Hay ahí una furia –no hablo de rock, eso se da por sentado– que parece no tener cura. Aun en las imágenes que nos lo muestran calmo, posando en un photocall o atendiendo las preguntas de un reportero en una alfombra roja, si afinas bien el ojo es fácil ver o intuir un temblor subyacente, cierta incomodidad. Un vértigo recóndito que procede tanto de sentirse fuera de sitio en los escaparates como, insisto, de una ira inveterada que guarda relación con las debacles de su biografía. Con ese accidente juvenil que casi lo lleva a la tumba, que le impidió observar el mundo en estéreo y lo expuso de más muchos años antes de hacerse famoso, y con el lastre de unas cuerdas vocales que se empeñan en traicionarle y que él combate con exceso de vino o con una tendencia a la misantropía que lo hermana fieramente con un tal Crusoe.
En el escenario vemos a un hombre muy delgado –flaco–, con sombrero y camisa abierta hasta más abajo del pecho, que se agarra a una guitarra con algo de náufrago y expulsa de sí unas canciones en las que siempre habita el dolor. Incluso en aquellas que, en apariencia, ese sentimiento parece proscrito. En su imaginario de muchacho que soñaba con ser coreado en el Vicente Calderón o en Las Ventas palpita un retablo de semidioses de los cuales fue un gusto libar: Dylan, Cohen, Keith Richards, Brando, Steve McQueen, Lennon, Pacino, Sabina, Robe y un híbrido de Jimmy Page y Robert Plant. La mítica es la mejor escuela para el artista congénito y un mar del que siempre vas a obtener ganancia, pues es imposible levantar una carrera y un universo propios sin haberse atiborrado previamente del arte de muchos otros e incorporado a la propia huella digital las audacias y los miedos de los mejores.
Inmune al virus de las modas
Fuera del escenario vemos a un hombre anacrónico, ajeno al tiempo que le ha tocado vivir e inmune al virus de las modas. Su percha es un elogio de la estética de los 70, un homenaje a Marc Bolan, Bowie y al inolvidable Huggy de «Starsky & Hutch», aquel soplón cargado de estilo. Leiva calza botines afilados, se envuelve el cráneo con un sombrero y luce pantalones de campana y camisas de picos desmedidos como las que gastaba James Coburn en sus años mejores. Parece, en fin, alguien recién llegado del pasado a través de la máquina del tiempo de la fascinación. Y ese aspecto de dandi del rock lo vuelve casi único dentro de su oficio, como lo puedan ser Bunbury o Loquillo: esa estirpe de músicos a quienes la percha los delata furiosamente estén donde estén.
No existe torero que salga a la arena de la gloria o del descrédito sin haberse despedido antes, en sus oraciones y pensamientos, de todos aquellos a los que ama. Y no hay músico de veras que no haga de la composición un combate a muerte consigo mismo. Esa apuesta a doble o nada por superar, o al menos intentarlo, todo lo ya hecho. Y ese aliento, que estaba vivísimo en Robe, el de seguir buscando la mejor canción, la más emocionante, la más bella, aquella capaz de abrochar el círculo, lo está también en Leiva, quien disco tras disco nos anuncia a voz en grito que ese tema que tanto nos gustó puede aguzarse aún más y sustanciarse en un vino de la misma bodega pero de más exquisita cosecha.
Dolor capital
Pero no quiero alejarme del dolor, no debo, pues ahondar en esa procela es el mejor modo de descifrar a este artista. El más leve está impreso, aunque hay que saber verlo, en esas piezas autorreferenciales en las que reniega de la celebridad e ironiza con su condición de póster con patas. En las que se burla de sí mismo y rechaza una popularidad que es como esa ropa crecedera que nuestras madres nos compraban para que nos durase más tiempo; herencia de unos años de estrecheces que parecen felizmente remontados. Pero el dolor mayor, el capital, el que ahoga y estrangula, reside en esas canciones en las que el amor estrellado es igual que una tuneladora que avanza, implacable, cabeza adentro. Porque hasta los amantes más virtuosos y los enamorados que no conciben la vida sin el otro acaban sucumbiendo bajo el peso de la rutina, que no respeta, la muy hija de puta, ni a los mortales de mayor relieve.
La canción te engancha de inmediato y te hace suya, te fagocita, pero es posible descifrar en ella –yo lo hago– la silueta inequívoca de una tragedia.
No lo busquéis más, a Leiva, porque os lo acabo de entregar en sangre viva.
Su percha es un elogio de la estética de los 70, un homenaje a Marc Bolan, Bowie y al inolvidable Huggy de «Starsky & Hutch» Música, Cultura, Home La Razón Noticias sobre Música en La Razón
