. De esas figuras solo el 10% eran masculinas. Fue así durante casi 30.000 años. Pensaba: a casi todos los hombres que conozco les gusta figurar, ¿por qué no sucedía así entonces? El libro, una mezcla de antropología y biología, trata de averiguarlo.
Es un manual para aprender a repensar.
Está demostrado que la empatía fue más importante que la violencia en la supervivencia humana. También que los bonobos, donde mandaban las mujeres, eran tiernos y nada agresivos comparados con los chimpancés. Descendemos de ellos, y tal vez esas dos maneras de estar en el mundo sean una herencia.
Los bosquimanos no acumulaban.
Eran cazadores. Y era lógico compartir. De eso dependía su supervivencia: si no se reparte, la carne se pudre. Casi todas las sociedades cazadoras-recolectoras eran igualitarias porque, para los nómadas, las posesiones eran un lastre.
En 1864, el marqués Paul de Vibraye desenterró una figura femenina de marfil de la cueva Laugerie-Basse. La llamó Venus impúdica.
Veían cuerpos desnudos y solo se les ocurría relacionarlos con el sexo. ¿En qué estarían pensando?
Pregunta usted, que ha escrito tanto sobre sexo…
A ver, me gusta el sexo. Y en mi segundo libro me divirtió explayarme, pero… tiene razón. Es un cliché que los hombres sientan más deseo sexual que las mujeres.
En 1908, el antropólogo Hugo Obermaier calificó la Venus de Willendorf de degenerada.
Escribió además que era “generosa en comparación con las perezosas judías de hoy”. Racismo y sexismo. Es la Viena de principios de siglo XX que creíamos moderna. Hablé de esto en el libro porque me interesan los cambios culturales. Algunos corrigen la historia tanto como el desarrollo de nuevas tecnologías. En 1990, la paleontóloga Marie-Antoinette de Lumley descubrió, estudiando las caderas de los restos del hombre de Cavaillon, que en realidad eran de una mujer. Lo que sembró la duda es que habían encontrado el esqueleto rodeado de ofrendas mortuorias y eso sucedía solo en las tumbas de hombres. Creo que si entendemos mejor el pasado, comprenderemos mejor el presente. Mi abuela materna tuvo 13 hijos y rechazó la cruz que los nazis conferían a las mujeres que tenían muchos hijos. Mi abuela paterna crio a su hijo sola. Ambas fueron más valientes que mi madre. De ellas aprendí no solo a evitar el miedo, sobre todo a contribuir, con la verdad, a que este desaparezca.
EL PAÍS
