«Segunda temporada»: drogas, trap y crisis existencial en el retrato más desvergonzado de la generación Z

Hay un momento de «Segunda temporada» en el que Paula (Berta Prieto) está mandando fotos de su vagina para que un doctor (peculiar, ya lo verán) examine el herpes que le ha salido. La cámara se adentra entonces en la cavidad vaginal, que, a mitad de trayecto, se transforma en una bonita estampa astral y acaba dando paso a un videoclip de trap. No es un spoiler gratuito, sino un aviso. Yo encontré aquí una genialidad, pero sé que otros verán una chorrada. A estos últimos, si estáis leyendo esto, os invito a no seguir. Así estaremos todos más cómodos.

La nueva serie original de Filmin, recién llegada a la plataforma, supone el segundo encuentro entre la compañía española y el equipo creativo detrás de «Autodefensa» (2022), de la que viene a ser una suerte de secuela espiritual. Al frente están Miguel Ángel Blanca, que dirige los siete episodios y firma como cocreador y coguionista junto a Berta Prieto, que también la protagoniza. Precisamente, Prieto llegó a personificar en su momento la reacción tremendamente divisiva que despertó aquella serie. Mientras unos veían algo auténtico y fresco (el propio Pablo Iglesias la definió como una «puta maravilla»), la crítica más tradicional no tardó en tacharla de soberbia, vacía y empeñada en la provocación gratuita. Y cargó las tintas contra su jovencísima creadora, que por aquel entonces tenía 24 años (algo, por lo visto, ¿prohibido? en el sesudo mundo audiovisual). Algo debieron de ver Jaume Ripoll y compañía para, entre tanto ruido, decidirse a apostar de nuevo por ellos.

Aquí, Blanca y Prieto vuelven a la carga sin un ápice de arrepentimiento. Y sin molestarse en disimular —especialmente su protagonista, porque el director es algo mayor— a qué generación pertenecen, en qué mundo se han criado y cuáles son sus referentes (que también son los míos, lo que explica mi sesgo). La historia sigue a Paula Ferrara, una joven escritora que, como tantas hoy en día, tocó la cima con un libro celebrado como «la voz de su generación»: «El coño y la navaja». Ahora vive a base de benzodiacepinas y se gana la vida como escritora fantasma para fenómenos de internet como Aitana, una niña anoréxica que ha monetizado su trastorno con títulos tan sugerentes y familiares como «Las luciérnagas brillan en la oscuridad», o Monty, un gato con síndrome de Down. Uno de esos encargos la lleva a escribir las memorias de Lil Rogelio (Adán Domínguez, más conocido como Oktoba por su faceta musical), un trapero recién salido de prisión que está, como se conoce popularmente, «cancelado».

Este es solo el punto de partida de un viaje en el sentido más amplio de la expresión. A la ficción española se le suele pedir, no sin razón, que sea «original», «fresca», que haga algo distinto. «Segunda temporada» lo hace y, sin embargo, algo me dice que esos mismos que reclaman originalidad la machacarán. Lo harán porque les escame la naturalidad con la que se habla (y se muestra) de drogas, sexo y cuerpos, o porque sean recurrentes temas como el trap y todo lo que implica, la cultura de internet y los problemas «del primer mundo»: sentirse estancado profesionalmente, insatisfecho en una relación o tener miedo a caer en la mediocridad. También los del «primerísimo primer mundo» (el de los oficios creativos), como el síndrome del impostor, la culpa por fagocitar a otros y sus historias en beneficio propio o la presión por seguir siendo esa voz generacional. Todo está contado desde la más absoluta desvergüenza, pasando del tan mal llamado «posthumor» a las ensoñaciones lynchianas, jugando con los formatos y sin miedo alguno a mostrar, recrearse y divagar. Quizás demasiado: la trama se deshilacha por momentos, algunos personajes y conflictos quedan olvidados por el camino y el viaje acaba adquiriendo un aire un tanto psicotrópico.

Puedo suscribir algunas de esas razones. Puedo incluso estar de acuerdo con ellas desde lo racional. Mismamente, una serie con la que surgirán comparaciones, «I Love LA», de Rachel Sennott, no me convenció precisamente por varias de ellas. Y, sin embargo, a mí «Segunda temporada» me parece un cañón. Un retrato de la generación Z, la mía, acostumbrada a ser subestimada, menospreciada y tachada de privilegiada y «de cristal». Un retrato en el que pueden convivir aquel viral del tipo que echaba pasta de dientes a las Oreo para dárselas a un indigente y temas mucho menos superficiales, como el síndrome del salvador o lo efímero de nuestros mitos. Un retrato que, quizás anticipadamente, no puedo hacer otra cosa que defender con uñas y dientes, deseando que, cuando empiecen a llegar las reacciones, no esté solo. Ceci siempre gana.

