El debate | ¿Existen las oleadas ideológicas?

El ciclo electoral en el que se haya sumido prácticamente todo el mundo, con importantes comicios en Europa, Estados Unidos y Latinoamérica entre otros apuntan a un desplazamiento en el voto desde la izquierda a la derecha, aunque se están produciendo importantes excepciones. ¿Se trata de un movimiento cíclico y previsible o esto es una lectura demasiado simple?

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 Con las elecciones en ciernes en varios países se habla y escribe de cambios de ciclo político y movimientos pendulares en el voto entre otros conceptos, pero la cuestión es sí este proceso es real o se trata de una interpretación errada  

El ciclo electoral en el que se haya sumido prácticamente todo el mundo, con importantes comicios en Europa, Estados Unidos y Latinoamérica entre otros apuntan a un desplazamiento en el voto desde la izquierda a la derecha, aunque se están produciendo importantes excepciones. ¿Se trata de un movimiento cíclico y previsible o esto es una lectura demasiado simple?

Para el corresponsal político y económico de EL PAÍS, Claudi Pérez, ese giro donde la ultraderecha reina en el panorama político no tiene porqué ser tal. Por su parte Ángel Munárriz, periodista de la sección de Nacional de EL PAÍS, sostiene que el cambio de paradigma ya ocurrió y sigue vigente y no hay más que mirar el triunfo del Brexit o la primera llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.


Kanagawa, un sí pero no

CLAUDI PÉREZ

Desde que hay historiadores, hace unos 25 siglos, hemos tenido noticia de los ciclos, mareas, olas que marcan el ascenso y caída de civilizaciones, de regímenes, de ideologías. Las ondas, fundamentales para la acústica (y para la escritura), son omnipresentes en la naturaleza, pero también en la organización de las sociedades. El economista ruso Nikolai Kondratief creía que los movimientos ondulares, además de su innegable belleza matemática, explicaban la economía política; descubrió que además de los ciclos cortos (las olas surfeables) hay ciclos más extensos, ondas largas que se precipitan en la orilla cada medio siglo y que provocan grandes cambios estructurales dentro del propio sistema. Kondratief predijo la Gran Depresión, que dejó como herencia el fascismo. Sus modelos vaticinaban la crisis de los setenta, con el auge de los neocon, y de nuevo la crisis actual, la Gran Recesión, que legó el ascenso imparable de los populismos y de alguna manera sigue con nosotros.

Esas mismas oscilaciones se dan también en política, en parte por sus lazos inextricables con la economía: cuando la economía enferma la política corre el riesgo de quebrarse. La economía enfermó hace década y media con un cóctel de virus: desigualdad, deterioro del poder adquisitivo, financiarización, desindustrialización y el más peligroso de todos ellos, el miedo. Ese cuadro médico nos ha traído una ola de derechas, o de derechas extremas, porque el centroderecha está cayendo en la tentación de aliarse con los ultras, y una recesión democrática como no habíamos visto en un siglo.

Esa ola no avanza en línea recta; tiene flujos y reflujos, como el acento brasileiro de los últimos días. Pero llega con una fuerza inusitada: el péndulo no ha tocado techo y es posible que la marea suba más antes de empezar a retirarse. En apenas dos semanas tenía cuatro tests —Brasil, Serbia, Israel y EE UU—, y va perdiendo 0-2. El superciclo electoral de los próximos meses (España, Polonia, Italia y Francia, entre otros) es una especie de examen final, porque está en juego ese objeto político no identificado que es la UE, con su poder blando, sus valores universales y su querencia por la democracia liberal en pleno auge de la geopolítica caníbal.

En el último siglo vimos un puñado de olas poderosísimas. Tras la revolución industrial y el sufragio universal, a Europa y EE UU llegaron la Gran Depresión y los fascismos (siempre son curiosas las rimas de la historia, porque en las potencias del Eje gobiernan hoy Meloni, con sus camisas negras, Sanae Kataichi, una ultraconservadora, y Alternativa para Alemania manda en los sondeos). Y tras la Segunda Guerra Mundial surgió el consenso keynesiano, con los liberales al mando en el Oeste, y el comunismo en el Este. Cayó el Muro y con él se desataron todas las bridas, y neoconservadores como Reagan y Thatcher pusieron el mundo patas arriba: esa ola de Kanagawa, convertida casi en un tsunami, está a punto de besar las costas de Europa después de alojar en Washington a Trump y sus tecnomariachis, en una suerte de reducción al absurdo de la democracia, y de colocar alfiles en El Salvador, Chile, Argentina, Colombia y varios países europeos.

