Veo la extraordinaria imagen de Andrés Hurtado todavía con el Sorolla en su poder en la que debe ser su alcoba: al fondo, una figurita de un niño Jesús, la cómoda con unos cajones de los que asoma ropa íntima, un busto de un escaparate de corsetería, allá unas flores, acá, pendientes por doquier, la Virgen María, y nuestro Andrés, con envidiable naturalidad, luciendo el uniforme preceptivo para el calentamiento global, shorts y camiseta de palmeras, y esa cara de buen hombre aún sorprendido por el hallazgo. Esta imagen es en sí misma una instalación para un museo de arte moderno. “Sorolla rescatado”. Quizá sería esta la manera de que el pintor valenciano, después de soportar tanta condescendencia por parte de la crítica cejialta, se expusiera con el aplauso de los perpetuos despreciadores. Por qué no, visualizo a Andrés en una sala del Whitney o del Reina Sofía: Andrés Hurtado, representación de todos los murcianos que estos días se asan de calor, como una Marina Abramovic del pueblo, en amable y sin misterio, mirando a los visitantes con nobleza, disfrutando de una repentina celebridad en una habitación pobretona recreada tal cual, y entre sus manos el paisaje sorollesco, diminuto en comparación con el marco que lo arropa. Vaya marco. Incomparable. Lo veo.
Veo la extraordinaria imagen de Andrés Hurtado todavía con el Sorolla en su poder en la que debe ser su alcoba: al fondo, una figurita de un niño Jesús, la cómoda con unos cajones de los que asoma ropa íntima, un busto de un escaparate de corsetería, allá unas flores, acá, pendientes por doquier, la Virgen María, y nuestro Andrés, con envidiable naturalidad, luciendo el uniforme preceptivo para el calentamiento global, shorts y camiseta de palmeras, y esa cara de buen hombre aún sorprendido por el hallazgo. Esta imagen es en sí misma una instalación para un museo de arte moderno. “Sorolla rescatado”. Quizá sería esta la manera de que el pintor valenciano, después de soportar tanta condescendencia por parte de la crítica cejialta, se expusiera con el aplauso de los perpetuos despreciadores. Por qué no, visualizo a Andrés en una sala del Whitney o del Reina Sofía: Andrés Hurtado, representación de todos los murcianos que estos días se asan de calor, como una Marina Abramovic del pueblo, en amable y sin misterio, mirando a los visitantes con nobleza, disfrutando de una repentina celebridad en una habitación pobretona recreada tal cual, y entre sus manos el paisaje sorollesco, diminuto en comparación con el marco que lo arropa. Vaya marco. Incomparable. Lo veo. Seguir leyendo
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado
Dicen que cuando se nos mueren los seres queridos recordamos con más cariño todo aquello que nos irritaba
El audio de esta noticia utiliza una voz sintética generada por Inteligencia Artificial y podría tener algunas inconsistencias.

Marcial Guillen (EFE)

Veo la extraordinaria imagen de Andrés Hurtado todavía con el Sorolla en su poder en la que debe ser su alcoba: al fondo, una figurita de un niño Jesús, la cómoda con unos cajones de los que asoma ropa íntima, un busto de un escaparate de corsetería, allá unas flores, acá, pendientes por doquier, la Virgen María, y nuestro Andrés, con envidiable naturalidad, luciendo el uniforme preceptivo para el calentamiento global, shorts y camiseta de palmeras, y esa cara de buen hombre aún sorprendido por el hallazgo. Esta imagen es en sí misma una instalación para un museo de arte moderno. “Sorolla rescatado”. Quizá sería esta la manera de que el pintor valenciano, después de soportar tanta condescendencia por parte de la crítica cejialta, se expusiera con el aplauso de los perpetuos despreciadores. Por qué no, visualizo a Andrés en una sala del Whitney o del Reina Sofía: Andrés Hurtado, representación de todos los murcianos que estos días se asan de calor, como una Marina Abramovic del pueblo, en amable y sin misterio, mirando a los visitantes con nobleza, disfrutando de una repentina celebridad en una habitación pobretona recreada tal cual, y entre sus manos el paisaje sorollesco, diminuto en comparación con el marco que lo arropa. Vaya marco. Incomparable. Lo veo.
Podría parecer un cuento chino eso de que los dueños se llevaban el Sorolla a la playa y con el lío del equipaje lo dejaran apoyado en el contenedor de la basura y entonces llegó Andrés y se llevó el marco. Usted hubiera hecho lo mismo. Esta historia me trajo, cómo no, recuerdos de mi padre. Dicen que cuando se nos mueren los seres queridos recordamos con más cariño todo aquello que nos irritaba. Como mi padre estaba lleno de extravagancias, cada día lo quiero más. Un sábado llegó a comer y nos dijo que se había encontrado un Munch en la basura. Lo soltó así, a ver quién picaba. Un Munch apoyado en un contenedor de Moratalaz. Yo me eché a reír. Mal hecho. Cuando al loco entreverado, como así definía Cervantes al Quijote, le señalas su disparate, haces que se aferre a él y lo defienda a muerte, aun a sabiendas del desafío. Ese fue el principio de lo que luego llamamos el año Munch. El cuadro en sí era una copia casi escolar de En el puente. Mi padre, por fastidiar, se documentó en libros y catálogos con datos que certificaran la verosimilitud de su hallazgo. Munch, nos contaba, había pintado muchas versiones de este cuadro y había como veinte desaparecidas. Nosotros comíamos en silencio para que el tema fuera declinando, pero en ese silencio, ay, él encontraba un desafío. El cuadro, por cierto, no tenía marco, si lo hubiera tenido, decía nuestro ya experto en Munch, alguna de sus vecinas viudas se lo hubiera llevado antes. A las viudas, ya se sabe, les encantan los marcos. Otro sábado se presentó con el Munch en persona. ¡No pesa!, dijo como asegurando que todo eran ventajas. Lo había traído en el autobús. ¿Quién iba a sospechar que ese hombre con aspecto de buen cliente de pub de los setenta portaba un tesoro pictórico? Nos lo plantó frente a la mesa en la que comíamos e ignorándome a mí preguntó a su yerno, “¿qué, a que podría ser?”. Y el yerno, por complacerle a él y chincharme a mí, dijo, “podría”. Así quedó abierta, a principios del siglo XXI, la posibilidad de que fuéramos los futuros herederos de aquellas niñas del puente. Y él se quedó tranquilo, una vez que alguien acreditado en historia del arte le diera la razón. Salió de casa oscilante por los whiskys de la sobremesa, con el Munch bajo el brazo y un gorro más pequeño que su cabeza protegiéndole de un sol que aún no era éste.
En 2015, el Thyssen dedicó una gran exposición a Munch. Ochenta obras, la mitad procedentes del Munchmuseet de Oslo. Cada vez que venía un cartel me acordaba de aquel cuadro sin marco. Tras su muerte, volvió a la basura. Así somos los hijos. El yerno dijo mirando En el Puente: “Lo que hubiera disfrutado tu padre”.
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos
Archivado En
EL PAÍS
