En 2022 sucedió algo poco frecuente: los críticos literarios del Reino Unido se pusieron de acuerdo. Alison(Errata Naturae, 2023), de Lizzy Stewart, fue, sin duda, una de las obras del año. The Telegraph y The Guardian la coronaron como la novela gráfica de la temporada. Para el Irish Times fue, sencillamente, el mejor libro del año. Stewart, ilustradora de libros infantiles y autora de un ensayo gráfico, Walking Distance, firmaba con Alison su primera incursión en la ficción para adultos. La obra, un retrato del mundillo del arte londinense durante las décadas finales del siglo XX visto a través de los ojos de una joven advenediza, combinaba con elegancia el texto escrito y el cómic y conformaba un trabajo híbrido que sacudió el apelmazado panorama de la historieta británica contemporánea.
Tras el éxito de Alison, vuelve una de las voces más renovadoras de la novela gráfica con una reflexión sobre la amistad y las expectativas: «Es fácil olvidar las consecuencias de tus actos cuando te diviertes»
En 2022 sucedió algo poco frecuente: los críticos literarios del Reino Unido se pusieron de acuerdo. Alison(Errata Naturae, 2023), de Lizzy Stewart, fue, sin duda, una de las obras del año. The Telegraph y The Guardian la coronaron como la novela gráfica de la temporada. Para el Irish Times fue, sencillamente, el mejor libro del año. Stewart, ilustradora de libros infantiles y autora de un ensayo gráfico, Walking Distance, firmaba con Alison su primera incursión en la ficción para adultos. La obra, un retrato del mundillo del arte londinense durante las décadas finales del siglo XX visto a través de los ojos de una joven advenediza, combinaba con elegancia el texto escrito y el cómic y conformaba un trabajo híbrido que sacudió el apelmazado panorama de la historieta británica contemporánea.
Tras el fulgurante éxito, Stewart sentía el peso de la responsabilidad a la hora de emprender su siguiente trabajo. Puso la primera pieza de forma casi accidental. En un documental sobre el artista inglés Eric Ravilious descubrió que éste había vivido una temporada junto a su pareja y otro matrimonio de pintores en una casa común que llamaron Brick House. Este singular escenario de convivencia encendió la mecha de La Ruina, el esperado nuevo libro de la dibujante residente en Londres que publica en España Lumen. ¿Qué pasaría si dos parejas de amigos, pese a sus múltiples diferencias, decidieran vivir juntos como proyecto vital?
En La Ruina, los enamorados Charlotte y Bill aceptan la oferta propuesta por una pareja de viejos amigos de ella, Francesca y Adrian: vivir todos juntos en una casa señorial de su propiedad por la que pagarán un módico alquiler y que bautizarán como La Ruina. Aunque el resultado puede anticiparse en el premonitorio título del libro, el resultado es un viaje sentimental construido con una prosa exquisita (traducida al español por Regina López Muñoz, que ganó el Premio Sophie Castille a la mejor traducción por Alison) y dibujado con sencillez, ternura e inteligencia. Hablamos con Stewart por videoconferencia sobre la complejidad que encierra una obra de más de 300 páginas que combina prosa, cómic e ilustración con una naturalidad desarmante.
«Cuando eres dibujante miras una imagen y extraes un relato, absorbes la información», explica desde su biblioteca. «Al ver la casa de Ravilious en el documental me sorprendió su potencial narrativo, pero también la historia que ya existía dentro de ella. Es la magia de las imágenes, son colaborativas: la persona que las mira las lleva a su universo y extrapola sus ideas. En aquel momento, yo estaba reflexionando sobre lo que quería escribir, sobre el tipo de relaciones que quería abordar, y esa imagen de la casa compartida me atrapó de inmediato y resolvió el problema de cómo arrancar mi libro».
Tras aquella primera idea visual, tocaba ponerse a escribir: «Redacto todo el guion primero. Sé que en una página habrá texto y luego algunas imágenes, así que escribo por secciones: primero planteo un tema, una idea, y luego quizás escribo un diálogo, y luego otra sección… No es exactamente un puzle pero se parece, trabajo por bloques que puedes mover alrededor de las páginas. Luego puedo llegar a cambiarlos para que el proceso narrativo fluya y se sienta natural, que una idea lleve a una escena visual y luego a otra idea en forma de texto. Cuando monto el esquema en el ordenador utilizo mucho el zoom para acercarme y alejarme, eso me proporciona una buena visión del resultado completo».
