En defensa del llanto

La frase británica dice que “toda carrera política termina en lágrimas”, a lo cual los españoles podemos oponer que las carreras políticas suelen terminar en el juzgado, con la excepción de un Mariano Rajoy que terminó —ahogó— su carrera política en whiskys. Hace apenas unos días, en todo caso, hemos visto a Keir Starmer cumplir con el dicho y llorar al anunciar su dimisión. Y hay quien ha subrayado que mientras Starmer lloró al mencionar a su esposa y a sus hijos, en el mismo lugar y en el mismo trance, Theresa May lloró únicamente al mencionar “al país” que amo. Las lágrimas y sus causas son en efecto personalísimas, tanto que hay quien no las derrama nunca. Cuando le tocó a ella despedirse de Downing Street, Margaret Thatcher se las arregló para sonreír de dientes afuera, pero un fotógrafo la captó con los ojos ya borrosos dentro del jaguar. Y tras regalarle al mundo el Brexit, Cameron terminó su discurso de adiós no llorando sino —botarate hasta el final— silbando una canción.

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 La frase británica dice que “toda carrera política termina en lágrimas”, a lo cual los españoles podemos oponer que las carreras políticas suelen terminar en el juzgado, con la excepción de un Mariano Rajoy que terminó —ahogó— su carrera política en whiskys. Hace apenas unos días, en todo caso, hemos visto a Keir Starmer cumplir con el dicho y llorar al anunciar su dimisión. Y hay quien ha subrayado que mientras Starmer lloró al mencionar a su esposa y a sus hijos, en el mismo lugar y en el mismo trance, Theresa May lloró únicamente al mencionar “al país” que amo. Las lágrimas y sus causas son en efecto personalísimas, tanto que hay quien no las derrama nunca. Cuando le tocó a ella despedirse de Downing Street, Margaret Thatcher se las arregló para sonreír de dientes afuera, pero un fotógrafo la captó con los ojos ya borrosos dentro del jaguar. Y tras regalarle al mundo el Brexit, Cameron terminó su discurso de adiós no llorando sino —botarate hasta el final— silbando una canción. Seguir leyendo  

LAS COPAS Y LAS LETRAS
Columna

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Las lágrimas y sus causas son en efecto personalísimas. Tanto que hay quien no las derrama nunca

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Barack Obama llorando en un acto en Charlotte, Carolina del Norte, el 3 de noviembre de 2008. EMMANUEL DUNAND (AFP / Getty Images)
Ignacio Peyró

La frase británica dice que “toda carrera política termina en lágrimas”, a lo cual los españoles podemos oponer que las carreras políticas suelen terminar en el juzgado, con la excepción de un Mariano Rajoy que terminó —ahogó— su carrera política en whiskys. Hace apenas unos días, en todo caso, hemos visto a Keir Starmer cumplir con el dicho y llorar al anunciar su dimisión. Y hay quien ha subrayado que mientras Starmer lloró al mencionar a su esposa y a sus hijos, en el mismo lugar y en el mismo trance, Theresa May lloró únicamente al mencionar “al país” que amo. Las lágrimas y sus causas son en efecto personalísimas, tanto que hay quien no las derrama nunca. Cuando le tocó a ella despedirse de Downing Street, Margaret Thatcher se las arregló para sonreír de dientes afuera, pero un fotógrafo la captó con los ojos ya borrosos dentro del jaguar. Y tras regalarle al mundo el Brexit, Cameron terminó su discurso de adiós no llorando sino —botarate hasta el final— silbando una canción.

No han sido infrecuentes las lágrimas de los grandes. Churchill lloraba al despedir a los soldados para la guerra y Lincoln al recibir las listas con los nombres de las víctimas, aunque quizá las lágrimas más famosas de todas sean aquellas que derramó César al comparar sus méritos con los de Alejandro Magno cuando tenían la misma edad. Llorar al perder el poder —como Moratinos al dejar Exteriores o Aguirre al dejar Educación— puede parecer un pretexto demasiado mundano: al final, es lógico que sorberse la nariz no siempre case con lo heroico. Hay motivos para pensar, desde luego, que las lágrimas tienen mala fama entre nosotros: baste evocar palabras como “llorón” o “llorica” o “llorería”. Nadie ha asentado su autoridad en el patio del colegio —esa vida adulta en miniatura— tras una llorera y, si queremos sesgo de género, hay mucho donde elegir, empezando por “los chicos no lloran”. Sigue, pese a todo, habiendo unas lágrimas permisibles y aun deseables entre nosotros, que son aquellas que causa la belleza. Y aquí, sin embargo, debo ser yo quien venga a aguar la fiesta: viviendo en Roma, escucho a mucha gente decir que llora ante el arte, pero nunca he visto a nadie hacerlo. Con la excepción de algunos libros o algunas músicas, las lágrimas en este campo parecen restringidas a las películas con las que se nos salta el automático, en uno de esos curiosos casos de catarsis con gusto o melancolía placentera. Confieso, con todo, que me encanta lo que cuenta el novelista Anthony Powell, que además era un témpano de hielo: volando un día por Japón, giró la cabeza y comenzó a llorar al ver en majestad, del otro lado de la ventanilla, el monte Fuji. Yeats habló de “la grandeza del mundo en lágrimas”.

Maestros del yoga o nuevos estoicos han querido paliar el sentimentalismo de nuestra época: hasta Obama ha llorado, pero es difícil pensar que esté de moda. Somos más bien hijos de aquel Spinoza para quien el sabio “no cede jamás” a la violencia o la suavidad de las emociones. Pero cualquiera que haya tenido un duelo sabe lo que tienen las lágrimas, como dice Charvet, de “caligrafía del alma”, o cómo su papel es dar la palabra al silencio. La propia ciencia no se explica cómo las mismas lágrimas pueden servir de respuesta a la mayor alegría y al mayor destrozo. Quizá por entender que el llanto encierra una lucidez superior, la Iglesia solo se cargó en los años sesenta las misas pro petitione lacrimarum, en las que se pedía el don de lágrimas. La beguina medieval María de Oignies lo tuvo en grado excelso: podían seguirse sus pasos en las iglesias por las manchas de humedad sobre el pavimento. Anécdotas aparte, las lágrimas protagonizan el verso más breve —y más rotundo— de toda la Biblia: “Jesús lloró”. Caín mantiene “el ojo impasible”, sin embargo.

En nuestro tiempo no ha habido mayor sollozante en público que León XIV, que ya al salir a la plaza de San Pedro se movió hasta el llanto. Es un contraste con quien parece ser su némesis, Donald Trump, cuya única relación conocida con las lágrimas —más allá de las provocadas— es que alguna gente le ha moqueado sobre el traje. Quizá sea lo normal en un seguidor de san Agustín (Trump no, el Papa), que dio salvoconducto a las lágrimas en nuestra civilización al considerar que los secos, “más que conseguir verdadera tranquilidad, pierden toda humanidad”. El propio san Agustín cambiaría su vida entre lágrimas, bajo una higuera, en el jardín de un amigo, en una escena que Fra Angelico va a pintar —el rostro oculto entre las manos— como un milagro de intimidad y delicadeza. Sin duda, Agustín sabía que las lágrimas nublan la mirada para luego aclararla. Que son un agua en la que siempre renacemos.

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