‘Directionless’: el arte como brújula para navegar el presente

Puede que atravesemos la época más calurosa del año, pero el cielo amenaza tormenta. Como un barco a la deriva, los habitantes del siglo XXI avanzamos sin rumbo. En este estado de cosas, cuando la megagalería suiza Hauser & Wirth le propuso a Rashid Johnson organizar una muestra para su sede en Menorca, el artista, conocido por su obra multimedia en torno a cuestiones que abarcan desde la identidad afroamericana a la angustia existencial, pensó que qué mejor que cribar la inquietud que gobierna el presente con el filtro del arte. No para hacer sangre, sino para generar una cierta perspectiva: un punto de vista diferencial con el que poder hablar más de esperanza que de derrota, de precedentes antes que de casos aislados.

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 Puede que atravesemos la época más calurosa del año, pero el cielo amenaza tormenta. Como un barco a la deriva, los habitantes del siglo XXI avanzamos sin rumbo. En este estado de cosas, cuando la megagalería suiza Hauser & Wirth le propuso a Rashid Johnson organizar una muestra para su sede en Menorca, el artista, conocido por su obra multimedia en torno a cuestiones que abarcan desde la identidad afroamericana a la angustia existencial, pensó que qué mejor que cribar la inquietud que gobierna el presente con el filtro del arte. No para hacer sangre, sino para generar una cierta perspectiva: un punto de vista diferencial con el que poder hablar más de esperanza que de derrota, de precedentes antes que de casos aislados. Seguir leyendo  

Puede que atravesemos la época más calurosa del año, pero el cielo amenaza tormenta. Como un barco a la deriva, los habitantes del siglo XXI avanzamos sin rumbo. En este estado de cosas, cuando la megagalería suiza Hauser & Wirth le propuso a Rashid Johnson organizar una muestra para su sede en Menorca, el artista, conocido por su obra multimedia en torno a cuestiones que abarcan desde la identidad afroamericana a la angustia existencial, pensó que qué mejor que cribar la inquietud que gobierna el presente con el filtro del arte. No para hacer sangre, sino para generar una cierta perspectiva: un punto de vista diferencial con el que poder hablar más de esperanza que de derrota, de precedentes antes que de casos aislados.

Frente a la tentación de lo individual, Johnson apostó por el colectivo, una de las marcas distintivas de su trabajo. El estadounidense nominó a otros tres artistas como cocomisarios y cada uno eligió las obras —de formatos, épocas y procedencias geográficas dispares— que conforman las diferentes secciones de Directionless, abierta hasta el 25 de octubre, coincidiendo con el final de la temporada de la galería menorquina. La dominicana Firelei Báez, el estadounidense Charles Gaines y la española Cristina Iglesias seleccionaron, junto a Johnson, piezas de 28 artistas, de Georg Baselitz a Meg Webster, de Latifa Echakhch a Teresita Fernández. Pese a la aparente heterogeneidad de sus miradas, el resultado final revela preocupaciones compartidas, claves como la ecología, la justicia social y, quizá, sobre todo, la importancia de reconocernos en las experiencias de quienes nos precedieron.

Situada en la isla del Rey, un islote frente al puerto de Mahón, la franquicia española de Hauser & Wirth —que cuenta con otros 10 espacios en ciudades como París, Nueva York o Gstaad— ocupa el edificio de las dependencias auxiliares de un antiguo hospital naval británico del XVIII, que a principios de este siglo se encontraba en estado de ruina y ahora está siendo restaurado y rehabilitado por un grupo de voluntarios. La exposición se extiende tanto por los espacios interiores, divididos en salas conectadas por un patio, como en los jardines que los rodean, unos deslumbrantes paisajes rothkianos de bandas verdes y azules atravesadas por las líneas de la costa y el horizonte.

