Escuchar los discursos que se despliegan en la Asamblea General de la ONU se ha transformado en una visita al túnel del horror. Como un descenso órfico del que, sabemos, jamás podremos rescatar a Eurídice, los distintos mandatarios exhiben un vocabulario que alerta sobre catástrofes presentes o próximas, a veces, ayudados por cierto talante diplomático, otras veces —tal es el caso de Trump—, con el exceso narcisista de la hegemonía. “Las grietas del mundo se han convertido en abismos”, aseguró el secretario general, António Guterres, quien ya advirtió de que habíamos abierto “las puertas del infierno” debido al agravamiento de la emergencia climática. El portugués, dueño de una elocuencia con la que intenta conmover el escaso raciocinio vigente entre los líderes mundiales más poderosos, así como movilizar una voluntad popular desencantada —cuando no depauperada—, no suele prodigar eufemismos; por eso, ha dicho que “los robots asesinos” no deberían encontrar su sitio en nuestro tiempo venidero, y es de los pocos que asume claramente la verdad de la fractura generacional: “El desequilibrio de poder más profundo… una generación está consumiendo el futuro de la siguiente”. Pero una puede notar que este lenguaje, franco y loable, que halla réplicas en otros cargos políticos, surte un exiguo efecto cuando millones de personas están dispuestas a votar a una ultraderecha tan nihilista como destructiva. A saber: la catábasis es ineficaz; sólo funciona en aquéllos —una minoría— cuyo pavor informado aun no fue contaminado.
¿Tendremos vocablos con que combatir la ausencia de porvenir que nos espera?
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
¿Tendremos vocablos con que combatir la ausencia de porvenir que nos espera?
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Escuchar los discursos que se despliegan en la Asamblea General de la ONU se ha transformado en una visita al túnel del horror. Como un descenso órfico del que, sabemos, jamás podremos rescatar a Eurídice, los distintos mandatarios exhiben un vocabulario que alerta sobre catástrofes presentes o próximas, a veces, ayudados por cierto talante diplomático, otras veces —tal es el caso de Trump—, con el exceso narcisista de la hegemonía. “Las grietas del mundo se han convertido en abismos”, aseguró el secretario general, António Guterres, quien ya advirtió de que habíamos abierto “las puertas del infierno” debido al agravamiento de la emergencia climática. El portugués, dueño de una elocuencia con la que intenta conmover el escaso raciocinio vigente entre los líderes mundiales más poderosos, así como movilizar una voluntad popular desencantada —cuando no depauperada—, no suele prodigar eufemismos; por eso, ha dicho que “los robots asesinos” no deberían encontrar su sitio en nuestro tiempo venidero, y es de los pocos que asume claramente la verdad de la fractura generacional: “El desequilibrio de poder más profundo… una generación está consumiendo el futuro de la siguiente”. Pero una puede notar que este lenguaje, franco y loable, que halla réplicas en otros cargos políticos, surte un exiguo efecto cuando millones de personas están dispuestas a votar a una ultraderecha tan nihilista como destructiva. A saber: la catábasis es ineficaz; sólo funciona en aquéllos —una minoría— cuyo pavor informado aun no fue contaminado.
Pensemos en las amenazas que flotaron en ese enclave neoyorquino y no pertenecían al imaginario colectivo apenas una década atrás: la existencia de una inteligencia artificial desbocada en manos de tecnoligarcas, el fantasma de una posible guerra mundial con armas nucleares y/o autoguiadas por su propia configuración tecnológica, o la desaparición de la democracia y las garantías legales de un orden internacional basado en normas, junto a la crisis ecosocial, siempre desestimada de las agendas multilaterales más allá de la fachada del capitalismo verde. Todas ellas, en sus distintas versiones, poblaron los parlamentos de personalidades como Lula da Silva o Pedro Sánchez, quienes esgrimieron argumentos sólidos en clave electoral. El presidente español se atrevió incluso a mencionar Ceuta, ese caos migratorio que circula globalmente en videos aupados y compartidos por los sectores más ultras: “La tentación es ceder al miedo, convertir al migrante en enemigo, y vulnerar la legalidad, pero España no va a hacerlo”. A pesar de su arrojo, y de las denuncias veladas a Estados Unidos por el ataque constante a unos principios que el Gobierno secunda, la sensación de vacío semántico perdura, y no sólo porque Sánchez se encuentre en minoría en mitad de una Europa acosada por el este y el oeste, sino, sobre todo, debido a un cansancio generalizado de la hipérbole, que únicamente agita conciencias cuando aparece envuelta en matonismo.
El capitalismo ha vaciado las palabras; todo representante de la soberanía está moralmente obligado a reconocer este hecho innegable. Teóricos como Mark Fisher, Víctor Klemperer o Thomas Frank ya alertaron sobre cómo algunos regímenes autoritarios se valieron del lenguaje de la publicidad para construir mensajes de un calado desmedido en las subjetividades mientras, a su vez, las estrategias de marketing fagocitaban la poesía de los movimientos sociales, ese lugar donde suele brotar la creatividad más genuina. Así, los lemas de mayo del 68 se utilizaron para vender coches, tanto como algunas vanguardias habían nutrido el fascismo durante la primera mitad del siglo XX. Posteriormente, el neoliberalismo se valió de dichas técnicas, ya perfeccionadas, para devolvernos un idioma despojado de sentido, que ha perdido su razón de ser así trate la hambruna en Gaza o la intolerable existencia en un centro de detención del ICE. Nos hemos ido anestesiando —podría decirse—, aclimatando a la insipidez del lexicón del mismo modo que un templo del siglo X no desata ningún síndrome de Stendhal si lo contemplamos en mitad del bullicio de las hordas turísticas. ¿Por qué habrían, entonces, de sorprendernos las menciones a la crueldad extrema, a una deflagración de magnitud nunca antes vista, o la desaparición de nuestros espacios habitables? ¿Tendremos vocablos con que combatir la ausencia de porvenir que nos espera?
Pedro Sánchez se refirió a quienes intentan resucitar un “pasado oscuro” a partir de “un intento de demolición planificada, coordinada… que en realidad va contra las corrientes de la historia”. Pero la historia no es un río de caudal sabiamente delineado por la naturaleza, e incluso el curso fluvial se desvía o embalsa para la desgracia de los peces. Más bien, la humanidad ha ido experimentando un caleidoscopio de discontinuidades que ahora estallan contra una pulsión de muerte consensuada en los despachos más influyentes. Si queremos que la violencia, el control digital masivo y el daño imperdonable que se le está causando a la infancia vuelvan a engendrar asombro, es preciso una revolución cultural que pase por el idioma, materia de la memoria y la identidad. Trump ya lo hizo, desde el antagonismo: “¿Aniquilo a la República Islámica de Irán?, ¿los conduzco al infierno?”. Ahora nos toca a nosotros.
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