Su proceso creativo tiene más que ver con la edición que con la escritura: «Pienso en el libro como un todo. Primero me tomé un año para escribir y editar. El dibujo lo hice después y me llevó alrededor de diez meses, todo ello compaginado con las clases de ilustración que imparto, pero la parte más compleja ya estaba hecha. Dicho así, parece que soy muy ordenada y estructurada, aunque en realidad me dejo llevar mucho por la intuición», reconoce. El resultado es una lectura fluida pese a la sofistificación formal de la obra: «En Alison había más imágenes que palabras, pero aquí me he sentido más segura a la hora de escribir. Creo que con todos los problemas de concentración que tenemos, hay algo bueno en un libro que requiere una manera diferente de leer, donde puedes ir un poco más lento con el texto y acelerar con el cómic. Me gusta la experiencia lectora que estoy tratando de crear», afirma.
La decisión de qué contar con qué técnica es la clave de su entramado formal: «Trato de descubrir qué lenguaje es más natural, si uso una imagen es porque es la mejor manera de explicar ese sentimiento, y si uso texto es porque no puedo comunicar ese pensamiento lo suficientemente bien con el cómic». Stewart incluye también dibujos a color que remiten a su trabajo como ilustradora: «Son más psicológicos, más abstractos. Me sirven como pausa y recapitulación, y espero que al lector también».
Sin embargo, la artista deja que la primera persona narrativa recaiga en las partes de texto y utiliza el cómic para la observación del narrador omnisciente: «Espero que a través del cómic se balancee la percepción de las cosas que cuenta la protagonista, que haya algún equilibrio. Creo que es al revés de lo que el lector esperaría: la gente asume que el cómic describe estados emocionales, pero en verdad son realidades bastante físicas que constituyen la parte sólida, porque como dibujante estás narrando, estás haciendo elecciones, estás tomando decisiones con el elevado nivel de autoridad que te proporcionan las propias imágenes».
«Las mujeres nos sentimos más libres para ser más valientes con nuestros sentimientos que hace 30 años»
El personaje de Charlotte toma la voz cantante durante buena parte del libro. Envidiosa, contradictoria, inteligente y bastante insegura, Charlotte lucha contra sus propios prejuicios de clase (proviene de una familia trabajadora) y contra un patriarcado blando, sutil, que la acompaña durante toda su trayectoria como estudiante y como profesional (es crítica literaria en revistas locales): «Se siente vulnerable y no quiere mostrarlo. Le cuesta comunicarse todo el tiempo. No la disculpo, pero es difícil crecer en ese entorno, con tanto juicio externo». La irrupción de Francesca de nuevo en su vida con su disparatada oferta soluciona sus problemas de vivienda, un drama de plena vigencia hoy día en toda Europa. «Yo siempre he vivido de alquiler y claro que estás permanentemente en alerta, pero no tomaría la misma decisión que Charlotte y Bill», asegura la autora. «Es una idea extraña, todos sus amigos los disuaden, pero ellos se lanzan sin pensarlo mucho. Creen que no tiene por qué salir mal».
La intimidad que se desarrolla en La Ruina resulta más digerible para los hombres que para las mujeres: «Me encanta esa voluntad de los hombres de ser hermanos rápidamente: siempre encuentran un deporte o un videojuego que compartir. Claro que hay amistades masculinas que se convierten en tóxicas, pero normalmente existe una dulzura envidiable. Entiendo por qué a Charlotte la pone un poco celosa». Charlotte y Francesca, en cambio, y pese a haber sido grandes amigas en la juventud, tienen más problemas para reconstruir su relación: «Buena parte de la obra se desarrolla en los años 90 y el contexto era otro…», justifica su creadora. «Creo hoy las mujeres nos sentimos más libres para ser más valientes con nuestros sentimientos entre nosotras. Incluso, a veces nos permitimos comportarnos como nadie espera».
El detonante del naufragio de la vida cotidiana en La Ruina se cocina a fuego lento durante el desarrollo de la historia. No lo revelaremos aquí aunque no será del todo una sorpresa para el lector; sí lo será, por el contrario, para los protagonistas: «Creo que a veces te encuentras un poco enamorado de una idea de ti mismo, de lo que podrías ser, y estos personajes se enamoran de la idea de que pueden hacer esta cosa un poco extraña de vivir todos juntos y no piensan en lo que les puede ocurrir. No es del todo una inconsciencia, es más bien un juego, conectar con otra manera de ser… Es fácil no pensar en las consecuencias de algo cuando te diviertes».
Leer La Ruina deja como poso todo tipo de preguntas sobre el pasado y el futuro de sus personajes, sobre la amistad. Lizzy Stewart se muestra ilusionada ante su acogida en España: «Me da la sensación de que el cómic importa mucho más aquí que en el Reino Unido». No seremos nosotros quienes le quitemos la ilusión.
Traducción de Regina López Muñoz. Lumen. 320 páginas. 24,90 € Ebook: 12,99 €
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