Frente a la tentación de lo individual, Johnson nominó como cocomisarios a Firelei Báez, Charles Gaines y Cristina Iglesias

Las obras exteriores, escogidas por Cristina Iglesias, consisten en su totalidad en esculturas a excepción de Elegy at Minūrqa (2026), el extracto de un poema en árabe escrito por el artista libanés Rayyane Tabet y pintado sobre una fachada, que evoca la caída del último almojarife de la Taifa de Menorca en 1287, año del desembarco del rey Alfonso III en el farallón que tomó su nombre. Desde la etapa talayótica en la prehistoria hasta Grecia, Roma, Bizancio, al-Ándalus, la Corona de Aragón, Inglaterra y Francia, Menorca ha sido el escenario de una sucesión de culturas que han dejado su impronta en la arquitectura, la gastronomía, el paisaje o el folclore insulares. En ese crisol, y en sus aprendizajes, se ha fijado Iglesias a la hora de incluir trabajos como Tree of Life (2023), de Ali Cherri, una pieza que remite a la tradición ancestral y la mitología, o su propia escultura Littoral (Lunar Meteorite) IV (2025), con reminiscencias del mar y la geología.

Dentro del cubo blanco, Directionless parece encontrar algo semejante a un rumbo en el tránsito de lo abstracto a lo concreto, o de lo general a lo particular. La primera sala acoge trabajos como Boil and Toil, Time Immoral (2026), de Todd Gray, donde se superponen tres fotografías de unos caballos, una selva y una galaxia —los seres vivos, la Tierra y el universo—; o Night/Crimes 2: Lyra (2026), de Charles Gaines, parte de una serie comenzada en los años setenta que reflexiona sobre la representación y el destino a través de cuadros que contienen varias imágenes, en este caso retratos de asesinos, los lugares del crimen y el cielo nocturno del día en que se cometieron los homicidios. Ocupando toda una pared, Sky (Burial) (2024), de Teresita Fernández, alude a los estratos geológicos —y con ellos, a la memoria— por medio de decenas de teselas coloreadas.

Desde lo vasto, lo cósmico y lo ancestral, las siguientes salas se mueven hacia espacios más situados que invitan a pasar de la reflexión a la acción. Obsessão II (2017), de Lyle Ashton Harris, un collage monumental cosido de fotografías, post-its y recortes de prensa, recuerda la persistencia del racismo y la homofobia en el mundo. En la instalación Concatenations (1991-2026), Michael Joo apila bandejas de hospital y rocas combinando lo natural y lo artificial para hablar de otra epidemia, la del sida, y el papel ambivalente de la tecnología en el campo de la salud. La obra de Meg Webster Crescent (2026) alerta sobre el cambio climático al colocar un pedazo (real) del jardín que rodea la galería en el interior. Y Shedding II (Los tres ojos) (2022), de Joiri Minaya, subraya que las consecuencias del colonialismo siguen reverberando en el presente.

En última instancia, esta colectiva debe entenderse menos como un diagnóstico —a estas alturas, seguramente innecesario— que como una llamada a pinchar la burbuja. Frente a la sensación de excepcionalidad que acompaña a cada crisis, estas obras remiten a una experiencia humana compartida. Nuestros antepasados ya afrontaron la adversidad, y no estaría de más extraer lecciones de sus vivencias.

En su sexta temporada en Menorca, puede que esta constituya la apuesta más ambiciosa de la historia de la galería, que ha albergado muestras individuales desde Mika Rottenberg y Cindy Sherman el pasado verano hasta el propio Rashid Johnson en 2022. Enamorado desde entonces de la isla, el estadounidense ha impulsado Casa Gràcia, un proyecto de residencias para artistas y escritores que empezará a rodar en 2027. “Es una oportunidad para compartir esta experiencia con otros artistas, ofreciéndoles tiempo y espacio para reflexionar, experimentar, conversar y renovarse”, dijo Johnson. Una nueva invitación a encontrar una dirección.

Directionless. Hauser & Wirth Menorca. Hasta el 25 de octubre.

 EL PAÍS 

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