La historia es un río caudaloso y violento cuando se desborda y lo inunda todo a su paso. Y sin embargo en algún momento el agua se remansa, como en el poema de Ángel González. No soy optimista sobre la posibilidad de que eso suceda a la corta. Porque me acuerdo de Zweig (“una generación lanzada por el destino a una sacudida universal tan violenta como una catarata”) y de Flaubert (“de vez en cuando viene una avalancha de mierda y lo sacude todo”), y porque la política actual parece una ópera de Wagner con un libreto firmado por los guionistas de Los Soprano. Ganan los malos, pero el Apocalipsis casi siempre defrauda a sus profetas, así que termino con Václav Havel: “La esperanza no es la convicción de que las cosas saldrán bien, sino la certidumbre de que algo tiene sentido, sin importar su resultado final”. La ola viene con rabia, con lo que Pankaj Mishra ha llamado la edad de la ira, pero los sabios hablan de esperanza. De resistir. Resistir: no renunciar demasiado.

Kondratief fue asesinado por sus ideas, por cierto.


El cambio ya ocurrió

ÁNGEL MUNÁRRIZ

Claro que existen las oleadas ideológicas: justo estamos en medio de una. En buena parte de Occidente, la derecha avanza, conquista el poder o se acerca, seduciendo a crecientes sectores sociales. Y no gracias a una moderación de sus planteamientos, sino mientras se embrutece en forma y fondo, mientras liquida su herencia liberal-conservadora y se entrega al nacionalismo xenófobo, exalta la fuerza, normaliza la crueldad y se mofa de cualquier inspiración humanista o ilustrada de la política. Esa es la tendencia.

¿Lo demás? Excepciones que no alcanzan a poner en cuestión el patrón. Ahora, por ejemplo, ha ganado Lula. Y ya empieza a oírse: ¡cambio de viento! Sumado a la derrota del autoritario prorruso Vucic en Serbia, el triunfo de Lula ya no sería anécdota, sino categoría. Es más, si cae Netanyahu y Trump sale debilitado de las legislativas, podría empezar a darse por neutralizada la embestida ultra, añaden los profetas del pendulazo. Ah, y ya si España le diera un portazo a la alianza del PP y Vox, quedaría claro que la sociedad ha despertado de su letargo ante el riesgo de un gobierno determinado —o integrado— por la ultraderecha. Todo cuadraría con la tesis del cambio.

Pero cuidado con el ventajismo retrospectivo en que se puede incurrir al coger unos cuantos resultados y hacerlos encajar en una teoría construida a posteriori. Es un ejercicio peligroso, más aún porque desde ahí es fácil extenderse a un pronóstico sobre las elecciones venideras que dé la razón a la premisa ya dada por buena. Como discurso subjetivista, puede valer; como análisis, no. Baste imaginar que hubiera ganado Bolsonaro, que se ha quedado a 1,9 puntos de superar el 50%. De haber ocurrido, también habría sido fácil anudar su triunfo a los de Kast en Chile y De la Espriella en Colombia para concluir que América cae sin remisión del lado ultra. Lo siguiente sería Europa, se advertiría entonces. Primero, España; el año que viene, Francia; finalmente, Alemania. Y entonces, lasciate ogni speranza. Adiós a Europa. También cuadra, ¿no?

Así que conviene prescindir de las conclusiones campanudas en base a un puñado de resultados sueltos. Quedémonos con los rasgos del fenómeno imperante: la derecha se endurece y crece mientras lo hace. En ocasiones, ya ha llegado al poder. En otras, va en su búsqueda. Todo ello no impide que sufra altibajos y fracasos, ni tampoco que a veces ganen fuerzas que erigen su discurso justo en la necesidad de reaccionar ante su avance, como las izquierdas desacomplejadas de Mamdani en Nueva York y Die Linke en Berlin, pero también como los movimientos transversales que han derrotado a Orbán en Hungría y Vucik en Serbia. Es más, no es descartable que un triunfo de la resistencia contra el nacionalismo populista pueda inspirar al siguiente. Pero incluso si es así, las excepciones quedan lejos de mostrar un cambio de paradigma.

Porque el cambio de paradigma ya ocurrió y sigue vigente. Es el que llevó al Reino Unido al brexit, a Trump a la Casa Blanca y a la ultraderecha a ser competitiva en todas partes, a ganar cada vez más y a ser capaz, cuando pierde, de levantarse y volver a probar con renovado brío. Esa es la corriente de fondo, y las poderosas fuerzas que la impulsan hacen poco probable que se invierta. ¿Qué fuerzas? Una, el descontento con los actores centrales del sistema que dejó en herencia la Gran Recesión, causante de lesiones sociales nunca curadas. Dos, la erosión psíquica por la pandemia, detonadora de múltiples formas de repliegue e individualismo. Tres, las redes. Controladas por algunos de los mayores capitales jamás concentrados en la historia de la economía, su funcionamiento privilegia la iniquidad, el resentimiento y el pensamiento binario, especialidades de la derecha rampante. Cuatro, la consolidación de la inmigración, presentada como amenaza, como marco principal de debate. Cinco, la rendición ideológica de la derecha clásica, fascinada por el atractivo de su vecino gamberro. Seis, la incapacidad de la izquierda para armar una impugnación convincente de las bases del sistema, que deja vía libre a los predicadores del agravio.

Si esos factores persisten, persistirá esta oleada. Habrá momentos de marea alta y de marea baja, pero siempre dentro de una incesante subida del nivel de las aguas.

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