El eco del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial hace resonar cantos corales. En el subterráneo, un grupo de mujeres baila a la luz de un par de velas mientras una cámara las graba. En la biblioteca, una cámara fotografía libros añejos. El binomio arte-espiritualidad se remonta a históricas representaciones como las pinturas rupestres y su función chamánica, a los sarcófagos egipcios pensados para la vida después de la muerte o a las tradiciones budistas que entendían el arte como vehículo de meditación. Durante siglos, la Iglesia católica fue el gran patrocinador artístico en Europa, con sus catedrales góticas o la iconografía bizantina, pero la progresiva secularización de la sociedad fue derivando también en una secularización de la cultura. Sin embargo, en los últimos años la espiritualidad ha vuelto a ser musa en la creación artística. “Ha estallado en todo lo mainstream y es una cosa popular con fenómenos como el de Rosalía, que de repente se vuelve algo muy atractivo”, reflexiona el escultor Javier Viver.
El eco del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial hace resonar cantos corales. En el subterráneo, un grupo de mujeres baila a la luz de un par de velas mientras una cámara las graba. En la biblioteca, una cámara fotografía libros añejos. El binomio arte-espiritualidad se remonta a históricas representaciones como las pinturas rupestres y su función chamánica, a los sarcófagos egipcios pensados para la vida después de la muerte o a las tradiciones budistas que entendían el arte como vehículo de meditación. Durante siglos, la Iglesia católica fue el gran patrocinador artístico en Europa, con sus catedrales góticas o la iconografía bizantina, pero la progresiva secularización de la sociedad fue derivando también en una secularización de la cultura. Sin embargo, en los últimos años la espiritualidad ha vuelto a ser musa en la creación artística. “Ha estallado en todo lo mainstream y es una cosa popular con fenómenos como el de Rosalía, que de repente se vuelve algo muy atractivo”, reflexiona el escultor Javier Viver. Seguir leyendo
El eco del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial hace resonar cantos corales. En el subterráneo, un grupo de mujeres baila a la luz de un par de velas mientras una cámara las graba. En la biblioteca, una cámara fotografía libros añejos. El binomio arte-espiritualidad se remonta a históricas representaciones como las pinturas rupestres y su función chamánica, a los sarcófagos egipcios pensados para la vida después de la muerte o a las tradiciones budistas que entendían el arte como vehículo de meditación. Durante siglos, la Iglesia católica fue el gran patrocinador artístico en Europa, con sus catedrales góticas o la iconografía bizantina, pero la progresiva secularización de la sociedad fue derivando también en una secularización de la cultura. Sin embargo, en los últimos años la espiritualidad ha vuelto a ser musa en la creación artística. “Ha estallado en todo lo mainstream y es una cosa popular con fenómenos como el de Rosalía, que de repente se vuelve algo muy atractivo”, reflexiona el escultor Javier Viver.
Hace seis años, Viver y otros artistas se plantearon crear una residencia que recuperara esta sinergia, con la tradición cristiana católica como punto de partida. “Proponemos que eso que fue una constante se siga manteniendo y que los artistas contemporáneos sigan haciendo piezas que tienen que ver con lo espiritual”, explica desde el claustro del monasterio, donde esta semana se celebra la sexta edición del Observatorio de lo Invisible, la escuela de verano de la Fundación Vía del Arte. Los años anteriores han estado en el Monasterio de Guadalupe, en Cáceres, y enel Monasterio de la Santa Espina, en Valladolid. ¿Por qué eligieron estos espacios? Por su naturaleza espiritual, la abstracción que tiene el encierro y su belleza arquitectónica.

En la residencia participan cerca de 150 personas de distintas edades —desde los 18 hasta más de 60 años— y sin requisitos de formación. Tampoco es necesario ser creyente: hay quienes profesan otras religiones, agnósticos y personas en proceso de búsqueda espiritual. Lo más importante del proyecto, según Viver, es la diversidad y el respeto. “Es un lugar en el que puedes hablar de lo que quieras, en el que no se juzga a nadie y en el que la gente se siente cómoda. El que tiene fe, estupendo, y el que no la tiene, también, porque aquí se trata de hacerse preguntas”. Solo las clases de los talleres son de asistencia obligatoria; todas las actividades religiosas o lúdicas son opcionales.
Los talleres abarcan nueve disciplinas —pintura, relieve, música, danza, teatro, fotografía, escritura, poesía y comisariado—, con profesores como el Premio Nacional de Danza Antonio Ruz, la fotógrafa Rosell Meseguer, el actor Lluís Homar o el cantante Niño de Elche. La experiencia completa tiene un coste de 600 euros, y alrededor del 60% del alumnado está becado por alguna de las instituciones auspiciadoras, como la Fundación Once o las universidades de Navarra, Rey Juan Carlos, Villanueva, CEU San Pablo, Francisco de Vitoria y la Internacional de Catalunya.

Después de la misa (opcional) y del desayuno, a las 10 de la mañana comienzan los talleres. En ninguno se ensucian tanto las manos como en la clase de relieve de la escultora Matilde Olivera. Allí, una decena de alumnos moldea el barro superponiendo material para crear volumen. El resultado final será una obra basada, como cada año, en un elemento de la naturaleza: en esta edición, el viento. La inspiración proviene del lema “Sopló en su nariz aliento de vida”, una frase del Génesis que alude a la creación del ser humano cuando Dios coge el barro y crea a Adán y Eva. Por eso Olivera eligió ese material.
“Cada uno elige el tema que realmente quiere hacer”, explica la profesora: “Hay quien moldea a su abuela, otros las pirámides de Egipto o a la Virgen de Covadonga”. Entre ellos está Rocío Fernández, madrileña de 38 años, que da forma a su perrita Vicky. Es su cuarta participación en el Observatorio y la segunda vez que elige este taller. “Me entretiene, pero sobre todo me hace parar”, cuenta. “En la vida siempre estamos muy acelerados, queriendo que todo salga rápido”.

