Adolfo Suárez y el general Fernando de Santiago casi llegaron a las manos. El militar estaba muy enfadado por la política de reformas del Gobierno del cual era vicepresidente. Estaba respaldado por no pocos militares, hasta 29 de alta graduación. En la reunión, el general gritó a Suárez que la historia española estaba trufada de pronunciamientos militares. El civil le recordó, con un par, que estaba vigente la pena de muerte. En medio de la discusión, De Santiago recordó que llevaba en el bolsillo un papel escrito por Gonzalo Fernández de la Mora, un intelectual que había sido ministro con Franco. El texto tenía argumentos contra la reforma que Suárez quería emprender en septiembre de 1976. El General no lo sacó. Lo arrugó en su bolsillo y salió de la reunión acompañado de su cohorte. No sabía que estaba a punto de ser sustituido por el teniente general Gutiérrez Mellado, y que eso sería determinante para el proceso democrático.
Representante de cuatro ministerios
De Santiago tenía una larga carrera ligada al franquismo desde la Guerra Civil. Arias Navarro lo había nombrado vicepresidente del Gobierno para Asuntos de la Defensa en el primer Gabinete de la Monarquía, y era el representante de los cuatro ministerios militares. Suárez lo heredó para evitar tensiones con los militares inmovilistas. En ese tiempo, el general De Santiago participó en citas decisivas del búnker, como el almuerzo en el restaurante Casa Gerardo en enero de 1976 con José Antonio Girón de Velasco y el teniente general Carlos Iniesta Cano, o la reunión de marzo de ese año con el teniente general Alfonso Pérez Viñeta, en la que se acordó dirigir una carta a Juan Carlos I para expresar el descontento militar por la deriva política de su propio Gobierno. Viendo la apertura a la democracia plena que proponía Suárez, De Santiago acabó discutiendo con Suárez el 8 de septiembre, en plena reunión para explicar el proyecto de Ley de Reforma Política a 29 oficiales. Sin embargo, el ministro del Ejército, Félix Álvarez-Arenas, contuvo su irritación, lo que evitó el conflicto.
No duró mucho. A mediados de septiembre, el Gobierno anunció el desmantelamiento de la Organización Sindical y, por tanto, la libertad de asociación, lo que permitiría salir a la luz a CC OO, USO y UGT, entre otras. Esto sirvió de excusa al general De Santiago para dimitir, aunque su cese estaba cantado. Para despedirse, el militar escribió una carta a sus compañeros de armas denunciando la libertad sindical que iba a permitir salir a la luz a sindicatos responsables, a su juicio, del terror en la zona republicana durante la Guerra Civil. A esto le siguió una carta en el diario «El Alcázar», del ex director de la Guardia Civil, Carlos Iniesta Cano, elogiando el «patriotismo» del general De Santiago al dimitir por no incumplir su promesa de defender las Leyes Fundamentales. Era lo mismo que llamar «perjuros» al Gobierno y al Rey si sancionaba sus normas.
«El Guti»
En este ambiente, Suárez nombró al general Gutiérrez Mellado para sustituir a De Santiago como vicepresidente primero del Gobierno para Asuntos de la Defensa el 23 de septiembre de 1976. El cambio fue significativo. «El Guti», como le llamó la ultraderecha, era liberal, discípulo del defenestrado teniente general Manuel Díez Alegría, que abogaba por profesionalizar el Ejército, subordinarlo al poder civil y mantenerlo fuera de la política. El «shock» entre los generales «azules» fue considerable. Los cuatro ministros militares, encabezados por el almirante Gabriel Pita da Veiga, fueron a protestar al Rey. No veían en Gutiérrez Mellado un hombre con antigüedad ni autoridad para el puesto. A Juan Carlos I no le había hecho gracia la destitución y pase a la reserva del general De Felipe, pero apeló al «patriotismo» de los cuatro ministros. Quizá ese recelo del Rey se debió a que ese «pase» fue ilegal, según dictó un tribunal del Ejército.
La prensa, en general, aplaudió el nombramiento de Gutiérrez Mellado. La revista «Cambio 16» dijo que era la «decisión oficial más importante desde la muerte de Franco». Los diarios «Abc» y «El País» coincidieron en que el cambio garantizaba la «sinceridad del proceso democrático». «Informaciones» apuntaba que Gutiérrez Mellado había sido decisivo en la firma de los últimos acuerdos entre España y EE UU, y mantenía «estrechos lazos con el alto mando de la OTAN», lo que le confería una visión democrática del papel de las fuerzas armadas. Acertaron, porque Gutiérrez Mellado acabó con los ministerios militares, creó del Ministerio de Defensa, prohibió la participación de militares en actividades políticas y creó la Junta de Jefes de Estado, entre otras cosas, que pusieron las bases del fin del poder militar en España, condición básica para la consolidación del sistema democrático en España, y que constituye, junto a su papel el 23-F, el mayor legado de Gutiérrez Mellado.