 Berta Prieto y Miguel Ángel Blanca vuelven a explorar las contradicciones de su tiempo con una ficción que convierte la fama efímera, la frustración creativa y el miedo al fracaso en un delirante ejercicio de libertad  

Hay un momento de «Segunda temporada» en el que Paula (Berta Prieto) está mandando fotos de su vagina para que un doctor (peculiar, ya lo verán) examine el herpes que le ha salido. La cámara se adentra entonces en la cavidad vaginal, que, a mitad de trayecto, se transforma en una bonita estampa astral y acaba dando paso a un videoclip de trap. No es un spoiler gratuito, sino un aviso. Yo encontré aquí una genialidad, pero sé que otros verán una chorrada. A estos últimos, si estáis leyendo esto, os invito a no seguir. Así estaremos todos más cómodos.

La nueva serie original de Filmin, recién llegada a la plataforma, supone el segundo encuentro entre la compañía española y el equipo creativo detrás de «Autodefensa» (2022), de la que viene a ser una suerte de secuela espiritual. Al frente están Miguel Ángel Blanca, que dirige los siete episodios y firma como cocreador y coguionista junto a Berta Prieto, que también la protagoniza. Precisamente, Prieto llegó a personificar en su momento la reacción tremendamente divisiva que despertó aquella serie. Mientras unos veían algo auténtico y fresco (el propio Pablo Iglesias la definió como una «puta maravilla»), la crítica más tradicional no tardó en tacharla de soberbia, vacía y empeñada en la provocación gratuita. Y cargó las tintas contra su jovencísima creadora, que por aquel entonces tenía 24 años (algo, por lo visto, ¿prohibido? en el sesudo mundo audiovisual). Algo debieron de ver Jaume Ripoll y compañía para, entre tanto ruido, decidirse a apostar de nuevo por ellos.

Aquí, Blanca y Prieto vuelven a la carga sin un ápice de arrepentimiento. Y sin molestarse en disimular —especialmente su protagonista, porque el director es algo mayor— a qué generación pertenecen, en qué mundo se han criado y cuáles son sus referentes (que también son los míos, lo que explica mi sesgo). La historia sigue a Paula Ferrara, una joven escritora que, como tantas hoy en día, tocó la cima con un libro celebrado como «la voz de su generación»: «El coño y la navaja». Ahora vive a base de benzodiacepinas y se gana la vida como escritora fantasma para fenómenos de internet como Aitana, una niña anoréxica que ha monetizado su trastorno con títulos tan sugerentes y familiares como «Las luciérnagas brillan en la oscuridad», o Monty, un gato con síndrome de Down. Uno de esos encargos la lleva a escribir las memorias de Lil Rogelio (Adán Domínguez, más conocido como Oktoba por su faceta musical), un trapero recién salido de prisión que está, como se conoce popularmente, «cancelado».

Este es solo el punto de partida de un viaje en el sentido más amplio de la expresión. A la ficción española se le suele pedir, no sin razón, que sea «original», «fresca», que haga algo distinto. «Segunda temporada» lo hace y, sin embargo, algo me dice que esos mismos que reclaman originalidad la machacarán. Lo harán porque les escame la naturalidad con la que se habla (y se muestra) de drogas, sexo y cuerpos, o porque sean recurrentes temas como el trap y todo lo que implica, la cultura de internet y los problemas «del primer mundo»: sentirse estancado profesionalmente, insatisfecho en una relación o tener miedo a caer en la mediocridad. También los del «primerísimo primer mundo» (el de los oficios creativos), como el síndrome del impostor, la culpa por fagocitar a otros y sus historias en beneficio propio o la presión por seguir siendo esa voz generacional. Todo está contado desde la más absoluta desvergüenza, pasando del tan mal llamado «posthumor» a las ensoñaciones lynchianas, jugando con los formatos y sin miedo alguno a mostrar, recrearse y divagar. Quizás demasiado: la trama se deshilacha por momentos, algunos personajes y conflictos quedan olvidados por el camino y el viaje acaba adquiriendo un aire un tanto psicotrópico.

Puedo suscribir algunas de esas razones. Puedo incluso estar de acuerdo con ellas desde lo racional. Mismamente, una serie con la que surgirán comparaciones, «I Love LA», de Rachel Sennott, no me convenció precisamente por varias de ellas. Y, sin embargo, a mí «Segunda temporada» me parece un cañón. Un retrato de la generación Z, la mía, acostumbrada a ser subestimada, menospreciada y tachada de privilegiada y «de cristal». Un retrato en el que pueden convivir aquel viral del tipo que echaba pasta de dientes a las Oreo para dárselas a un indigente y temas mucho menos superficiales, como el síndrome del salvador o lo efímero de nuestros mitos. Un retrato que, quizás anticipadamente, no puedo hacer otra cosa que defender con uñas y dientes, deseando que, cuando empiecen a llegar las reacciones, no esté solo. Ceci siempre gana.

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