Fernández describe la experiencia como una forma de “jugar y errar”, especialmente esto último: “Al crecer nos quitan esa capacidad de mancharnos, porque si lo haces, parece que no eres adulto. Mi trabajo no es nada creativo ni manual, utilizo los dedos para teclear y hacer clic”, continúa. “De pronto descubres que tienes fuerza en las manos haciendo cosas que no desarrollas en tu día a día”. Ese interés por probar algo nuevo, añade Olivera, es una de las claves del éxito del programa: “Tienen una curiosidad muy viva, una capacidad de interesarse por lo desconocido y por los demás. Eso se respira todos los días aquí”.

Bajando las escaleras está “la cueva”, donde un grupo de mujeres baila bajo la dirección de la profesora Elisabet Biosca. “La danza está muy relacionada con toda la parte interpretativa y expresiva. Quieras o no, hay una parte muy humana, que se muestra aunque quieras esconderla”, explica. Cuando conoció el proyecto se sorprendió gratamente. “Creo que es muy necesario porque todo el mundo tiene fe. Quizá no lo llamen Dios, pero creo que es algo intrínseco del humano”. El taller no exige ningún requisito e incluso Biosca celebra que sus alumnas sean principiantes y que tengan distintos cuerpos y edades, porque enriquece el proceso de aprendizaje. Lo mismo sucede con el intercambio que se produce entre disciplinas. “En la colaboración entre talleres, todo el mundo está muy abierto a entregarse. Todo esto mezclado con lo espiritual, me parece maravilloso”.
En la biblioteca están los alumnos de José Manuel Ballester, premio Nacional de Fotografía. “El escenario es un privilegio”, dice mientras lo explora con la vista. El potencial de un lugar como este, explica, es que invita a reflexionar sobre la conservación del conocimiento en medio del auge de la tecnología. ¿Qué papel tiene lo espiritual en estos momentos? “Yo hablo de racionalidad e irracionalidad. Para mí lo que concierne al espíritu o a la mente está más vinculado a la condición irracional del ser humano. Una dimensión más difícil de explicar, más compleja”.

Para Ballester, lo más importante es que sus estudiantes reflexionen sobre el papel del fotógrafo: “Lo puedes entender como una misión si te sientes como un iluminado, o como la responsabilidad de aportar a la sociedad”. Nicolás de Maya es uno de estos alumnos. Es un escultor y pintor murciano de 58 años con una larga trayectoria. Ha asistido al Observatorio desde su primera edición —incluso fue profesor en 2024— y ha pasado por todos los talleres. Es creyente y asegura que vive la fe a su propio ritmo. Valora que en este retiro haya gente de distintas procedencias, porque enriquece el debate y permite hacerse nuevos amigos, en lo que él llama sus vacaciones, la desconexión total.

En los pasillos se oyen los ecos de un coro. Las voces se intensifican al acercarse a la capilla, donde el compositor Ignacio Yepes dirige —por sexta vez consecutiva— el taller de música. A veces ensayan en la escalera por su buena acústica, pero la mayor parte del tiempo llenan la bóveda con una polifonía centrada en la vida de la Virgen María, desde un Magnificat hasta un Stabat Mater. Todo ocurre bajo la presencia de un Cristo de bronce de Bernini, instalado al fondo de esta capilla (de unos 250 metros cuadrados). El canto también es la manera de bendecir los alimentos en la comida: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador”.

Durante la tarde hay un par de horas de taller, para después coronar la jornada con un foro y una velada, donde hay algunas muestras artísticas, micrófono abierto, cervezas y celebración. La noche anterior, por ejemplo, vieron el documental Converso y después participaron de un diálogo entre el director David Arratibel y el actor Lluís Homar, la comisaria Maider Montalbán y los filósofos Fabrice Hadjadj y Ernesto Castro. Viver cuenta que fue muy enriquecedor ver reflexionar sobre temas tan profundos a agnósticos y fieles, en un espacio donde también compartieron los alumnos sus propios caminos hacia la fe. “Fue un momento absolutamente memorable”, agrega. Instancias como esas son las especiales, dice, donde se logra una complicidad entre todos, tras días de convivencia, reflexión y aprendizaje. Ese imán de la escuela que hace que muchos quieran volver, una y otra vez.

Es precisamente en momentos como la velada cuando se comparten preocupaciones similares desde circunstancias muy distintas. Kena Rodríguez llegó con “la inquietud de encontrarse con personas que tienen fe, porque ella viene de un contexto completamente laico”. “Pero hace un tiempo siento una llamada”, cuenta la mujer de 31 años: “Últimamente hay mucha oscuridad y discursos muy negativos en los diferentes aspectos de mi vida”. Para ella, “la fuerza y el trabajar por el arte es poder proporcionar experiencias de plenitud”. Aquí, entre cantos corales, bailes a la luz de las velas y elementos religiosos, Rodríguez “busca poner orden a su vida”.
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