Con la relación entre Adolfo Suárez y el general Fernando de Santiago al límite, el militar madrileño fue el encargado de tomar el mando de la Vicepresidencia
Adolfo Suárez y el general Fernando de Santiago casi llegaron a las manos. El militar estaba muy enfadado por la política de reformas del Gobierno del cual era vicepresidente. Estaba respaldado por no pocos militares, hasta 29 de alta graduación. En la reunión, el general gritó a Suárez que la historia española estaba trufada de pronunciamientos militares. El civil le recordó, con un par, que estaba vigente la pena de muerte. En medio de la discusión, De Santiago recordó que llevaba en el bolsillo un papel escrito por Gonzalo Fernández de la Mora, un intelectual que había sido ministro con Franco. El texto tenía argumentos contra la reforma que Suárez quería emprender en septiembre de 1976. El General no lo sacó. Lo arrugó en su bolsillo y salió de la reunión acompañado de su cohorte. No sabía que estaba a punto de ser sustituido por el teniente general Gutiérrez Mellado, y que eso sería determinante para el proceso democrático.
Representante de cuatro ministerios
De Santiago tenía una larga carrera ligada al franquismo desde la Guerra Civil. Arias Navarro lo había nombrado vicepresidente del Gobierno para Asuntos de la Defensa en el primer Gabinete de la Monarquía, y era el representante de los cuatro ministerios militares. Suárez lo heredó para evitar tensiones con los militares inmovilistas. En ese tiempo, el general De Santiago participó en citas decisivas del búnker, como el almuerzo en el restaurante Casa Gerardo en enero de 1976 con José Antonio Girón de Velasco y el teniente general Carlos Iniesta Cano, o la reunión de marzo de ese año con el teniente general Alfonso Pérez Viñeta, en la que se acordó dirigir una carta a Juan Carlos I para expresar el descontento militar por la deriva política de su propio Gobierno. Viendo la apertura a la democracia plena que proponía Suárez, De Santiago acabó discutiendo con Suárez el 8 de septiembre, en plena reunión para explicar el proyecto de Ley de Reforma Política a 29 oficiales. Sin embargo, el ministro del Ejército, Félix Álvarez-Arenas, contuvo su irritación, lo que evitó el conflicto.
No duró mucho. A mediados de septiembre, el Gobierno anunció el desmantelamiento de la Organización Sindical y, por tanto, la libertad de asociación, lo que permitiría salir a la luz a CC OO, USO y UGT, entre otras. Esto sirvió de excusa al general De Santiago para dimitir, aunque su cese estaba cantado. Para despedirse, el militar escribió una carta a sus compañeros de armas denunciando la libertad sindical que iba a permitir salir a la luz a sindicatos responsables, a su juicio, del terror en la zona republicana durante la Guerra Civil. A esto le siguió una carta en el diario «El Alcázar», del ex director de la Guardia Civil, Carlos Iniesta Cano, elogiando el «patriotismo» del general De Santiago al dimitir por no incumplir su promesa de defender las Leyes Fundamentales. Era lo mismo que llamar «perjuros» al Gobierno y al Rey si sancionaba sus normas.
«El Guti»
En este ambiente, Suárez nombró al general Gutiérrez Mellado para sustituir a De Santiago como vicepresidente primero del Gobierno para Asuntos de la Defensa el 23 de septiembre de 1976. El cambio fue significativo. «El Guti», como le llamó la ultraderecha, era liberal, discípulo del defenestrado teniente general Manuel Díez Alegría, que abogaba por profesionalizar el Ejército, subordinarlo al poder civil y mantenerlo fuera de la política. El «shock» entre los generales «azules» fue considerable. Los cuatro ministros militares, encabezados por el almirante Gabriel Pita da Veiga, fueron a protestar al Rey. No veían en Gutiérrez Mellado un hombre con antigüedad ni autoridad para el puesto. A Juan Carlos I no le había hecho gracia la destitución y pase a la reserva del general De Felipe, pero apeló al «patriotismo» de los cuatro ministros. Quizá ese recelo del Rey se debió a que ese «pase» fue ilegal, según dictó un tribunal del Ejército.
La prensa, en general, aplaudió el nombramiento de Gutiérrez Mellado. La revista «Cambio 16» dijo que era la «decisión oficial más importante desde la muerte de Franco». Los diarios «Abc» y «El País» coincidieron en que el cambio garantizaba la «sinceridad del proceso democrático». «Informaciones» apuntaba que Gutiérrez Mellado había sido decisivo en la firma de los últimos acuerdos entre España y EE UU, y mantenía «estrechos lazos con el alto mando de la OTAN», lo que le confería una visión democrática del papel de las fuerzas armadas. Acertaron, porque Gutiérrez Mellado acabó con los ministerios militares, creó del Ministerio de Defensa, prohibió la participación de militares en actividades políticas y creó la Junta de Jefes de Estado, entre otras cosas, que pusieron las bases del fin del poder militar en España, condición básica para la consolidación del sistema democrático en España, y que constituye, junto a su papel el 23-F, el mayor legado de Gutiérrez Mellado.
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